martes, 9 de agosto de 2016

LAS VOCES DE BOLZANO

Con su habitual estilo demorado y majestuoso, Sándor Márai toma la figura del hombre de acción por excelencia y lo convierte en una excusa para reflexionar sobre el amor, sus recovecos y paradojas. Junto a él, sitúa a dos figuras que le sirven de complemento y contrapunto: un viejo que ama sin correspondencia y la esposa de este, una joven a la que nuestro protagonista estuvo a punto de seducir años atrás. Ellos son Giacomo Casanova, el conde de Parma y su esposa Francesca, los tres puntales sobre los que se apoya La amante de Bolzano.

Esta novela de Márai tiene la estructura de una cantata a tres voces: los personajes principales monologan y dialogan ―a veces es difícil distinguir una y otra modalidad―, exponiendo en largos y hermosos discursos la sutileza de sus sentimientos. Los días en los que se desarrolla la acción son un paréntesis en la ajetreada existencia del protagonista, que viene huyendo de una prisión veneciana y que, prevemos al final, no tardará en reincorporarse a su vida de riesgo y azar. Pero en medio de esa aventura que es consustancial a su personalidad, se produce una pausa cuando llega a Bolzano, donde habitan una mujer por la que se sintió atraído años atrás y el que es ahora su marido, un noble que se encargó en su momento de poner fin de forma expeditiva a la incipiente relación. Una historia inconclusa cuyos tres actores principales sienten la necesidad de zanjar. Márai se sirve de ellos para hacer desfilar frente al lector las distintas facetas del sentimiento amoroso, con sus sombras y contradicciones.

«Tenía ganas de envejecer a su lado, de disfrutar junto a ella de los atardeceres que envuelven las ciudades, los paisajes, a los aventureros y la vida entera. Eso era lo que sentía a su lado aquella mañana en el jardín, bajo el cielo azul. Por eso huí de ella […]». Así recuerda Casanova, ya cuarentón y al inicio de la cuesta abajo, su breve idilio con la joven Francesca, sucedido cinco años antes. En contra de lo que se espera de un seductor profesional, reconoce la sinceridad de sus sentimientos, pero también su propia incapacidad para asumirlos: es un aventurero nato, incapaz de soportar las ataduras. Está hecho para tomar lo que le gusta y salir huyendo antes de que aparezca el más mínimo signo de acomodación.

Frente a él, se yergue la figura de fabulosa humanidad del conde de Parma, el marido que sabe que los pensamientos de su mujer pertenecen a otro y que, con singular valentía, va al encuentro de su rival para hacerle una sorprendente propuesta. Es un hombre rico y poderoso; dispone de medios y servidores suficientes como para hacer desaparecer sin dejar rastro a su enemigo. Sin embargo, sabe que eso sería su perdición. Así se lo expone con desarmante sinceridad: «¿Acaso debería matarte? Sería un error. Un hombre amado es un rival muy peligroso si está muerto: estarías sentado a nuestra mesa, acostado junto a la condesa; andarías con los pasos ligeros de los muertos por nuestras habitaciones, por los senderos de nuestros jardines; estarías en todos sitios por la eternidad». La propuesta del conde es mucho más audaz e inesperada: Casanova debe convertir en real ese amor que quedó truncado en su momento y hacer que con ello pierda su magia y su fascinación. Una vez más, la idea del sentimiento amoroso como algo más ligado al mundo de las posibilidades y de las puertas que se abren, que a la gris realidad de la consumación.

Cierra el triángulo la figura de Francesca, de la que tanto hemos oído hablar cuando aparece, más que mediada la novela. No desvelaré la reacción final de este personaje por no privar de la sorpresa a los potenciales lectores (aunque no lo parezca, en esta entrada no he incluido más información sobre la trama que la que aparece en las contraportadas y las sinopsis que corren por la red). Solo diré que la joven encarna el amor inevitable, que se siente con independencia de la altura moral o los merecimientos de su objeto. «Quiero vivir muchos años para poder esperarte hasta que llegues a casa», le dice con conmovedora sencillez al hombre al que sabe incapaz de quedarse ni un solo minuto a su lado, y que la cambiaría sin dudar por un lance peligroso o la emoción de una apuesta.

El amor va y viene entre estas tres figuras, se remonta al pasado y arde en el presente, sin hallar nunca correspondencia ni acomodo. Oímos sus voces y sabemos del amor abnegado, del amor paciente, del que se sobrepone a los obstáculos, del arrebatado, del eterno, del intermitente. Del amor soñado y del real; del que justifica una existencia y del que no serviría para compensar un solo minuto de monotonía. Del que se ofrece a quien no es merecedor de tan alto sentimiento. Del que resulta incomprensible a ojos extraños, del que nubla la mente y empuja a los actos más insensatos. Del que ennoblece y da fuerzas al que lo alberga en su corazón.

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