domingo, 2 de abril de 2017

LOS CUADROS DE MARZO (2017)

Las escaleras son un escenario frecuente en mis sueños; sin duda, por ello me atraen los cuadros que las tienen como elemento central. En la pintura, los personajes que son plasmados subiendo escaleras nos parecen voluntariosos y esforzados, o atrapados en un ámbito estrecho que no los deja escapar, en una labor que les obliga a realizar un esfuerzo extraordinario. Los que se disponen a bajarlas evocan en cambio ideas de libertad o de aventura, de búsqueda de una salida, de valientes incursiones en la cara más oculta de la realidad. Si el personaje en cuestión es además un niño, dicha impresión de hace más fuerte. El pintor postimpresionista francés Henri Lebasque nos deja una encantadora plasmación de este tema en su cuadro Niño en una escalera.  Lebasque es un artista expresivo, de trazo ágil, acostumbrado a recrear el mundo de la infancia. En este caso, capta con deliciosa eficacia el paso inestable del niño que debe buscar el apoyo de la pared al bajar unos escalones demasiado altos para la longitud de sus piernas. El caballito de juguete abandonado en primer plano nos sugiere la presencia en el piso de abajo de algo que ha prendido la atención del pequeño protagonista: un ruido en el exterior, la puerta de la calle al abrirse, la voz de un recién llegado. La figurita a punto de desaparecer tras un recodo de la escalera nos hace pensar en un personaje de cuento que se adentra en las profundidades en busca de un tesoro. Pero cualquier pensamiento siniestro queda desterrado por el alegre colorido de la escena: con su verde claro y sus tonos rojizos, Lebasque nos está indicando que a este niño solo pueden esperarle gozosas aventuras en el piso de abajo.


Tras unos días en que parecía haberse ido definitivamente, el tiempo invernal da sus últimos coletazos, y a mí me viene a la cabeza este melancólico cuadro del pintor flamenco Denis van Alsloot (1570-1626), titulado Paisaje de invierno con el castillo de Tervuren. Los artistas clásicos que centraron su producción en el paisaje son con frecuencia los grandes olvidados; sus obras ocupan salas de museos poco transitadas, o rincones frente a los cuales pasamos veloces los visitantes, ansiosos por localizar a las grandes estrellas del Renacimiento y el Barroco, los retratos de altos mandatarios o de figuras anónimas, las escenas mitológicas y religiosas. A medida que cumplo años, siento cada vez mayor atracción por estos cuadros en apariencia humildes, realizados con frecuencia por artesanos pacientes que desplegaban su pericia y su dominio de la técnica sin alardes ni grandes ambiciones. Me gusta contemplarlos largamente, perderme en la ilusión de que se me va a conceder el don de romper la frontera del lienzo para entrar a pasear por los bosques y caminos que se me ofrecen, invitadores y sugerentes. Este cuadro de van Alsloot carece de un motivo central y eso contribuye a que mi mirada pueda vagar con libertad por los detalles que lo componen: el castillo en lontananza, la bandada de pájaros, los estanques helados, la cruz al borde del sendero y los personajes a caballo y a pie que se intrincan en la espesura. Es una contemplación apacible la que me ofrece esta escena en la que triunfan los colores indeterminados, la gama del blanco, el gris y el azul, en un conjunto suave y velado en el que el autor ha conseguido encerrar a la perfección la luz del invierno.

Los libros son con frecuencia una fuente de conocimiento de obras de arte. Esta imagen misteriosa y elegante ocupa la cubierta del libro de relatos de Eloy Tizón Velocidad de los jardines en su edición de Anagrama, y fue una de las razones que me atrajo a una lectura que resultó, por otra parte, todo un descubrimiento para mí. Es obra del artista británico contemporáneo John Murphy y responde al sugerente título de Un indefinible olor a flores cortadas para siempre. La impresión que causa el cuadro está a la altura de su denominación: estas flores separadas no solo de la planta que las sustenta, sino también de cualquier referencia concreta de carácter espacial, parecen más una idea que unos seres materiales; situadas en un ámbito abstracto, encarnan la belleza en su esplendor que dura apenas un instante antes de caer en la decadencia, representada por la flor desgajada que se precipita al vacío. Me ha parecido una forma hermosa y sutil de festejar este olor a primavera que se abre paso ya entre los últimos coletazos del invierno. Maravillas del arte: esta primavera pasará, pero las flores de John Murphy seguirán para siempre suspendidas en la nada, hermosas en su perdurable fragilidad.
 
En Dama con un libro están presentes dos rasgos que me encantan de su autora, la pintora inglesa Vanessa Bell (1879-1961). En primer lugar, la actitud de recogimiento y abstracción de la modelo, acompañada ―como sucede con frecuencia en los cuadros de esta artista― por un libro, aunque no sea en este caso el centro de su atención. Por otro lado, la importancia alcanzada por los vestidos y los fondos, cuyos diseños pasan a un primer plano y roban casi el protagonismo al elemento humano del retrato. Con frecuencia los personajes de Vanessa Bell llevan alguna prenda cuyo estampado, ya sea de motivos florales o geométricos, posee una curiosa animación y un carácter personal: sucede aquí con el chal azul y blanco que envuelve el cuello de la modelo, casi la única nota de color en su austera vestimenta. Y qué decir de ese estampado floral de la pared, exuberante y colorido, una explosión vegetal que parece haberse escapado del jarrón de la izquierda, o tal vez de la imaginación de la dama abstraída en unos pensamientos cuyo carácter desconocemos.

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