domingo, 5 de junio de 2016

LOS CUADROS DE MAYO (2016)


En 1797, con sólo veintidós años y décadas antes de convertirse en el increíble innovador que se situó a escasa distancia de la abstracción con un siglo de adelanto, William Turner hizo esta maravillosa incursión en el manido tema de los nocturnos con luna. El genio se detecta tan claramente en las obras sorprendentes como en las versiones propias de lo que otros muchos han plasmado o plasmarán más adelante. Soy muy aficionada a las atmósferas mágicas, a los juegos de luces y sombras que pintores de variadas épocas han creado en escenas semejantes, y entre las obras que me vienen a la memoria, este Luz de luna. Estudio en Millbank, de título nada pretencioso, ocupa un puesto especial.  La corporeidad de las pinceladas hace que no perdamos de vista en ningún momento que nos encontramos frente a un cuadro, que no pretende ser un simulacro de la realidad sino crear la suya propia por medio de las líneas, los colores e incluso el grosor de la pintura acumulada sobre el lienzo. Turner renuncia a lo anecdótico y al tono melodramático o espectral que suele presidir este tipo de paisajes; los seres humanos se reducen a figuras diminutas, cuya actitud ignoramos, y que son una pieza más en el conjunto, en este hermoso juego entre lo luminoso y lo oscuro, lo que se puede ver a simple vista y lo que hay que completar con el vuelo de la imaginación.


El pintor ruso Andrey Remnev ocupa un curioso lugar a medio camino entre la modernidad y la tradición de los iconos de su tierra. Este cuadro titulado Papagena nos da una original visión del personaje homónimo de la ópera La flauta mágica de Mozart: alejándose de las representaciones fantasiosas al uso, Remnev dota a su protagonista de sencillez y candor y la convierte en una niña abstraída en su música. El colorido que suele estar presente en la indumentaria de este personaje es sustituido por un delicado cromatismo orientado hacia la armonía de los tonos cálidos, y su habitual caracterización de “mujer-pájaro” se refleja en las aves bordadas en el cortinaje que cubre casi por completo la escena. La presencia de telas y tapices es una constante en la obra de este artista; en ocasiones, como sucede aquí, ocupan gran parte del lienzo y lo dotan de suntuosidad y de un aire irreal. El pintor nos sitúa en un mundo de leyenda, al margen de toda referencia real o cotidiana, en el que, sin embargo, el personaje mágico se ha convertido en una presencia despojada de elementos sobrenaturales, la de una niña ensimismada que parece encarnar todo el encanto de los juegos solitarios de la infancia.

El siempre serio y solemne Piero Della Francesca se aleja por una vez de sus majestuosos personajes habituales para acercarse al mundo de la infancia. No es segura la identidad del modelo de este cuadro, conocido como Retrato de un niño; se trata tal vez del pequeño Guidobaldo, de la ilustre familia de los Montefeltro. En cualquier caso, este joven miembro de la clase alta es representado según los cánones de la época, en un estricto perfil que emula las efigies de las monedas. Este niño pálido vestido de rojo y dorado tiene algo de aparición que emerge violentamente de un fondo negro en el que no hay referencia alguna a un espacio concreto; parece perdido en la eternidad, detenido para siempre en lo más bello de la vida. Las figuras de este pintor tienen siempre algo de ese carácter sobrenatural: su peculiar forma de iluminar, con un foco de luz que parece instalado en el interior mismo del personaje, los convierte en seres por encima de la realidad material. Con todo, hay pequeños detalles en este retrato que lo singularizan dentro de las estrictas normas a las que se somete y que nos dejan ver al ser humano que existe bajo las servidumbres de la época: la leve ojera que rodea una mirada firme y despierta; los labios apretados y la actitud corporal, con los hombros hacia atrás y el pecho adelantado, señales de un niño que se esfuerza por ocupar cuanto antes el severo papel de adulto que la sociedad le ha asignado.
 
Nadie diría al ver a este caballero triunfante rodeado de una multitud que lo aclama que se trata de una revisión del tema de don Quijote. El Caballero de la Triste Figura no aparece por una vez enfrentado a imposibles, recibiendo la ingratitud de aquellos a quienes ha ayudado, la conmiseración de sus allegados o la mofa de los poderosos. No lleva unas armas ridículas ni va a lomos de un pobre jamelgo envejecido, sino que cabalga –más bien se diría que vuela- sobre un alegre corcel. Lo escolta un pueblo entusiasta que enarbola banderas y a su paso salen a recibirlo músicos y madres felices que le muestran a sus hijos pequeños. Marc Chagall, el pintor de los mundos imaginarios en los que los enamorados vuelan cogidos de la mano, los músicos se encaraman a los tejados y animales de colores imposibles surcan los cielos, se venga de la cruel realidad que hace naufragar los sueños de todos los Quijotes y crea una escena en la que triunfan los ideales de libertad y justicia que el caballero representa. Sólo Chagall podía hacer algo así. Es, probablemente, la representación más optimista que existe del hidalgo cervantino. Interpretaciones políticas al margen ―es obvia la implicación revolucionaria de ese pueblo que marcha en gozosa formación en pos del personaje que le va a ayudar a cambiar el mundo―, este es un Quijote para idealistas, para lunáticos, para poetas: para todos los que creen que en la cruda realidad hay un margen para la ilusión y los sueños.

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