domingo, 14 de mayo de 2017

LOS CLAUSTROS DEL ALMA

Tomo prestado el título del arranque de uno de los sonetos más famosos del gran Francisco de Quevedo, el que empieza diciendo: «En los claustros del alma la herida / yace callada…». (Supongo que donde esté, en el lugar donde afrontan la eternidad los poetas eminentes, no tendrá en cuenta mi pequeño hurto.) En el poema al que me refiero, don Francisco acuñaba la imagen del claustro para materializar el concepto al que se refería, que no era otro que la parte más recóndita y privada de cada uno de nosotros. Yo procederé a la inversa: voy a hablar de claustros reales que me han hecho pensar en los rincones más oscuros del alma humana.

La semana pasada visité bajo una lluvia intensa la Cartuja de Pavía. El detalle de la lluvia no es baladí: una parte sustancial de la impresión que producen en nosotros los espacios que conocemos procede de la luz que los baña, de la atmósfera que nos envuelve mientras los visitamos. La Cartuja de Pavía es una obra arquitectónica inmensa por sus dimensiones y por su riqueza, por la infinidad de detalles que alberga y por las sugerencias que despierta. Siempre la recordaré solemne y silenciosa, recorrida por visitantes que se tomaban más en serio de lo habitual el cartel de la entrada que pedía “Riguroso silencio”. Todos habíamos dejado en la puerta los paraguas empapados y recorríamos las salas sintiendo que el frío de la piedra se mezclaba con la humedad de nuestro calzado y nuestras ropas. En esto estábamos, algo sobrecogidos y melancólicos, admirando mármoles y sepulcros, cuando de repente regresamos a la luz del exterior. Habíamos llegado al primero de los claustros.

 

Siempre me han gustado los claustros. Son uno de mis espacios favoritos: recogidos, íntimos, cerrados sobre sí mismos; un canto a la introspección y a la búsqueda de la propia armonía. El primero de los claustros de Pavía ―el que responde a la denominación de “claustro pequeño”― es la perfecta encarnación de esto que acabo de decir. Recoleto, abarcable, construido en torno a un jardín con una fuente central y un laberinto de setos que parecen representar esa zona oscura e inextricable que todos poseemos y que así, plasmada en el ordenado dibujo vegetal, se nos antoja dominable. Un sitio para pasear al ritmo de las estaciones, bajo el sonido del agua y de los pasos que nunca llegan a estar demasiado lejos. Es como si la posibilidad de la paz interior se nos pusiera al alcance de la mano.

El segundo claustro tiene la denominación de “grande”, pero no pensé que lo sería tanto. Me quedé sobrecogida cuando, tras recorrer un pasillo, desemboqué en un espacio abierto que me pareció de unas dimensiones descomunales. Ante mí se abrió una enorme superficie cubierta de césped que me trajo de inmediato a la mente asociaciones imprevistas, de carácter deportivo. Pensé que para atravesar aquella explanada no se imponía un paso reposado, sino la zancada o la propia carrera si, como en aquel momento, el cielo insistía en derramarse sobre la tierra. Entonces, mi atención se posó en las arcadas. Lejanas, imposibles de abarcar en un solo golpe de vista. Por encima de ellas asomaban unos tejados como de casas de cuento, que, según comprendí en seguida, se correspondían con cada una de las celdas de los monjes allí alojados. Era, al parecer, la zona de los monjes ricos, los que tenían vivienda propia, dotada incluso de huerto privado. Aquellos internos no precisaban comunicación alguna ―no en vano se trataba de cartujos― para llevar a cabo sus actividades diarias, incluida la búsqueda de la propia subsistencia.
 

A mí este claustro grande de Pavía me produjo un inesperado desasosiego. Nunca antes me había pasado al visitar un espacio de este tipo. Aquella extensión lisa, sin fuente ni senderos, azotada por una inmisericorde cortina de lluvia; aquellas viviendas aisladas entre sí, asomándose al inmenso espacio central que más las separaba que las unía, me parecieron el símbolo del profundo aislamiento en que vivimos y morimos, por más que nos asomemos a unos arcos que nos conectan engañosamente con los demás.

Abandoné la Cartuja con un ánimo sombrío. Y cosas de la fotografía: las imágenes que acompañan esta entrada las tomé con el móvil y tienen una calidad más que dudosa. En el caso del claustro grande, la falta de resolución ha velado la imagen más aún de lo que lo hizo la lluvia. Es como si hubiera sacado una fotografía de mi propia alma.

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