miércoles, 22 de junio de 2016

LECTURAS DE LA PASADA PRIMAVERA (2016)

El otro día hablaba yo con una compañera de trabajo de lo difícil que es acertar con los gustos lectores de los demás, incluso en el caso de las personas a las que conocemos bien. Me contó entonces que le había prestado un libro a alguien muy cercano a ella y que la experiencia había sido un completo fracaso. Se trataba, lo reconocía, de una obra singular y no apta para todos los gustos. Esto último despertó de inmediato mi curiosidad; le pedí que me la prestara y así lo hizo. De esta forma he entrado en contacto con el universo sorprendente, poético y brutal del uruguayo Rafael Courtoisie. El título del libro, Tajos, es el de la primera de las tres obras que lo componen. A primera vista parece una compilación de textos poéticos: la disposición tipográfica causada por las frases cortas dispuestas en líneas distintas así parece presagiarlo. Pero no; Tajos es una novela breve, un delirante viaje en compañía de un personaje que da rienda suelta a su incontrolable ira destruyendo cuanto encuentra a su paso, blandiendo navajas, agujas y martillos, repartiendo por doquier esos “tajos” que dan título a la historia. Courtoisie es también poeta, o más bien diré que nunca deja de serlo aunque se dedique a narrar, porque esta aventura estrambótica está contada con un lenguaje contundente y depurado, lleno de imágenes sorprendentes que plasman a la perfección el cerebro perturbado del protagonista. Ha sido para mí todo un descubrimiento. Y es que cada vez tengo más clara la utilidad ―y el placer― que entrañan esas charlas sobre lectura que mantenemos los que amamos los libros.

Hay novelas acogedoras como refugios, confortables como rincones favoritos a los que se acude cuando la confusión, el cansancio o el desánimo acechan ahí fuera. Se pueden leer de un tirón o a intervalos; interrumpirlas cuando la vida se complica y retomarlas sin problema alguno cuando las circunstancias lo permiten. El bar de las grandes esperanzas pertenece a este grupo. Su título es, además, una alusión al lugar que sirve de referente al personaje protagonista, un muchacho sin padre al que los hombres que se reúnen de forma habitual en el Bar Dickens, con su tosca camaradería y su lealtad sin fisuras, sirven de punto de apoyo en el difícil tránsito a la edad adulta. Es fácil identificarse con este personaje carente de rasgos extraordinarios, con sus torpezas, su ingenuidad y sus “grandes esperanzas”. J.R. Moehringer, que comparte con su protagonista el nombre, la edad y supongo que muchas de sus experiencias, narra con humor y ternura esta historia de descubrimiento de la vida en la que es fácil sonreír, emocionarse y, por encima de todo, sentirse reconocido.

«Quizá les haya pasado alguna vez en la vida que se encuentran por fin con algo por lo que vale la pena luchar, el momento en el que les invade un sentimiento ―sin saber la razón ni el motivo― de tener que hacer algo, de tener que seguir el camino que se presenta frente a nuestros ojos». Así se dirige al lector el protagonista de La casa Dreyfuss, primera novela del escritor peruano Erasmo Cachay. Los personajes perdidos, que avanzan sin rumbo en la vida, ejercen sobre mí una especial atracción. También los que toman una firme determinación y obran en consecuencia, a pesar de los obstáculos y del peligro al que se exponen. Los primeros, porque es fácil identificarse con su extravío y su búsqueda de un sentido para la existencia; los segundos, porque me llevan de la mano hacia terrenos que sería muy difícil explorar en la realidad. Eduardo, el protagonista de esta novela, es ambas cosas: un joven que experimenta una extraña sensación de vacío, de estar en el mundo para algo más que consumir los días de una vida cómoda que le deja indiferente, y que encontrará su razón de ser cuando en su camino se van cruzando las pistas de un enigma inquietante y amenazador, el que rodea a la poderosa familia Dreyfuss. El descubrimiento de ese misterio es el hilo narrativo de esta historia sombría y llena de intriga, en la que acompañamos al protagonista en un viaje rodeado de peligros al final del cual, sospechamos, le aguardan revelaciones más profundas y personales que las de la trama que busca desentrañar.

