sábado, 4 de febrero de 2017

LOS CUADROS DE ENERO (2017)

Acabo de descubrir al artista estadounidense Jamie Heiden y no quepo en mí de gozo; sospecho que esta no va a ser la última vez que una de sus obras aparezca en mi blog. Eso sí, he de reconocer que esta primera aproximación la hago contrariando los criterios de su autor, que se presenta a sí mismo como fotógrafo. Sin embargo, sus producciones tienen en mi opinión un carácter tan pictórico que he decidido por ello incluir una en esta sección. La técnica seguida por Heiden es peculiar: tratar con acuarela instantáneas obtenidas con una Polaroid. El resultado son paisajes difusos, en los que lo cotidiano se mezcla con un curioso toque evanescente. Sus fuentes de inspiración son los edificios solitarios, los árboles de ramas retorcidas, los cielos estrellados, las ropas tendidas al viento, las carreteras perdidas, las aves desplegadas en vistosa formación. Un mundo en el que el ser humano apenas tiene presencia, pero en el que cada elemento parece estar dotado de una melancólica animación. Elegir una sola de las obras de este autor no ha sido para mí tarea fácil. Me he quedado al final con el paisaje urbano que responde al hermoso título de Mientras estabas durmiendo. La realidad regaló a Heiden el desnivel de los edificios, el juego de asimetrías y las superficies colonizadas por la vegetación. Como buen fotógrafo, él supo encontrar el motivo y elegir el encuadre. Y como buen pintor, añadió la hermosa armonía de colores, los trazos oblicuos y dinámicos del cielo, el realce de las texturas, en un mágico ejercicio de volver a crear lo ya existente.

Los cuadros de forma circular siempre me crean la sensación de estar contemplando el mundo exterior desde un refugio apartado, como si accediera a una realidad distinta a la mía a través de la boca de un pozo, del ojo de una cerradura, de la lente de un catalejo. Y la realidad a la que tengo acceso en este caso es nada menos que todo el invierno, contenido en la deslumbrante blancura de Paisaje invernal con patinadores cerca de un castillo del pintor holandés Hendrick Avercamp. Este artista barroco realizó numerosas variantes sobre el tema del paisaje helado, pero ninguna en mi opinión tan delicada, tan encantadora en su ingenuidad, como la que encabeza estas líneas. Un solemne árbol de hojas retorcidas preside esta composición que, en contraste con él, resulta una explosión de colorido, desenfado y dinamismo. Las variadas vestimentas de los personajes nos remiten a su diversidad social: la población en su conjunto parece haber salido a darle la bienvenida al invierno y se sumerge en él con todas las actitudes posibles, desde las más lúdicas y divertidas hasta las más accidentadas. Caballeros y damas encopetados patinan a dúo, los niños hacen acopio de bolas de nieve, los trabajadores sufren percances en sus labores. Es el típico cuadro frente al cual uno debe hacer gala de contención para no acercarse más de lo permitido a husmear en sus detalles. Y un dato que me llama la atención: leo en la biografía de Avercamp que era sordomudo y que se le conocía como “el mudo de Pieter Isaacsz”, en referencia al pintor en cuyo taller realizó su aprendizaje. Curiosa coincidencia con mi impresión inicial de una escena captada desde lejos, desde un refugio donde no alcanza el bullicio exterior.

Siempre que me faltan tiempo o ideas para buscar la siguiente obra para esta sección, la casualidad pone una ante mis ojos. Hace un par de días, una web cultural a la que estoy suscrita me hizo llegar un artículo sobre los dibujos de Andrea del Sarto, y entre ellos me llamó la atención de forma especial el que encabeza estas líneas: Estudio para la cabeza de San Juan Bautista. Andrea del Sarto, que en mi mente está asociado a los vibrantes colores del manierismo, no pierde ni un ápice de su intensidad en sus obras monocromas. Este portentoso estudio al carboncillo está dotado de un increíble impulso vital: es el milagro de la piel y el cabello, de la mirada y la expresión brotando de la superficie inanimada. En este rostro juvenil se aúnan la dulzura de la infancia y cierta firmeza contenida; en su mirada, que evita la nuestra, late una calmada determinación. Este San Juan adolescente es de carne y hueso y mira de verdad, mientras nosotros lo observamos, algo que se escapa a nuestro campo de visión. Es difícil estar más vivo por obra y gracia de unas líneas trazadas sobre un papel. Agradezco la casualidad que me ha llevado a conocer una de esas obras que, por su carácter de boceto, suelen pasarnos inadvertidas. Y es que corroboro mi idea inicial: el mundo está lleno de arte. Sólo hay que quererlo ver.


Exquisito y detallista, el pintor italiano Giovanni Boldini demuestra que lo mínimo puede ser el germen de una gran obra en Brazo con vaso de flores. La captación parcial de la realidad que lleva a cabo el artista llega hasta el extremo de dificultar el reconocimiento inicial de lo representado en este cuadro. Las pinceladas vibrantes, tan características de su autor, hacen que el resultado roce la abstracción. En un maremágnum de trazos coloridos y enérgicos, nuestra mirada reconoce al fin los elementos que dan título al conjunto: el delicado brazo femenino y las flores caídas junto al vaso destinado a contenerlas. La impresión global es a la vez intenso e íntimo, de una honda emoción. Todos los elementos de este micromundo parecen encerrar un profundo significado: el anillo en el dedo de la mujer, el vivo color amarillo del vaso vacío, la mano que se posa sobre una de las flores que ―nos resulta evidente― son la huella de una historia sentimental. Más allá de este núcleo del cuadro, todo es desorden: las pinceladas blancas que tal vez sean parte del vestido de la protagonista, el entorno oscuro e indiscernible. Este cuadro de Boldini nos habla de esos momentos en que lo general desaparece y lo fundamental, lo que durante unos instantes nos da la vida o nos la quita, se focaliza en un detalle nimio.

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