sábado, 13 de agosto de 2016

LA ESQUINA DEL CUADRO (V)

Hace más de dos años que no añado ninguna entrada a esta serie. Fue en febrero de 2014 la última vez que exploré la esquina de un cuadro, a la búsqueda de un detalle revelador. Desde entonces, he encontrado alguna obra que me habría gustado incluir en esta sección, pero que, por cuestiones técnicas (no siempre es posible conseguir una imagen con definición aceptable de un sector de una pintura), se me ha quedado en el tintero. Lo curioso del caso es que hoy añado una quinta parte a la serie y lo hago con una obra que no he llegado a ver.
 
 
No es un buen lugar para dejar pasar los siglos y aguardar el reconocimiento de la posteridad. O mejor dicho: es un buen lugar, pero la compañía es la peor posible, a fuerza de excelsa. Pero dejémonos de paradojas. Me estoy refiriendo al enorme fresco de la Crucifixión del pintor italiano del siglo XV Giovanni Donato de Montorfano. Se trata de una obra que presencia un constante trasiego de visitantes, pero que no recibe apenas una mirada de atención. La causa, su situación, en la pared opuesta a la celebérrima Última Cena de Leonardo, en el refectorio del convento de Santa Maria delle Grazie en Milán. Encontrarse frente a frente con una de las obras más magnéticas de la historia de la pintura ya es un desafío; si a eso unimos el férreo sistema de visitas, que permite el acceso de un restringido número de personas durante apenas quince minutos, el desafío se convierte en una vía directa al anonimato. Yo lo reconozco: durante el cuarto de hora que pasé allí, completamente absorta en las maravillas de Da Vinci, apenas le dirigí una mirada fugaz a la obra de Montorfano. Es algo, supongo, que se me había quedado dentro y me producía cierto resquemor. Por eso, cuando hace unos días un amigo me comentó que él sí había conseguido detenerse a contemplar el fresco en cuestión y que incluso había tenido tiempo de fotografiar algún detalle (las tácticas de este amigo mío para esquivar las normas en exposiciones y museos darían de sí para más de una entrada), se me ocurrió escribir esta pequeña compensación para el bueno de Montorfano.

El detalle en el que se había fijado este amigo del que hablo es la figura de María Magdalena. No me cabe duda de que, de haber tenido la oportunidad, también habría sido el elemento de la composición en el que yo me habría detenido. La Crucifixión de Montorfano es un conjunto abigarrado, de esos que no dan una pauta a la mirada del que lo contempla para discernir entre lo principal y lo secundario. Tan solo la colocación en un nivel superior y en el centro de la pintura concede a la figura de Cristo un cierto protagonismo. Y justo a sus pies, abrazada a la cruz en un gesto emotivo y solitario, está la figura de la Magdalena, que es el personaje más intenso de la superpoblada composición. En torno a ella, los otros participantes de la escena se reúnen en pequeños grupos para consolarse, observar con atención o indiferencia o entregarse a una actividad paralela. Solo cuatro personajes permanecen aislados, concentrados en sus pensamientos y en su dolor: dos frailes en actitud de oración, un joven que sin duda representa a San Juan y que clava su mirada en el espectador, y esta mujer de larga melena que se abraza a la cruz con dramática firmeza, como lo haría una enamorada para retener junto a sí un poco más el cuerpo de su amado muerto. No en vano, justo a sus pies aparece la firma del autor, en forma de inscripción sobre una piedra. Sospecho que es la figura de la que Montorfano se sentía más orgulloso. Por mi parte, yo me siento menos culpable desde que le he dedicado, aunque sea desde la distancia, la atención que le negué cuando la tuve delante.

No hay comentarios:

Publicar un comentario