domingo, 3 de julio de 2016

LOS CUADROS DE JUNIO (2016)

La artista belga contemporánea Karien Deroo puebla sus lienzos de imágenes sugerentes, que producen la inquietud más difícil de controlar: aquella cuyo origen no llegamos a precisar del todo. Su centro de atención es el ser humano, captado casi siempre en solitario, abstraído o inmerso en estados de ánimo que no siempre se identifican a primera vista. Los títulos de sus cuadros, poéticos y reveladores, juegan un papel importante a la hora de aclarar el sentido de sus obras. La que encabeza estas líneas responde al de Querido Dios. La actitud de la joven modelo queda así vinculada a un instante de recogimiento religioso o tal vez de fuerte deseo o necesidad; resulta tentador especular sobre el motivo de su plegaria. El rostro serio y concentrado de la niña queda dividido por la violenta iluminación que lo deja a medias entre la luz y la sombra. Todo es solemne y oscuro en este lienzo cuya protagonista nos resulta enternecedora por contraste y sobre la cual sentimos deseos de saber mucho más: sería delicioso poder estar por un momento en el interior de esa cabecita para oír resonar las palabras que conforman su grave y sentido ruego infantil.
 
A comienzos del mes de marzo traje a esta sección a Georges de La Tour con motivo de la inauguración en el Museo del Prado de una muestra de obras de dicho artista. Hoy vuelvo a hacer lo mismo por dos razones: se clausura dicha exposición y yo he alcanzado a visitarla en el último momento. Casi me quedo sin verla; malos tiempos, sin duda, los que están a punto de provocar una omisión semejante. Pero no ha sido así y he tenido la posibilidad de contemplar en vivo cuadros que llevo años admirando desde la distancia. He tenido al verlos una curiosa impresión de familiaridad: los orgullosos músicos callejeros, los tramposos que juegan a las cartas o desvalijan a incautos viandantes, los santos llenos de humanidad, estaban por una vez a escasa distancia de mi mirada, respirando el mismo aire que yo, no atrapados en un papel o una pantalla. Y entre todos ellos, esta maravillosa penitente de piel suave y actitud pensativa, que se suele denominar La Magdalena con la llama humeante, para distinguirla de otras versiones del mismo tema realizadas por su autor. Es un cuadro que me resisto a comentar porque creo que la cuestión técnica es evidente y la otra, la intangible, la que dota a esta escena de una magia especial, no se puede reducir a fórmulas ni a palabras. Sólo diré que contemplarla ha sido una de las experiencias estéticas más emocionantes que he vivido jamás. Por un momento tuve la sensación de que en la pared del museo se abría un espacio donde reinaban unas leyes distintas a las de la iluminación y la perspectiva que rigen la vida del común de los pintores; un ámbito al que sólo La Tour y unos pocos elegidos han tenido el privilegio de acceder.

 
No es la primera vez que manifiesto aquí mi amor por los detalles, por los elementos mínimos, por los seres pequeños y vulnerables. Es por tanto lógico que me haya llamado la atención el pintor estadounidense David Kroll, cuya mirada se detiene con frecuencia en delicadas criaturas de tamaño reducido, a las que retrata con minuciosidad y pericia dignas de un maestro de otros tiempos. Lo curioso de los cuadros de este artista es que los animales protagonistas ―casi siempre aves, pero también conejos y peces― aparecen junto a objetos propios de una naturaleza muerta, piezas de cerámica o cestas, que son plasmados con idéntica meticulosidad. La primera impresión que producen estas creaciones es la de estar frente a la obra de un concienzudo artesano, que lleva hasta el límite todo el saber atesorado durante siglos sobre el estudio de las texturas y la armonía cromática. El cuadro que encabeza estas líneas es un buen ejemplo: la suavidad de los colores, el maravilloso estudio de la superficie del vaso y la naturalidad del frágil pajarillo encaramado a su borde nos asombran por el dominio técnico que denotan y tal vez nos hagan sonreír por la gracia del modelo animal. Pero una mirada más atenta nos descubre nuevos motivos de atención: hay algo vagamente inquietante en esta figura que posa sin compañía frente a un fondo oscuro e indeterminado, algo que nos habla de soledad y desamparo; algo, en definitiva, profundamente humano.

La pintora galesa Gwen John (1876-1939) es autora de numerosos retratos de personajes femeninos. Sus modelos son mujeres de edades y condiciones variadas que se presentan en solitario, mirando al espectador o abstraídas en su lectura, en ocasiones con la compañía de un gato. Todas tienen un aire melancólico y están rodeadas por un entorno de colores delicados, plasmado con pinceladas suaves y difuminadas. Sus miradas y su actitud nos dicen mucho de ellas, al igual que los objetos (cartas, libros, flores) que las acompañan. En el cuadro que he elegido, titulado Un rincón de la habitación de la artista en París, la figura humana se ha eliminado y son sus posesiones quienes nos hablan acerca de su dueña: la sombrilla, la chaqueta abandonada en el brazo del sillón, el primoroso ramo de flores que es el único adorno de una estancia limpia, sobria, inundada por una luz blanquísima. Los objetos cobran una relevancia tal que casi nos parece adivinar la silueta de la pintora, que ha preferido colocarse al otro lado del caballete para dejar constancia de la sutil vitalidad que se desprende de los seres inanimados.

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