domingo, 19 de febrero de 2017

SOLITARIOS

Iba a comenzar esta entrada diciendo que creo que nuestra sociedad está enferma, pero me han venido a la cabeza imágenes no tan lejanas de burlas generalizadas a discapacitados o de ejecuciones convertidas en espectáculos de masas y he decidido cambiar la formulación. Diré simplemente que hemos cambiado tanto que nos hemos convertido en algo nuevo, no sé bien en qué.

Esta reflexión viene al caso porque el pasado viernes participé en la visita anual de los alumnos más jóvenes de mi instituto al Museo Arqueológico de Madrid y me encontré, más que nunca, con una marea de rostros infantiles parapetados tras pantallas, conectados por cables a la deidad que rige sus cortas vidas desde que guardan recuerdo: el teléfono móvil. Unos cuantos entretuvieron el trayecto en autobús controlando con sus ágiles pulgares el devenir de juegos que los mantuvieron todo el viaje en profundo estado de abstracción. Otros ―estos me parecieron más afortunados, pero sin duda es la opinión de alguien muy pasado de edad― compartían música con su vecino de asiento, de forma que del aparatito emergía un cable que a media altura se bifurcaba en dos para desembocar en un oído de cada participante en esta puesta en común musical. Ese cable dividido me pareció una hermosa imagen de la camaradería.

En la visita al Museo me costó hacer entender a según quién que un sarcófago de miles de años de antigüedad con una momia dentro es algo más difícil de encontrar, y por lo tanto más merecedor de atención, que una pantalla que exhibe una animación por ordenador sobre la vida de los egipcios cuando aún no estaban cubiertos de vendas. Estaban, eso sí, formados por píxeles, y eso los hacía ―al parecer― terriblemente atractivos. Me resultó desalentador el empeño con el que alguno de mis pupilos pulsaba una y otra vez botones de pantallas, sin esperarse después a ver el audiovisual correspondiente. Tuve también mi momento de bochorno (se conoce que soy proclive a la vergüenza) cuando un alumno abstraído en su móvil se tragó un banco de madera para el descanso de los visitantes y convocó con el estruendo a dos sorprendidos conserjes.

La actividad tenía también su parte lúdica, consistente en un rato de esparcimiento en un parque del centro de Madrid. Es el momento en que me suelo reconciliar con la época en la que vivo, porque la conjunción del aire libre y el tiempo soleado hace aflorar de repente al niño eterno que anida en cualquier generación, y aunque muchos alumnos esgrimen palos de selfie para retratarse incansablemente, otros tantos corretean, se lanzan escaleras abajo con temeridad, dan brincos sobre el césped, imitan a los ceremoniosos practicantes de taichí o destruyen con ahínco las enormes pompas de jabón que un artista de lo efímero está creando a cambio de unas monedas. Estaba yo paseando con una compañera cuando descubrí, en medio de esa marea de actividad, dos figuras inmóviles y solitarias.

La primera era la de un alumno que estaba sentado al borde del estanque, sosteniendo sobre sus piernas cruzadas un cuaderno en el que dibujaba el edificio egipcio que ocupa el lugar de honor del parque, que no es otro que el Templo de Debod. La segunda era la de una niña que se había instalado en un banco detrás del templo y había extraído de su mochila un grueso volumen que leía con interés. Conversamos brevemente con uno y otra. El chico estaba abstraído en su dibujo y nos dio poca materia para charlar. La niña, más expresiva, nos informó de que se había sentado allí porque era el sitio más silencioso del parque, y nos enseñó orgullosa el libro que leía y que le había regalado su padre: una novela de Isaac Asimov.

Me dejaron pensativa ambos muchachitos, alejados entre sí pero conectados por una misma actitud de concentración en sus respectivas tareas. Le comenté a la profesora que iba conmigo que debían de sentirse muy solos, siendo tan distintos a los demás. Ella no lo veía así. «Se les ve muy felices con lo que hacen», me respondió.

Estoy por darle la razón. De hecho, ahora pienso en esas figuritas solitarias y me parece que han probado menos la soledad que sus compañeros parapetados tras pantallas.

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