jueves, 22 de septiembre de 2016

LECTURAS DEL PASADO VERANO (2016) (I)

El verano del 2016 se va y me deja la satisfacción de haber combatido las altas temperaturas leyendo mucho. Algunos de estos libros traen asociado el rumor de las olas. Otros, la calma cegadora del mediodía. El calor de la madrugada enemiga del sueño, pero tan propicia para la lectura y los sueños en vela. O el tacto ajeno de las sábanas de una habitación de hotel. Al reunir todas sus reseñas aquí, la entrada resultante me ha parecido demasiado larga; procedo, pues, a dividirla en dos partes para publicarla en días sucesivos. No vaya a ser que precisamente el libro que pueda inspirarte a ti, amigo visitante del blog, se quede perdido en semejante profusión de palabras. Sería imperdonable.

Firmándolos Henry James, estos cuentos de fantasmas no podían ser relatos de espíritus al uso. De hecho, uno pierde de vista con frecuencia el título de la antología: es fácil sumirse en el sutil juego de normas sociales e impulsos individuales que crea el autor y olvidar el hilo conductor de la colección, hasta que la aparición de una figura espectral produce un sobresalto que es tanto mayor cuanto más inesperado. Los fantasmas de Henry James no siempre vienen del otro mundo, puesto que a veces son creaciones de un cerebro humano o parte de un personaje, desgajada misteriosamente del conjunto que compone su personalidad. En ocasiones acuden a reclamar lo suyo o a vengarse, en la línea más clásica del género, pero con frecuencia propician que los protagonistas revisen sus circunstancias o alcancen un nuevo punto de vista esclarecedor sobre la existencia. Estos fantasmas de James sirven, en definitiva, para lo mismo que todo lo salido de la pluma afilada y certera de su autor: para bucear en nuestra propia psicología, en el entramado social que nos rodea y en los impulsos básicos e irrenunciables que todos llevamos dentro y que aspiran a liberarse.

Estas Cartas de la monja portuguesa han supuesto para mí un múltiple motivo de sorpresa. En primer lugar, por la forma en que he llegado a conocerlas: la cuidada edición de Acantilado que tengo en mi poder apareció entre otros muchos libros en una caja que contenía el donativo que un lector bienintencionado y con escasez de espacio – no recuerdo ya quién— hizo recientemente a la biblioteca de mi instituto. En segundo lugar, por el enigma que rodea a su autoría: aunque en esta edición aparecen firmadas por Mariana Alcoforado, la religiosa del siglo XVII a la que se alude en el título, la identidad de la persona que escribió estas cartas ha dado origen a variadas teorías que requerirían para su desarrollo un espacio mayor que este, y que sin duda le concederé próximamente en una entrada de este blog. El tercer motivo de asombro es el texto en sí: un testimonio intenso y exaltado del amor que un fugaz galán inspiró en una mujer recluida de por vida en un convento. Las cinco epístolas que componen esta breve obra son un apasionado repertorio de estados de ánimo, con frecuencia contradictorios, que agitan el alma de la enamorada que se ha visto privada del objeto de su adoración: la añoranza, la súplica, el reproche, la ira, el desconsuelo, e incluso la complacencia morbosa en el propio dolor, que llega a sustituir a la persona amada como centro de atención de este autoanálisis lúcido y arrebatado, escrito con una prosa exquisita.

Leí Otra vuelta de tuerca hace muchos años y guardaba un vago recuerdo de la sorpresa que causó en mí: yo era casi una niña y esta historia de ambigüedades y sobrentendidos me produjo una intensa atracción, a pesar ―o precisamente gracias a ello― de que disté mucho de captar todo su sentido. Yo misma comprendí que era un libro al que debería volver al cabo de los años, y así lo he hecho. Y me he encontrado con un aumento notorio en el nivel de inquietud; confieso que he tenido que interrumpir la lectura varias veces para acudir a páginas más tranquilizadoras, porque esta historia de niños que parecen captar ―o no― la presencia de los muertos me producía una notable angustia. Como lectora y espectadora del siglo XXI, llevo a mis espaldas una buena dosis de niños maléficos en literatura y cine, y a pesar de ello, los encantadores rostros de los pequeños protagonistas de James cuando vislumbran lo que no deberían me han resultado sumamente perturbadores. Me pregunto qué sintieron los lectores de hace más de un siglo ante este relato que, partiendo de un planteamiento muy clásico ―carta leída ante un auditorio, ambientación en una gran casa con jardín, figura de la institutriz aislada con sus pupilos―, da una “vuelta de tuerca” espectacular a los tradicionales cuentos de terror haciendo que sean unas criaturas angelicales quienes favorezcan la presencia de los muertos. Y, por supuesto, y ahí está la genialidad de Henry James, la profunda ambigüedad que se deriva de que sea la institutriz, personaje turbio e inestable donde los haya, quien narra unos hechos que, en definitiva, el lector no sabe si considerar aterradores o simple fruto de una mente enferma.