La extraordinaria confluencia de talentos narrativos en la familia de un reverendo destinado en los agrestes páramos del norte de Inglaterra a comienzos del siglo XIX es uno de los episodios más apasionantes ―y sorprendentes― de la historia de la literatura. La vida de estas tres mujeres que parecían condenadas al confinamiento y que sin embargo alcanzaron la gloria literaria y siguen conmoviéndonos con sus palabras dos siglos después de haberlas escrito ha dado origen a un sinfín de ensayos y narraciones. Ángeles Caso aporta su grano de arena con Todo ese fuego, biografía novelada de la familia Brontë. No podía ser de otro modo, dada la especial sensibilidad de esta autora hacia las figuras femeninas capaces de descollar a pesar de las limitaciones impuestas por la sociedad a las de su sexo, como ya demostró en su hermoso libro Las olvidadas. El acercamiento a estas figuras apasionantes se realiza en esta ocasión manteniendo un delicado equilibrio entre lo novelesco y el dato esclarecedor. El paseo por la vida familiar no se limita a las tres grandes personalidades de Charlotte, Emily y Anne; conoceremos también los tortuosos entresijos en que se desarrolló la breve existencia de Branwell, el único hermano varón, y ahondaremos en los motivos del padre, figura con frecuencia denostada y al que Ángeles Caso consigue redimir. Nos acercaremos también a las mujeres ausentes, la madre prematuramente desaparecida y la tía que la sustituyó en el cuidado de los niños, así como las hermanas mayores muertas durante la infancia. Especialmente tierno es el espacio dedicado a Tabby, la criada de la familia, que con sus relatos de crímenes y aparecidos contados junto a la lumbre sembró en Emily el germen de esa novela brutal y arrebatada que es Cumbres borrascosas.

Entre otras muchas virtudes que ya descubrí leyendo Nos vemos allá arriba, Pierre Lemaitre posee la capacidad de atrapar al lector en las primeras líneas y no soltarlo hasta el final. Ese talento se exprime hasta el máximo en Vestido de novia, una novela negra atípica, en la que se desarrolla no la investigación de un delito, sino la larga, cuidadosa y aterradora realización del delito mismo, que consiste nada menos que en la meticulosa destrucción del equilibrio mental y, en última instancia, de la personalidad de la joven protagonista. Lo que cuenta Lemaitre es terrible y entra con frecuencia en el terreno del puro horror; sin embargo, según sea el punto de vista desde el cual se narra, el lector se encuentra haciendo cosas tan sorprendentes como desear que una asesina consiga huir de la justicia o sonreír ante los rasgos de humor macabro que salpican la historia cuando esta se cuenta desde la perspectiva de un personaje cruel y profundamente desequilibrado. Lemaitre es un narrador ágil, solvente y que lleva de la mano al lector sin que este oponga resistencia alguna. Al menos esta lectora. Hasta el momento –cuando me queda el último cuarto de la novela por leer―, me ha hecho sobrecogerme, sonreír, sentir lástima, miedo y espanto. Me ha sorprendido también en varias ocasiones. Nada es previsible y todo está permitido en esta historia terrible, excepto el aburrimiento.

Jay Gatsby es el prototipo del héroe de la novela del siglo XX: rodeado de un halo de misterio, capaz de levantar imperios por sus propios medios y de construir su propia y ficticia personalidad, y a la vez profundamente desubicado y solo. Todo el juego de incertidumbres y contrastes de la década de los veinte está recogido en esta novela poética, intensa y de extremada tristeza: el esplendor y la podredumbre, el desenfreno y la melancolía, los sentimientos más elevados y los más rastreros. Ese mago de las palabras que era Francis Scott Fitzgerald deja constancia de un panorama a la vez deslumbrante y desolador con un lenguaje certero y de increíble lirismo. Cuanto más leo a este autor que escribió y vivió de forma tan extremada, más me asombra la belleza de sus palabras y me sobrecoge la profunda pesadumbre de vivir que traslucen. Leer El gran Gatsby me parece como rascar una superficie brillante y encontrarse con la materia opaca que se oculta debajo. Fitzgerald cada vez me gusta más y me pone más triste. Será cosa de la edad.

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