sábado, 3 de diciembre de 2016

LOS CUADROS DE NOVIEMBRE (2016)


El pintor francés Jean-Louis-Ernest Meissonier (1815-1891) supo acercarse con vigor y solemnidad a los grandes acontecimientos de la historia reciente de su país, pero también demostró una sensibilidad especial para fijarse en seres anónimos y elevarlos a la condición de protagonistas. Los personajes que pueblan su pintura lo mismo son Napoleón y sus generales que unos parroquianos que juegan a las cartas o, como en el cuadro que traigo hoy a esta sección, unos humildes actores. Cómicos ambulantes es el título de esta obra en la que, como suele suceder siempre que el elemento humano es lo primordial, un fondo neutro hace que las figuras alcancen un especial relieve. El muro y el suelo de tonos dorados son el delicado marco que envuelve a los dos modelos, plasmados con detalle y exquisitez. Con gran sabiduría, Meissonier elige un momento de intimidad de los personajes, a los que sorprende en pleno reposo en el caso del hombre y en un profundo ensimismamiento en el de la mujer. Los atributos que los identifican como actores, las vestimentas de personajes de la Commedia dell’arte y el instrumento musical, contrastan con la profunda impresión de melancolía que se desprende de ellos. Es una imagen muy conmovedora: estos cómicos que hacen reír en calles y plazas, que viven rodeados de la expectación y el griterío, aparecen plasmados en soledad, con sus herramientas de trabajo como única posesión y el duro suelo como refugio.

Bajo el título genérico de Retrato de mujer se agrupan numerosas obras en las que el artista francés contemporáneo Richard Burlet demuestra que tiene bien aprendida la lección de Klimt y de los grandes maestros del Art Nouveau. Estos retratos femeninos a medio camino entre lo figurativo y la abstracción, entre el realismo y lo decorativo, presentan a las modelos inmersas en un hermoso mosaico en el que sus vestimentas se insertan como una pieza más; un simple perfil, un rostro en escorzo, es lo que queda de estos seres humanos que se funden con un mundo artificioso y colorido, de exquisito diseño. Pero las modelos inquietantes e incluso malignas del gran Klimt son sustituidas aquí por figuras de las que se desprende una indudable melancolía. Contribuye no poco a ello la elección del color: frente a los fastuosos dorados del maestro austriaco, Burlet se mueve con frecuencia en el territorio delicado y evocador del azul. El resultado, retratos femeninos frágiles y elegantes, llenos de sugerencias, como el de esta dama que emerge de un entorno azulado pero que nos esconde su mirada y con ello la auténtica dimensión de sus pensamientos.

Este paisaje de líneas estilizadas y expresivas está firmado por el artista británico John Nash (1893-1977) y responde al título El foso, Grange Farm, Kimble. No sé si la palabra “foso” posee en inglés las mismas oscuras resonancias que en castellano; en cualquier caso, me parece un título adecuado para esta misteriosa visión del mundo natural, en la que los elementos vegetales parecen animados por pulsiones humanas. A mí este paisaje me atrae por la serenidad de su colorido verde-azulado y me inquieta por el diseño de sus formas. Las ramas retorcidas y desnudas de hojas que se inclinan sobre el agua semejan brazos que se tienden hacia otras semejantes, en un vano intento por encontrar un asidero, por cambiar de orilla y mudar su posición en el mundo. La franja de agua quieta que divide el lienzo en dos es una frontera fría e intransitable, un espejo que contempla impertérrito los rostros vegetales que se inclinan sobre él, los esfuerzos de las extremidades de madera que se buscan y tan solo consiguen rozarse.
 
Ayer se hizo de noche sin que me diera cuenta; de repente miré por la ventana y me encontré con la oscuridad salpicada por las luces de farolas y letreros luminosos. Fue automático: me vino a la cabeza el hermoso claroscuro que preside el cuadro Noche en el Louvre, del pintor polaco Alexander Gyerimski (1850-1901). Esta imagen a la vez dinámica y silenciosa, mundana y melancólica, me atrajo profundamente desde que la vi por primera vez. La impresión de dinamismo viene dada sobre todo por la composición, esa vía en diagonal por la que circulan los transeúntes. Colocados en una esquina de la calle, nos convertimos en testigos de excepción del tránsito de viandantes que, la mayoría en solitario, siguen la senda de luz creada por las farolas. Yo diría incluso que podemos sentir, en el silencio de la noche, el eco de las pisadas chocando contra las inmortales piedras. Gyerimski sentía especial interés por la plasmación de la belleza arquitéctonica y su contraste con la vida que se desarrolla a su alrededor. La grandiosa columnata se eleva hasta perderse en la más profunda oscuridad mientras las figuras humanas, pequeñas por contraste, se sustituyen unas a otras en su papel de figurantes: la noche y el arte inmutables frente al mundo en constante cambio de las modestas criaturas humanas.

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