«Creo que si me preguntase a mí mismo qué mal tengo, no sabría responderme, por mucho tiempo que lo pensase...» Estas sorprendentes palabras las escribió el prolífico y vital Lope de Vega a quien fue el destinatario más asiduo de su correspondencia, el Duque de Sessa, en abril de 1612. Es uno de los ejemplos que reúne el autor de este libro, el doctor Juan Antonio Vallejo-Nágera, de ilustres del pasado que padecieron lo que hoy en día denominaríamos una depresión endógena. Otro es el filósofo griego Demócrito, que tras superar un episodio depresivo puso todo su empeño en evitar una recaída y ayudar a otros a prevenir la enfermedad, o los místicos medievales, que describían estados de oscuridad y desamparo cuando el contacto con la divinidad les era esquivo. Es lo que más me gusta de Vallejo-Nágera: su interés por acercarse a grandes personajes de la historia y reinterpretar los datos que ellos mismos nos han proporcionado a través de sus obras, para analizarlos desde el punto de vista de la psiquiatría moderna y dar así un diagnóstico.  Ante la depresión es una obra que abarca aspectos muy distintos de la dolencia que aparece en el título: sus síntomas, sus tipos, el trato con el enfermo, los medicamentos, así como un breve panorama de su detección y tratamiento a lo largo de la historia. Lo que en otros tiempos se denominó “melancolía” o se asoció a la noción de pecado, hoy en día es probablemente el término psiquiátrico que goza de mayor difusión. Vallejo-Nágera lo analiza con claridad y un lenguaje al alcance de profanos; frente al lector se despliegan los sufrimientos producidos por una enfermedad que, como todas las mentales, cuesta mucho comprender al que la observa desde fuera. Es fácil reconocerse en alguno de los síntomas descritos en este libro, que también enseña, por otra parte, a utilizar con mayor cautela una palabra que se ha difundido en el habla cotidiana hasta llegar a una cierta banalización.

Me apetecía leer algo en inglés. No lo hago desde hace años, pero para ese tipo de asuntos pendientes están las vacaciones. Apenas me puse a buscar, cayó en mis manos este célebre relato de F. Scott Fitzgerald, y en cuanto leí las primeras líneas, me di cuenta de que se trataba del texto ideal: dinámico, fluido, lleno de vida. Mi oxidado inglés se reanimaba por momentos. El curioso caso de Benjamin Button nos muestra a un Fitzgerald más divertido y emotivo que el de su narrativa larga. El estrambótico planteamiento del relato, que el autor no busca justificar racionalmente, nos presenta –no creo desvelar nada sobre un relato sobradamente conocido—a un recién nacido que llega al mundo con la apariencia y las actitudes de un anciano y que, a partir de ese momento, emprende el proceso inverso al de cualquier ser vivo, rejuveneciendo conforme avanza el tiempo. Ya lo he dicho antes: Fitzgerald no busca dar explicación alguna ni elude el carácter absurdo de la situación; se limita a acompañar a este peculiar personaje en su trayectoria inversa a la del resto de los mortales. El lector tiene oportunidades sobradas de sonreír ante una aventura vital en la que nada encaja y cualquier situación cotidiana se convierte en un disparate (el anciano ataviado como un niño, los equívocos derivados de la falta de correspondencia entre apariencia y comportamiento, las engañosas coincidencias de aspecto entre el protagonista y sus descendientes, el niño que pretende con arrogancia tener la autoridad de un adulto…). Hablaba antes de un Fitzgerald que despliega una ternura no habitual en sus novelas. En ese sentido, resalto el emocionante desenlace, no por previsible menos conmovedor, del ingreso de Benjamin Button en la suave inconsciencia de la primera infancia, descrito con la sobria eficacia de un narrador tan hábil como para transmitir una vívida impresión de una etapa imposible de recuperar desde la perspectiva de un adulto.

Son infinitos ―y con frecuencia curiosos― los motivos que nos llevan a elegir una lectura. Hace unos días, un amigo estaba contándome los avatares de su periplo de este verano por tierras centroeuropeas. Mencionó de pasada el nombre de Bolzano y a mí se me encendió de inmediato una luz en el cerebro: recordé el título de esta novela, la figura de Casanova y, sin demasiada certeza, la autoría de Sándor Márai. Hice una consulta rápida que confirmó mis vagos recuerdos y que me llevó a leer la siguiente reseña: «Casanova, fugitivo de la justicia, decide recuperar a Francesca, la única mujer que ha amado. Pero el esposo de ésta le ofrece dinero y la libertad a cambio de decepcionarla. Ella, con su discurso sincero y apasionado, obligará al curtido aventurero a enfrentarse con el terror del vacío, la soledad y el exilio». Qué más puedo decir. Estas pocas líneas fueron para mí un reclamo irresistible y La amante de Bolzano superó con un largo y elegante salto la larga fila de libros que tengo en lista de espera desde hace meses. Aquí estoy pues, acompañando a este seductor en decadencia en su huida de Venecia, a través de territorios nuevos y ciudades desconocidas en las que su figura despierta una mezcla de expectación, miedo y atracción malsana. Es fácil seguirle en sus peripecias y reflexiones, cuando se va guiado por tan bella prosa (y aquí, mi testimonio de admiración a la traductora, Judit Xantus Szarvas, que consigue que el texto fluya con elegancia y naturalidad, como si hubiera sido concebido directamente en castellano). Qué hermoso y triste, y también qué irresistible, el universo de Sándor Márai.

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