miércoles, 24 de agosto de 2016

MIS FOTÓGRAFOS (XII)

 
La fotógrafa nacida en Surinam Mariska Karto es de esas artistas fronterizas cuya producción se sitúa en la difusa línea entre la fotografía, el diseño gráfico y la pintura. Algunas de sus obras son difíciles de catalogar e incluso de reconocer; confieso que me costó un rato decidir en qué sección debía encuadrar esta imagen que ―de eso no me cabía ninguna duda― quería comentar en mi blog. El sustrato clásico del tema y su inspiración pictórica vinieron a aumentar, sin duda, mi desconcierto inicial. La manzana dorada de la discordia es una reinterpretación de la historia de las tres diosas griegas dispuestas a todo con tal de ser elegidas como la más bella, y se trata, en efecto, de una fotografía; eso sí, una fotografía con un grado de artificiosidad y elaboración que la entronca con nuestro concepto habitual de pintura. La textura nacarada de la piel de las modelos, su pose delicada y casi dancística, nos remiten de inmediato a los maestros del Renacimiento o a sus émulos de siglos posteriores, como Ingres. Karto ilumina la escena con el cuidado de un pintor en su estudio o de un diseñador de luces en un escenario teatral. Consigue así crear un ámbito sobrenatural, bello y maligno, en el que probablemente muchos sentimos el irrefrenable impulso de perdernos. Invito a los que hayan leído hasta aquí a que exploren el universo de esta artista fascinante. Está poblado de seres hermosos e inquietantes, en actitudes estudiadas, grandiosas, con cierto toque malsano. Es el territorio propicio para los que sienten un profundo desapego de la fealdad y el prosaísmo del mundo real.
 
Volvemos a los pioneros de la fotografía de la mano del británico William Hyde (1857-1925), especialmente recordado por libros ilustrados como Impresiones de Londres, en el que sus aguafuertes y fotograbados acompañan a los textos de su compatriota Alice Meynell. Me ha costado elegir entre las sugerentes imágenes que recogen un Londres sombrío, espectral, casi expresionista, pero me he quedado finalmente con la titulada San Pablo al amanecer. La factura lenta y artesanal de esta fotografía dota al edificio de un carácter extrañamente animado y misterioso. Se diría que la catedral es un gigante que se despereza, rodeado por las fuerzas que se liberan al comienzo del día: el humo que traza curvas desde las chimeneas, el cielo que parece temblar detrás de las torres. Las infinitas tonalidades del gris otorgan encanto y delicadeza a esta visión de privilegio. Esta y otras preciosas imágenes de un Londres ya perdido ocupan un terreno fronterizo entre el grabado y el arte fotográfico; quizá por ello nos producen la impresión de reflejar no tanto un paisaje urbano que existió, como un espacio que es producto de la imaginación del autor y ―quizá― de la de todos nosotros.

El fotógrafo armenio-canadiense Yousuf Karsh (1908-2002) es autor de una extraordinaria galería de retratos; frente a su cámara desfilaron algunos de los personajes más emblemáticos de ese siglo XX que gracias a su larga vida abarcó casi por completo. Son retratos expresivos, efectistas, con una iluminación cuidada y teatral que realza las características no sólo físicas del modelo y otorga enorme trascendencia al momento inmortalizado. Algunas de las imágenes más difundidas de ciertos personajes (como ocurre en el caso de Ernest Hemingway) proceden precisamente del objetivo de Karsh. Pero, entre todas ellas, me quedo con este retrato delicado y sutil del músico Pau Casals. El hecho de disponer al modelo de espaldas al espectador concede un carácter íntimo a la escena; parece que nos estamos colando de puntillas en un momento de perfecta comunión entre el músico y su violonchelo. Cuenta Karsh que pasó momentos privilegiados escuchando a Casals interpretar a Bach en la abadía de San Miguel de Cuixá, hasta el punto de olvidarse de su misión de realizar una fotografía. Era la primera vez ―confiesa también― que colocaba a su modelo dando la espalda a la cámara, pero le pareció lo más conveniente en este caso. El resultado es de enorme belleza y expresividad: rodeado por la oscuridad solemne de la piedra, el músico se nos manifiesta a solas con su música, aislado del mundo, lejos de todos y en contacto directo con su paraíso privado.

Ejercitado en el mundo de la moda y la publicidad, el fotógrafo holandés Erwin Olaf (nacido en 1959) es creador de imágenes limpias, estilizadas, de un alto impacto visual. Con frecuencia entra en el terreno de la provocación o busca descolocar al espectador por medio de las actitudes o la caracterización de sus modelos. La fotografía que encabeza estas líneas pertenece a una serie que responde al sugerente título de Ojo de la cerradura, compuesta por ocho retratos de personajes jóvenes en curiosas poses: todos ellos apartan la mirada del objetivo, clavándola en el suelo, volviendo la cabeza en otra dirección o, como en este caso, dando directamente la espalda. El que los contempla tiene la impresión de irse colando en una sucesión de habitaciones privadas cuyos respectivos habitantes están sumidos en momentos de intimidad caracterizados por la reflexión, el malestar o el desánimo. En concreto, esta imagen de tonos suaves y límpidos es la encarnación misma del aislamiento y la introversión: la modelo que hunde la cabeza entre los hombros y se agarra con fuerza las manos parece mostrarnos ―por más que quiera esconderse de nosotros― algo más serio que un mero enfado infantil. Las producciones de este fotógrafo son así: artificiosas, exquisitas, profundamente expresivas. Podrían parecer un mero juego formal de no ser porque quien las contempla capta siempre la existencia de un mensaje oculto tras la cuidada conjunción de luces, líneas compositivas y color.

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