sábado, 21 de enero de 2017

VERSOS ESENCIALES

En el relato de Lucia Berlin Triste idiota, perteneciente al libro Manual para mujeres de la limpieza, dos personajes se reencuentran después de cuarenta años sin verse. Él estuvo enamorado de ella cuando eran muy jóvenes; ella se dejó querer. Desde que se separaron, él se ha acordado de felicitarla en todos sus cumpleaños, con una fidelidad difusa y un poco triste.

Reencontrarse tras cuarenta años, buscar en el otro a la persona que se guarda en el recuerdo, debe de ser una experiencia curiosa. En el caso de los personajes de Lucia Berlin, él se ha convertido en un hombre estirado y práctico, profundamente aburrido. Ella ha tenido una vida intensa y está rodeada por una familia caótica con los sentimientos a flor de piel, siempre a punto de eclosionar. La cita es, por supuesto, un desastre. Nada que decirse, nada en común salvo un pasado que parece pertenecer a otras personas. Hasta que, de repente, este hombre gris hace una pregunta inesperada: «Dime, ¿qué verso resume para ti la esencia de la vida?».

Por la cabeza de la narradora-protagonista desfilan de inmediato fragmentos de poemas. He sido capaz de localizar a los autores de algunos de ellos: «Toda mujer ama a un fascista» (Sylvia Plath), «No entres dócilmente en esa noche quieta» (Dylan Thomas), «Millas por recorrer antes del sueño» (Robert Frost). Otros dos, de una gran fuerza, no he podido aún localizarlos: «Di, mar, ¡llévame!»; «¡Adoro la mirada de la agonía! Porque sé que no miente».

A partir del momento en que el personaje masculino plantea su pregunta, algo cambia de signo en el tono del relato. Los antiguos amigos se separan, ella vuelve con su familia, pero algo se ha revuelto en su interior y la distanciada alegría con la que había afrontado la cita con su antiguo enamorado, la jocosa superioridad con la que lo trataba, se han esfumado por completo. En su lugar, una sensación de vacío y de pérdida. La autora no lo explicita ―nunca lo hace―, pero la causa es tal vez el enorme poder de la poesía para tocar las fibras más profundas de nuestro yo.

¿Y cuál es para mí, me pregunté al terminar el cuento, el verso que resume la esencia de la vida? No tuve que pensar apenas; acudió a mi cabeza Gil de Biedma y el final de su poema No volveré a ser joven: «…envejecer, morir, / es el único argumento de la obra». Perdonad el tono sombrío, amigos lectores. No corren buenos tiempos. Tal vez vuestros versos esenciales sean más optimistas que los míos.

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