miércoles, 4 de mayo de 2016

LOS CUADROS DE ABRIL (2016)


Mi descubrimiento más reciente es el de una pléyade de pintores realistas chinos contemporáneos de notable calidad e interés. Entre ellos, me llama especialmente la atención Kuang Jian, nacido en 1961, autor del cuadro que encabeza estas líneas y cuyo título no he sido capaz de localizar en mi búsqueda por la red. Kuang Jian ocupa un lugar especial en este grupo de artistas debido a su tendencia a conjugar lo real con lo imaginario. Las figuras humanas, normalmente solitarias, que protagonizan sus cuadros, están pintadas con un realismo casi fotográfico, pero se inscriben en un ámbito abstracto en el que se juega con las texturas, o bien aparecen rodeadas de elementos inquietantes que producen la sensación de estar contemplando una imagen extraída del subconsciente. Este cuadro en concreto es un ejemplo de lo segundo. La peculiar composición es ya un motivo de sorpresa: la posición de la modelo, desplazada hacia la derecha, y su mirada fija en algo que queda más allá del lienzo, dan la impresión de que en la escena está pasando algo que está fuera de nuestro alcance descifrar. El entorno dista mucho de ser un interior rural al uso: hay una cierta aberración de la perspectiva en la plasmación de la mesa y la jarra, como si se nos invitara a adoptar varios puntos de vista simultáneos en su contemplación. Y qué decir de la ventana que se abre al exterior y que muestra un paisaje despojado, con un árbol solitario y una vaca de representación extrañamente simplificada. Frente a ese mundo onírico, el extraordinario realismo en la recreación de las texturas: las grietas de la pintura, las prendas que cubren a la mujer, las vetas de la madera. Kuang Jian nos invita a la vez a sentirnos cómodos y a extrañarnos, a reconocer el mundo real y a sorprendernos frente a lo desconocido, en un constante movimiento de vaivén que integra con perfecta solvencia en una obra sin fisuras.

El conocido axioma de «menos es más» encuentra su demostración perfecta en este dibujo del pintor francés Georges-Pierre Seurat (1859-1891), titulado Mujer de espaldas con ramo de flores.  Seurat, cuyo nombre se asocia de inmediato con luminosas escenas diurnas en las que llevó a la práctica ese caprichoso estilo que es el puntillismo, prescinde aquí de sus vistosos colores habituales y de su tendencia a lo anecdótico para quedarse con lo imprescindible: las dinámicas líneas de un lápiz sobre el papel que crean la silueta de una mujer solitaria avanzando en medio de la nada con un ramo en la mano. A mí me gusta mucho más este Seurat de la simplicidad y la monocromía; me parece que sus dibujos alcanzan una delicadeza y una capacidad de sugerencia difíciles de igualar. Sus figuras difusas, envueltas en un entorno impreciso, tienen un aire vulnerable y conmovedor. Esta mujer de la que no puedo ver rasgo personal alguno me parece, sin embargo, que me muestra su interior y sus intenciones: su soledad, su búsqueda del otro, su esperanza de que ese ramo resuelto por el artista en un hábil garabato se convierta en una pieza con la que construir su felicidad cotidiana.


El artista galés Phil Greenwood (nacido en 1943) es un maestro a la hora de captar la naturaleza en todo su esplendor. Es autor de grabados de rico colorido, en los que el mundo vegetal se despliega como una delicada filigrana que recuerda por su primorosa factura al arte japonés. Curiosamente, en medio de su amplio repertorio de imágenes primaverales, mi atención se vio de inmediato atraída por esta melancólica Noche de nieve. Será que tiendo a mirar hacia atrás y el invierno recién terminado todavía me llama; será que en los últimos tiempos predomina en mí un humor más bien sombrío. El caso es que esta imagen nocturna se impuso sin discusión para representar en esta sección a la obra ―para mí hasta ahora desconocida― de su autor. Se trata de una versión distinta de un tema que me es muy grato, el de la noche de luna llena. Frente a las visiones atormentadas de los románticos, Greenwood crea un paisaje ordenado, con una armónica distribución de los elementos que lo conforman. La fila de árboles del segundo plano está plasmada con absoluta exquisitez; el manto blanco que se extiende sobre el paisaje aleja la sombra de lo lóbrego. Esta noche iluminada por la nieve transmite serenidad y propicia la reflexión: tal vez cuando respondemos a su invitación y nos detenemos a pensar es cuando nos asalta el punto de tristeza que habita en nuestro interior. 
 
El pintor rumano Mircea Suciu nos da una inquietante visión de las relaciones humanas en este cuadro que responde al misterioso título de El monumento. La obra de este joven artista nacido en 1978 está plagada de imágenes sorprendentes, que buscan agitar la conciencia del que las contempla, encararlo directamente con la denuncia social o con el absurdo de la vida. Sus personajes con frecuencia nos dan la espalda y parecen sumidos en un conflicto cuya naturaleza se nos escapa pero nos produce una indudable desazón; la esmerada técnica del artista dota de una incómoda sensación de realidad a tan enigmáticas escenas. En El monumento, los protagonistas son doce hombres y mujeres en ordenada formación, que podrían estar contemplando el objeto de su interés de no ser porque todo en su disposición subvierte el orden lógico: cada fila tapa la visión de la que se encuentra detrás y todas ellas están colocadas de cara a una pared vacía. Este orden escrupuloso, inflexible y disparatado parece dictado por una mente enferma. Los participantes de este juego absurdo ocupan su puesto sin rechistar y permanecen en su posición ciega y sin salida; no parece haber en ellos signo alguno de incomodidad, de rebelión, ni siquiera de puesta en común de sus preocupaciones. Estos seres que más parecen maniquís sin rostro se nos antojan profundamente solos. La incomunicación, la claustrofobia y la alienación son las impresiones dominantes: la existencia humana reducida a una visión de pesadilla.

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