martes, 25 de julio de 2017

MADRES E HIJOS

El domingo pasado visité en la sala Recoletos de Mapfre la exposición titulada Retratos. Colecciones Fundación Mapfre de fotografía. Sabía que me iba a interesar: supongo que es mi faceta de novelista la que se siente atraída por esa maravillosa captación de la psicología, las circunstancias y las actitudes de personajes de variada índole que se produce cuando los fotógrafos toman la figura humana como centro de su interés. Podría comentar muchas cosas de lo que allí vi, pero me quedo con tres imágenes que llamaron poderosamente mi atención y que están unidas por el tema de la maternidad.

La instantánea más divertida y espontánea de la muestra fue tomada por la fotógrafa estadounidense Helen Levitt en una calle de Nueva York en 1940 y lleva el subtítulo de Cochecito de bebé. Forma parte de una serie de imágenes que muestran a los habitantes de la gran ciudad, con mucha frecuencia niños, en su devenir diario. El conjunto es un maravilloso retrato de las clases más sencillas, que se desenvuelven frente a la cámara con absoluta naturalidad. Este bebé que ha localizado a la fotógrafa y le dirige la más abierta de sus sonrisas es la cara amable de ese fresco de la vida de la calle, que a menudo ofrece facetas más sombrías al objetivo de Levitt. El contraste entre la felicidad de la infancia y las responsabilidades del mundo adulto, representadas por esa madre casi “engullida” por el cochecito de su hijo, queda fijado de forma expresiva en el encuadre irregular, cazado al vuelo, que transmite sensación de inmediatez y el latido auténtico de la vida.

Frente a la espontaneidad de una instantánea, la esmerada y elegante preparación de este retrato de Cristina García Rodero, que lleva el título de La niña enferma y pertenece a su serie fotográfica realizada en Georgia en 1995. Toda una lección de clasicismo: una larga tradición de pinturas de Vírgenes subyace a este encuadre impecable, al bello gesto de la madre con el rostro inclinado sobre la cabeza de su hija. El rostro sereno y de hermosos rasgos de la mujer y la carita llorosa de la niña crean un emotivo contraste en esta fotografía exquisita. Y qué decir del precioso juego de la mano adulta y la mano infantil. La maternidad como refugio y consuelo: un oasis en medio de un conjunto de imágenes rotundas y descarnadas, con las cuales García Rodero inmortalizó las duras condiciones de vida en un país recién salido de la peor de las semillas de destrucción, una guerra civil.

La imagen más demoledora de la exposición es para mí esta firmada por el fotógrafo estadounidense Fazal Sheikh. Obsesionado con conocer la tierra de sus antepasados, en la frontera entre Afganistán y Pakistán, Sheikh comenzó a realizar viajes que lo llevaron a dejar testimonio del sufrimiento de las víctimas de conflictos bélicos. Es especialmente estremecedora una serie que capta a mujeres mostrando a la cámara retratos de sus familiares perdidos en la guerra. A ella pertenece la titulada Qurban Gul sosteniendo una fotografía de su hijo. De nuevo resultan evidentes las referencias al arte clásico: esta moderna Piedad nos muestra, difuminado y en segundo término, un rostro devastado por la crudeza de la vida; iluminado y en primer plano, la cara del amado hijo del que sólo se conservan unos pocos recuerdos materiales, como esta humilde fotografía de carné. Y sosteniendo el pequeño retrato, la mano de la madre, de dedos gruesos y ásperos, endurecidos por el trabajo. Es difícil ser más contundente y expresivo. Esta imagen de la maternidad sufriente es el colofón más sobrecogedor posible para este tríptico fotográfico que habla de madres e hijos, de las épocas de alegría y los momentos amargos, de la felicidad de los comienzos y del dolor insoportable de la pérdida.

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