lunes, 19 de diciembre de 2016

PARA NO DECIR ADIÓS

Lo confieso: a lo largo de mi vida, he salido sin despedirme de unas cuantas situaciones. De fiestas, de finales de curso, de la vida de ciertas personas. Es algo de lo que no me siento precisamente orgullosa, y creo que no me animaría a hablar aquí de ello si no me hubiera reconocido hace unos días en el protagonista de una novela de Patrick Modiano. Una vez más.
 
Los personajes de Modiano son con frecuencia ―casi siempre― seres a la fuga. Huyen de su pasado, de otras personas, del compromiso, de la permanencia en el mismo lugar. Cambian de residencia, duermen en el marco provisional de una habitación de hotel, deambulan por las calles como si no tuvieran un sitio adonde ir, como si estuvieran inmersos en un viaje que no se termina nunca. Pero ninguno de los protagonistas de las novelas de este autor que había leído hasta ahora alcanza el grado de desarraigo del anónimo narrador (por no tener anclajes, no tiene siquiera el de un nombre) de Más allá del olvido. Sirva como ejemplo el párrafo siguiente:

«A menudo esperaba que las personas que había conocido desaparecieran de un momento a otro sin volver a dar nunca señales de vida. También yo solía faltar a las citas, e incluso aprovechaba un momento de distracción de algún acompañante ocasional para abandonarlo. Una puerta cochera de la Place Saint-Michel me había sido a menudo de inestimable ayuda. Una vez franqueada, un pasaje conducía nuevamente a la Rue de l’Hirondelle. Y había anotado en una pequeña libreta negra la lista de todos los edificios con dos salidas…»

A mí este pasaje me ha dado mucha materia para la reflexión; siempre me sucede con este escritor al que leo incansablemente. De buscar las razones de su personaje, ocultas en un nebuloso pasado que se nos desvela solo parcialmente, pasé a fantasear con la existencia de una lista similar a la que menciona Modiano, referida a los escenarios de mi existencia. Un plano con la ubicación exacta de puertas traseras por las que desaparecer discretamente, cuartos apartados donde refugiarse de las voces que se prometen reencuentros improbables, pasadizos secretos que conducen a un panorama diferente por arte de magia, sin el incómodo intermedio de la despedida. Túneles por los que escapar de puntillas, sigilosamente, sin mirar atrás.

Reflexioné luego sobre mis motivos, que nunca antes me había planteado. Milagros de la literatura: mis razones se me manifestaron de pronto con claridad meridiana. Me ejercito desde hace años en el arte de la fuga para no tener que decir adiós.

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