miércoles, 1 de junio de 2016

MIRAR Y SER MIRADO

Un domingo, hará cosa de mes y medio, visité la exposición del Thyssen dedicada a los realistas madrileños que terminó su andadura la semana pasada. Como ocurre siempre con los eventos culturales ampliamente publicitados o sobre un tema que goza de popularidad (en este caso, se juntaban ambos factores), la afluencia de público a la hora en que yo tenía fijada la entrada era notable. Accedí pues a la primera sala en tan abundante compañía que parecía imposible atisbar siquiera los cuadros a través de la marea humana.

Me habría preocupado de no haber vivido situaciones similares otros muchos domingos en ese mismo lugar, pero la experiencia me ha hecho desarrollar una estrategia que resulta muy útil en el caso de los museos que asignan hora de entrada a los visitantes: basta con saltarse las primeras salas y comenzar a visitar la exposición por la zona central. Allí se produce un espacio vacío que ya ha sido abandonado por los asistentes de la hora anterior, a excepción de alguno especialmente concienzudo, y al que todavía no han accedido las hordas de recién llegados. Es en esos interludios entre dos hornadas de visitantes donde hallo resquicios de paz y donde se producen mis encuentros más felices con el arte. En este caso, sucedió en un espacio maravilloso: el dedicado a las obras del escultor Julio López Hernández.

Julio López es un artista por el que empecé a sentir un afecto especial antes de conocer siquiera su nombre. Es el autor de la escultura en honor a Federico García Lorca que se alza en la Plaza de Santa Ana, delante mismo del Teatro Español. En ella se representa al poeta dejando escapar de sus manos un pájaro; el artista no podría haber encontrado un símbolo mejor, pienso yo, de toda la belleza que Lorca lanzó con sus palabras al viento de la posteridad. Hay además una intensidad tal en la mirada del personaje, que parece que la emoción y la fuerza que han quedado para siempre prisioneras en sus versos laten también por debajo de la superficie de bronce.
La sala dedicada a este escultor en la exposición del Museo Thyssen estaba poblada de seres animados de una vitalidad semejante, a medio camino entre la inmediatez de lo cotidiano y la trascendencia de lo que ha quedado detenido para la eternidad. Ya he comentado al principio que accedí a ella en un momento en que había pocos visitantes; eran bastantes más, de hecho, los seres esculpidos que los de carne y hueso. Paseé tranquilamente entre unos y otros. Fue entonces cuando descubrí un mudo diálogo que se desarrollaba entre dos de ellos.

Los interlocutores eran un hombre joven y otro de edad. El primero era un chico con melena que se había detenido frente a una escultura y la miraba fijamente. El segundo era un hombre maduro que al principio pensé realizado en bronce pero que luego descubrí fabricado de un material complejo y para mí desconocido. Este detalle carece de importancia, porque, según me dio la impresión, este personaje inmóvil estaba tan vivo como el muchacho que lo observaba. La escultura a la que me refiero se titula El alcalde y representa a un hombre recio, de vestimenta sencilla, en una actitud franca y reflexiva: la encarnación de la sabiduría del pueblo. Es una obra que produce una emoción extraordinaria por lo que transmite de solidez, de experiencia, de humanidad. Está alzada sobre un pedestal y su escala es algo mayor que el tamaño natural, pero la estatura considerable del visitante detenido frente a ella hacía que los ojos de ambos personajes quedaran a la misma altura. Los observé a mi vez y me pareció que la obra de arte la formaban los dos juntos, el joven y el viejo, el hombre nuevo y el de siempre. Por un instante mágico, me cupo incluso la duda de quién miraba a quién.

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