jueves, 1 de septiembre de 2016

TREINTA Y SIETE AÑOS CON BASTIÁN

Hace hoy treinta y siete años, en una mañana fría y nublada, un hombre estaba sentado en el interior de una tienda mientras las gotas de lluvia se deslizaban por el cristal del escaparate. El individuo en cuestión estaba cómodamente instalado en un sillón de orejas, fumando en pipa y leyendo (esto último no tiene nada de particular, dado que se trataba de un librero). Lo sé; como comienzo no es muy prometedor. Ni como comienzo de una entrada para un blog, ni tampoco como arranque de una historia. Y, sin embargo, la novela que se abre de esta manera consigue sorprender al lector desde antes de la primera línea, con una imagen que nos muestra el letrero del comercio, visto desde el interior:

Como decía al principio, hace hoy treinta y siete años, el librero Karl Konrad Koreander estaba leyendo apaciblemente con el telón de fondo de la lluvia, cuando la puerta de su librería se abrió de golpe para dar paso a un visitante inesperado. No era un comprador, ni tampoco un curioso: era un fugitivo. Un niño rechoncho y asustado, con la ropa y el pelo empapados, que no había encontrado mejor lugar para refugiarse de la cruel persecución de sus compañeros de clase. Tampoco es muy prometedor como héroe de novela, este muchacho gordo y de nulo éxito social. Y, sin embargo, es de esos personajes a los que uno llega a amar, con los mil matices que implica el amor de un lector: identificación, solidaridad, compasión, simpatía, expectación. Miedo cuando se enfrenta al peligro, alivio cuando sortea el riesgo. Orgullo y felicidad cuando le llega el éxito. Es Bastián Baltasar Bux, que entra en la tienda del señor Koreander para librarse del acoso de sus compañeros y que termina robando un libro que le promete desde su título el sueño de todo lector apasionado: una historia que no se acaba nunca.

El 1 de septiembre de 1979, apareció publicada en Stuttgart La historia interminable de Michael Ende. Hoy se cumplen por tanto treinta y siete años (creo haberlo mencionado ya) desde que la plácida lectura del librero de viejo se viera interrumpida por primera vez por la dramática irrupción del muchacho perseguido; desde que las brillantes cubiertas de un libro impreso a dos colores y sus hermosas letras capitales convirtieran a un colegial en un ladrón y le empujaran a refugiarse en un desván para zambullirse literalmente en una historia. Desde que las puertas del reino de Fantasía se abrieran para acoger a un pobre chico humillado en su vida diaria y convertirlo en el héroe que salva a la Emperatriz Infantil y al mundo mágico a ella asociado. Hace treinta y siete años sólo y parece mentira; uno diría que La historia interminable ha estado siempre ahí, iluminando la vida de los jóvenes lectores que encuentran insoportable la grisura de la vida cotidiana, llenando de melancolía a los adultos que hemos aprendido a convivir con ese dominante color gris.

En la biblioteca de mi instituto, hay un solo ejemplar de La historia interminable. No hace falta más: es un libro que disuade por sus dimensiones a los lectores poco avezados, que ―me temo― son la mayoría. Pero todos los cursos, hay alguien que muestra interés por él y lo saca prestado. Suele ser un chico o una chica especial, que me lo pide con un poco de timidez y que se pasa un buen número de recreos con la nariz pegada a la obra de Michael Ende. Cuando suena el timbre que señala la reanudación de las clases, le cuesta separarse de la lectura y a veces camina leyendo hacia mi mesa, para pedirme que le reserve el ejemplar para el día siguiente. A mí me enternece su ingenuidad: no hay una larga lista de alumnos disputándole el derecho a leer precisamente esa obra. Yo le suelo regalar un marcapáginas y dejo el libro sobre la mesa, fuera de la estantería, a la espera de que la aventura se reanude al día siguiente. Si mi Bastián particular falta un recreo, me parece que Atreyu, el dragón Fújur y la Vetusta Morla se impacientan. Cuando veo que regresa y me pide de nuevo el libro, suspiro con alivio: la empresa continúa y llegará al deseado final, al menos por este curso. Estos ávidos lectores crecen muy deprisa y algunos han abandonado ya el instituto; me los imagino por esos mundos, salvando cada uno su propio reino de Fantasía. Yo espero al siguiente, en mi pequeño local plagado de libros. Definitivamente, me siento un poco como el señor Koreander, esperando que la puerta se abra para dar paso a un nuevo Bastián Baltasar Bux.

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