jueves, 12 de enero de 2017

EN EL POZO CON MURAKAMI

Una de las cosas que más me gustan de Haruki Murakami (y los que frecuentan este blog saben hasta qué punto me gusta este autor) es su capacidad para crear imágenes que recogen estados de ánimo. Lo íntimo, lo intangible, lo que algunos o tal vez muchos guardamos en rincones oscuros sin acertar a expresarlo con palabras, queda así plasmado de forma gráfica y sugerente en acciones, actitudes de personajes o ambientes que rodean la trama. De pronto, nos encontramos “viendo” con nuestros ojos de lector nuestros impulsos más hondos, esos a los que no sabríamos poner nombre.

Lo mejor es que Murakami no se molesta en dar una explicación a esas misteriosas pistas que va diseminando en sus novelas y relatos. Sus símbolos pueden ser interpretados por el lector o no, y en ese último caso quedan como  peculiares anécdotas o escenarios singulares, de esos que tanto abundan en su obra y hacen de ésta una constante fuente de sugerencias y asombro. Recuerdo que, en su novela After dark, la hermana de una de las protagonistas permanecía sumida en un extraño letargo, dentro de una habitación que solo podía verse a través de un circuito cerrado de televisión. ¿Qué mejor forma de hablar del ensimismamiento, de la incapacidad para acceder al otro, de la profunda soledad a la que todos, de una forma u otra, estamos abocados? El narrador del relato Nuevo ataque a la panadería siente, cada vez que se produce en su matrimonio una situación que le desconcierta, que va navegando por un océano de aguas cristalinas y ve, allá en lo más profundo, el cráter de un volcán submarino. Imponente, amenazador, distante, pero a la vez próximo en apariencia, por efecto de la claridad de las aguas: imprevisible como la relación con los más allegados, a los que, pese a su cercanía, no llegamos nunca a conocer.

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo presenta, ya desde el mismo título, un buen número de imágenes tan expresivas y sugerentes como las que acabo de mencionar. Me referiré a una que me ha conmovido especialmente. El protagonista, Tooru Okada, se enfrenta a una serie de acontecimientos inesperados a partir de un detonante tan simple como la renuncia a su puesto de trabajo. Desde ese momento, nada volverá a ser lo mismo, ni la convivencia con su esposa ni el entorno que le rodea. Por si fuera poco, una sucesión de extraños personajes entra en su vida y establece con él relaciones peculiares. En un momento dado, desbordado por las novedades e incapaz de elegir el camino que debe seguir, Tooru toma una extravagante decisión: desciende a un pozo seco abierto en el jardín de una casa abandonada y se sienta en el fondo a meditar. La cubierta japonesa de la novela recoge en su ilustración la imagen del protagonista refugiado en ese reducto subterráneo, que se conecta en la superficie con la figura del pájaro que da título a la novela.

Podría haber interpretaciones literarias, metafóricas o psicoanalíticas para todos los gustos. A mí la imagen del personaje cobijado en un submundo húmedo y oscuro, en contacto con el exterior a través de la boca del pozo que solo le permite ver el cielo, me ha recordado a la profunda inmersión en el acto de leer que se produce –al menos, así sucede en mi caso—cuando la realidad se convierte en un sitio poco acogedor. Abro entonces las tapas de un libro y me encuentro con un pasadizo que conduce a un lugar en el que nadie podrá encontrarme. Un lugar en el que puedo pensar, abstraerme, huir, buscar consuelo, olvido o comprensión. Si miro hacia lo alto, allí arriba está el cielo, como recordatorio de ese mundo de la superficie al que, en algún momento, tendré que regresar. A menos que una mano misteriosa, como sucede en la novela de Murakami, retire la escalera de cuerda y tape la boca del pozo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario