viernes, 15 de julio de 2016

CARTAS DESDE EL ENCIERRO

Cuando lo saqué del interior de una caja llena de libros de segunda mano, ignoraba que estaba tomando entre mis manos algo mucho más grande que lo que parecían anunciar sus reducidas dimensiones. La caja en cuestión era parte de un donativo para la biblioteca de mi instituto; como se han producido varios a lo largo del curso, soy incapaz de precisar su procedencia. El caso era que se acercaban las vacaciones y yo pretendía establecer cierto orden entre los montones de libros viejos y con frecuencia polvorientos que flanqueaban ―hasta casi sepultarla― mi mesa de ordenador.

Me gustan las ediciones de Acantilado, con sus portadas oscuras y su expresivo logo que representa a un bañista lanzándose en picado, como dispuesto a sumergirse sin concesiones en la más profunda lectura. Me gustó, en este caso, el título: Cartas de la monja portuguesa, así como la delicada imagen de la cubierta, un detalle ―luego lo descubrí― de un cuadro de Vermeer que representa a una mujer que escribe. Tenía, además, unas dimensiones ideales para llevármelo de lectura veraniega; ningún equipaje se resentiría con el añadido de sus escasas setenta páginas. Lo tomé, pues, prestado de la biblioteca de mi instituto. Me alegro infinitamente de haberlo hecho.

La cuestión de la autoría de este libro es en sí toda una trama novelesca. Apareció a finales del siglo XVII en una traducción al francés bajo el título de Cartas portuguesas. Las firmaba Mariana de Alcoforado, una monja que pasó casi toda su vida en el convento de la Concepción de Beja, su ciudad natal. Según se creyó en ese momento, se trataría de un epistolario auténtico, dirigido por su autora a un galán que pasó fugazmente por su vida pero le dejó una huella indeleble: el conde Chamilly, capitán de la caballería francesa que, tras participar en una empresa bélica en Portugal, regresó a su país sin guardar el menor recuerdo de la religiosa con la que había vivido una breve historia de amor. Es comprensible que, con estos elementos ―el joven oficial francés y la muchacha inexperta confinada en un convento cuyas tapias, al parecer, no fueron lo bastante altas para evitar que su relación se consumara; la confesión arrebatada de sus sentimientos por parte de una mujer que olvida el recato propio de su condición religiosa; el contraste entre el confinamiento de la protagonista y la pasión que la desborda―, el libro gozara de inmensa fortuna en el marco de la literatura galante y libertina de comienzos del XVIII.

Los siglos posteriores vinieron a poner en duda esta atractiva idea de la hermana Mariana Alcoforado dirigiéndose a su amante lejano desde el encierro de su celda. La idea de que las cartas eran obra de un hombre y de que sus protagonistas eran seres de ficción se impuso con fuerza. El motivo de discusión estaba servido: los eruditos se alineaban en uno de los dos bandos, a favor de la veracidad de las cartas o de su elaboración literaria.

Pero avanzó el siglo XX y llegó una teoría nueva que participa de las dos anteriores. La pusieron en pie dos estudiosos franceses según los cuales el autor es, en efecto, un hombre, pero la historia que subyace a las Cartas es real: el capitán Chamilly utilizó al escritor como confidente y estimuló su imaginación con el relato del idilio vivido por él en tierras portuguesas. Dicho escritor sería Gabriel-Joseph de Lavergne, conde de Guilleragues, político que ocupó el cargo de Secretario de Cámara de Luis XIV.

Carezco de otros elementos aparte de mi gusto personal para apoyar esta teoría, que sin duda me parece la más atractiva. El relato elaborado por un testigo externo que, sin embargo, se ve atrapado por la intensidad de la historia; el juego entre la Mariana real y la que pone en pie el escritor; la traición de Chamilly a la intimidad de su relación, como culminación de otras traiciones precedentes; la asombrosa capacidad del escritor para adoptar el punto de vista femenino y elaborar el testimonio de una pasión frustrada con semejantes intensidad y delicadeza: todo ello me inclina a abrazar sin duda alguna esta teoría; privilegios de dejar de ser filóloga para ser lectora sin más. Me encanta, sobre todo, imaginar al hombre de mundo evocando desde la corte francesa la humilde figura de la religiosa encerrada en su convento, esa desconocida sobre la que tantas sutilezas llegó a elaborar y a la que comprendió infinitamente más que el galán que con tanta frivolidad abrió las puertas de su pasión para cerrárselas después con su partida. Con un lenguaje hermoso y arrebatado, Guilleragues ahonda en las contradicciones del sentimiento amoroso, plasmando a lo largo de cinco breves epístolas todas las fases por las que pasa su torturada protagonista: la añoranza, el ruego, el reproche, la ira, el desconsuelo, la vana ilusión. Gracias a su pluma, oímos a Mariana lamentarse del desvío de su amante, arrastrarse para conseguir su atención, descargar una rabia que la aproxima al odio y, por encima de todo, valorar la belleza y la fuerza de sus propios sentimientos hasta límites que sobrepasan una morbosa complacencia. «Amadme siempre y hacedme sufrir otros males todavía», le suplica en un momento dado con contradictoria y sincera emoción. Emoción que, me parece, podrá comprender todo lector que alguna vez haya amado sin esperanza.

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