lunes, 6 de marzo de 2017

LOS CUADROS DE FEBRERO (2017)

El pintor estadounidense Jeremy Lipking está especializado en retratos femeninos, en los que el realismo se mezcla con un elemento lírico. El que encabeza estas líneas se inscribe en la línea clásica de la bella misteriosa que nos oculta en rostro, aunque en este caso no se trate de un gesto de picardía o de seducción, sino la muestra de un intenso recogimiento. Es un cuadro que atrapa por la elección y el tratamiento de sus colores: el blanco transparente de la vestimenta, los ocres y dorados de los almohadones, la preciosa superficie azul de la pared (tal vez alguno diría que es verde; nos encontramos en ese territorio fronterizo en el que cuesta fijar los límites entre un color y otro). Como artista experto en la captación de la realidad, Lipking hace un alarde técnico en el juego de las texturas. Es impresionante la plasmación del cuerpo de la modelo, que la tela transparente deja en evidencia, en contraste con la rugosidad del muro o las molduras del asiento. Pero lo que de verdad atrapa de esta obra es la emoción que transmite, la profunda sensación de melancolía, de haberse inmiscuido en un momento de intimidad. Los cuadros en los que el azul ocupa un puesto importante tienen en mi opinión ese poder de emocionar.

 
El mundo ―mi mundo― está cubierto desde ayer por una cortina de agua; también precisamente ayer descubrí al pintor vietnamita Do Duy Tuan, autor de este delicioso paisaje titulado Después de la lluvia. Por lo que he podido averiguar de él, el universo pictórico de este artista está poblado de mujeres intangibles que se funden con la naturaleza que las circunda o por vistas de calles y edificios dotados de una ingenua animación. Las casas que emergen bajo la lluvia reciente en este cuadro están formadas, como suele suceder en este autor, por líneas curvas y temblorosas, más propias del trazado de una piel que de la seca verticalidad de un muro. Los toldos que recubren las ventanas casi parecen párpados dispuestos a velar los grandes ojos con que nos observan los edificios. Do Duy Tuan aprovecha la rugosa superficie del cuadro para crear la imagen de un mundo cubierto por el agua. En ese ámbito gris reluciente, pequeñas figuras humanas ―únicas notas de color― se cobijan, observan el exterior, se aventuran a recorrer las calles mojadas. Este rincón urbano que se despereza tras la lluvia nos transmite una sensación de limpieza, de energía renovada, de alegría frente a un nuevo comienzo.  

Josep de Togores es un pintor que combina la dulzura con un notable tratamiento de los volúmenes; sus lienzos presentan una superficie suave y difuminada en la que, sin embargo, alcanza especial relevancia la corporeidad de las figuras. Se crea así un estilo singular e inconfundible, la doble sensación de que sus personajes sobresalen del cuadro y se podrían tocar, pero a la vez están separados de nuestra observación por un tamiz que los sitúa en un plano distante y les dota de suavidad y de un carácter casi irreal. La obra que encabeza estas líneas, Mujer y sus hijos, es un perfecto ejemplo de lo que acabo de decir. Se trata de una pintura que sorprende también por la elección de colores fríos (a excepción de la masa amarilla del cabello), que moderan el efecto sentimental del tema. El juego de miradas es delicioso: la madre que observa a una de las niñas, que a su vez dirige la mirada hacia su hermana, abstraída de la escena familiar y concentrada en el artista que la inmortaliza y, de rebote, en los que la contemplamos casi un siglo después. El artista oscila una y otra vez entre la emoción y la frialdad, entre lo cercano y lo distante, entre la recreación directa de la vida y su transformación en arte.

 
El último cuadro de febrero llega justo en el límite, cuando este mes está a punto de expirar y ceder paso a una nueva etapa y con ella a nuevas pinturas. La agitación que ha caracterizado para mí la mayor parte de estos veintiocho días me había llevado a pensar en una elección bien distinta para esta sección, pero vengo de ver el mar y eso me ha traído a la memoria a una artista singular. La británica Lia Melia se ha especializado en llevar a sus lienzos el movimiento, el brillo y la intensidad de las olas. Su peculiar técnica, con la superposición de capas de color traslúcidas sobre bases de aluminio o vidrio, crea un efecto táctil y corpóreo, que invita al espectador a implicar otros sentidos aparte de la vista. Melia es una artista que bordea la abstracción y que crea obras de enorme lirismo. Sus impresiones del mar son emocionantes, fruto de una relación estrecha y amorosa. Es capaz de descubrir los infinitos matices de tonalidad y diseño que singularizan los movimientos del agua: sus cuadros sobre olas se parecen todos entre sí pero están cargados de detalles que los hacen únicos. ¿No es esa mezcla de repetición y de sorpresa lo que nos puede mantener largo rato concentrados en la contemplación de las idas y venidas del mar?

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