martes, 2 de agosto de 2016

LOS CUADROS DE JULIO (2016)

Me maravilla la forma en que trabajan los grandes dibujantes: su proceso de creación recuerda al del escultor que va sacando de la piedra la forma que adivina en ella, dejando ciertas zonas de material en bruto para que recordemos el desorden original del que ha sabido extraer su criatura. Dicha técnica resulta evidente en este prodigioso Retrato de Maria Kolb, del pintor y grabador austriaco Christian Wilhelm Allers (1857-1915). En la línea tantas veces explotada de los retratos clásicos, deudores de las efigies de las monedas, Allers coloca a su modelo de perfil en una actitud que nada tiene de forzada ni solemne, sino que recoge la frescura y naturalidad de sus pocos años. Los cabellos que se escapan del primoroso peinado, la mirada seria y concentrada y las mejillas sonrosadas que se adivinan a pesar de la monocromía, dotan de extraordinaria vitalidad a este retrato infantil. El cuidadoso realismo con que se reproducen los detalles (los pliegues de la oreja, la trenza, las pestañas…) se va disolviendo con elegancia cuello abajo, hasta resolverse en una simple línea que marca el final del vestido sobre el escote, en un recordatorio de que este prodigio de vida que contemplamos es únicamente el producto de un lápiz sobre un papel.


Esta mañana me he despertado con una tremenda añoranza del mar y me ha parecido que la mejor forma de combatirla era acudir al arte. De inmediato me ha venido a la cabeza el pintor danés Peder Severin Krøyer, que ya alguna vez ha hecho acto de presencia en este blog con sus evocadores cuadros de paseantes a la orilla del agua. En esta ocasión traigo también un paisaje marino, pero las melancólicas figuras femeninas que son una de las señas de identidad del artista han cedido paso a otras más menudas y activas: las de los chiquillos que se bañan en este Día de verano en la playa sur de Skagen, realizado en 1884. Casi todos los cuadros que conozco de Krøyer en los que se recrea la vida en la playa de Skagen están pintados desde una perspectiva similar; uno tiene la sensación de que el artista instaló su caballete en un punto de ese ámbito conocido y se dedicó a espiar el paso de las horas y la sucesión de personajes que con sus variadas actividades animaban los distintos momentos del día, desde la salida del sol hasta la proyección de la luna sobre las aguas. Paseantes en parejas, mujeres con sus perros, pequeños bañistas, pescadores que regresan o salen a sus faenas se integran en un entorno hermoso y apacible, plasmado con intenso lirismo y con el toque melancólico de lo perdido: parece como si Krøyer pintara un paisaje recordado y no uno que tuviera frente a él. En este Día de verano, la gran protagonista del cuadro es, más que en ningún otro de su autor, la luz: los rayos de sol que crean destellos metálicos en la orilla y proyectan las sombras de las figuras infantiles sobre el agua o sobre la arena, como sucede en el caso del único personaje solitario del conjunto, la niña rigurosamente vestida a la cual el contraluz reduce casi a una silueta negra. Esta pequeña que observa con grave resignación el disfrute de los de su edad se me antoja el elemento más enternecedor de la escena; es inevitable simpatizar con su gesto serio, con la tristeza contenida en su actitud de niña bien educada a la que las normas sociales impiden participar en la alegría que tiene al alcance de su mano.


Se me ocurren innumerables ejemplos de pinturas en las que el efecto de la luz solar sobre las superficies adquiere especial importancia, pero ninguno salvo este cuadro del italiano Giuseppe Pellizza da Volpedo en que el sol sea el protagonista absoluto. Pellizza da Volpedo es un pintor sorprendente, de trágica y breve vida, capaz de tratar temas clásicos con una sensibilidad distinta. El título de esta obra, Sol naciente, nos remite de inmediato a la pintura casi homónima de Monet, treinta años anterior. Pero si Monet fue transgresor en lo referido a la técnica, la originalidad de Pellizza se deriva de la concepción misma del cuadro: el paisaje queda reducido a la masa oscura que llena gran parte del lienzo, porque lo que ocupa toda la atención del artista es el astro elevándose en el cielo. En el cegador contraluz, solo somos capaces de adivinar varias capas indeterminadas de vegetación, tal vez alguna construcción humana cuya naturaleza se nos escapa. Siguiendo los postulados del divisionismo, técnica consistente en la separación de los colores en trazos que interactúan para formar la imagen, el pintor crea con minuciosidad el haz de rayos que lo inundan todo; el detalle que le falta al paisaje lo tienen esas líneas concéntricas, multicolores, que crean una sensación de vida que comienza,  de fuerza incontenible, de triunfo del calor.


El pintor estadounidense Winslow Homer crea en 1890, bajo el título de Noche de verano, la imagen más misteriosa y sugerente que conozco del periodo estival. Todo contribuye a hacer que esta escena festiva y cotidiana se cargue de significado: el abandono con que las dos mujeres bailan enlazadas, las siluetas negras de sus acompañantes que contemplan fijamente el agitado oleaje, como un solemne y estático coro, y, sobre todo, el manto de plata que cubre las aguas, reflejo de una luna que no llega a aparecer en el lienzo. Yo no me canso de mirar este cuadro y de imaginar las relaciones entre sus personajes, el porqué de su presencia tan cercana a un mar amenazador. Tal vez un fin de fiesta tardío, que reduce a una cansada inmovilidad a las figuras del fondo y a una entregada danza a las dos protagonistas. Hay algo de escenario teatral en la superficie lisa sobre la que evolucionan las dos mujeres unidas en estrecho abrazo, con un brioso movimiento del vestido la que nos da la espalda, con un hermoso gesto de abandono y confianza en sus ojos cerrados la que está de cara hacia el espectador. Tal vez el acierto de Homer radica ―y no es poco― en saber aprovechar lo que la naturaleza brinda; en captar la magia, el poder liberador que tiene cualquier noche de luna llena sobre el mar.

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