miércoles, 7 de septiembre de 2016

EL TIEMPO DETENIDO

Leo mucho últimamente. Las altas temperaturas contribuyen a ello: entre todas las actividades que se pueden desarrollar en una inmovilidad casi absoluta (y con este extraño calor de finales de verano, la actividad física no resulta muy tentadora), la lectura es con diferencia la que más me apetece. Leo incluso varios libros a la vez, cosa que me resulta harto difícil en cuanto mi cerebro se diversifica para atender los asuntos del curso académico.

Si uno se dedica a saltar entre obras distintas, si viaja por ahí con varias novelas cargadas en el libro electrónico, pero tiene esperando en la mesilla de noche el volumen que debido a su peso no puede acarrear, aumenta la probabilidad de que se produzcan confluencias. Una voz nos habla de día, otra después de comer, otra nos acompaña los minutos previos al sueño, y de pronto una de ellas le hace eco a alguna de las otras y toca el mismo tema que la anterior acaba de tratar. Es una curiosa sensación que nos hace pensar que nos hemos equivocado de lectura en un despiste, o que una idea se ha fugado de los confines de un libro para adentrarse en el interior de otro. Así me sucedió hace unos días con las dos últimas escritoras que me han acompañado, Penelope Fitzgerald y Donna Tartt. 

En su novela La flor azul, Penelope Fitzgerald narra desde una perspectiva en absoluto sentimental el enamoramiento del joven Novalis de una muchacha que aún no ha dejado atrás la infancia. En su despojada sobriedad, la autora consigue una preciosa y nada estereotipada plasmación del amor a primera vista. Transcribo a continuación un breve fragmento del pasaje en el que Fritz, el protagonista, es invitado a una casa y conoce a la familia propietaria. Uno de sus miembros es la muchacha que se convertirá a partir de entonces en el centro de su universo. La autora describe el fulminante enamoramiento del joven con esta emocionante concisión:
 
«En el fondo del salón, una joven de pelo negro estaba mirando por la ventana, dando golpecitos en el cristal como si quisiera llamar la atención de alguien en el exterior. […]
―Que el tiempo se detenga hasta que se dé la vuelta ―dijo Fritz en voz alta.»
 
La sensación de que el tiempo adquiere una textura distinta en el preciso momento en que nace el amor; el deseo de que ese momento único en su belleza se estire hasta el infinito. A Penelope Fitzgerald no le hace falta explicitar nada más: el lector ya sabe de la intensidad de esa pasión que comienza.

Donna Tartt nos habla en El secreto de otra forma no menos intensa de amor: las amistades de juventud. El narrador, un recién llegado a la universidad, cae fascinado por un grupo de selectos estudiantes de griego que poco a poco se van abriendo para acogerle en sus actividades y también ―ya lo dice el título― en la oscura red de sus relaciones. Uno de ellos tiene una casa en el campo y allí pasan con frecuencia los amigos los fines de semana. Es la materialización misma de la Arcadia: la vida en su esplendor, la belleza de la naturaleza, la camaradería, la felicidad de estar integrado en un grupo de elegidos. Frente a ese paraíso, el reloj que marca el avance del universo sólo puede ser considerado como una amenaza:

«La idea de vivir allí, de no tener que regresar jamás al asfalto, a los centros comerciales, a los muebles modulares; la idea de vivir allí con Charles y Camilla, con Henry, con Francis, y quizá incluso con Bunny; de que nadie se casara ni volviera a su casa ni se marchara a trabajar a una ciudad lejana ni cometiera ninguna de las traiciones que cometen los amigos cuando acabas la carrera, de que todo siguiera tal como estaba en aquel instante…, aquella idea era tan maravillosa que no creo que pudiera imaginar ni siquiera entonces que llegaría a hacerse realidad, pero me gusta pensar que así fue».

Por supuesto, la muchacha de pelo negro que miraba por la ventana se dio la vuelta y los jóvenes que compartían un despreocupado edén cometieron todas esas traiciones que nos alejan inevitablemente de los amigos de juventud. La implacable maquinaria del tiempo prosiguió su avance, destruyendo y construyendo también realidades distintas, pero ninguna tan amable ni hermosa como las que quedaron atrás. Menos mal que ahí están la literatura y las voces de estas dos narradoras, unidas por el azar en mis lecturas de verano, para hacernos sentir el milagro del tiempo detenido.

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