domingo, 15 de mayo de 2016

JARDINES QUE NO VOLVEREMOS A PISAR

Una casa que se despereza y cobra vida es el hermoso comienzo de Todo ese fuego, la biografía novelada de las hermanas Brontë escrita por Ángeles Caso. Los sonidos de la mañana que envuelven el sobrio edificio de la rectoral donde habitan el reverendo Brontë y su familia ―los golpes de un carpintero, los graznidos de los cuervos, los cantos de gorriones y zorzales, los cascos de un caballo, los cacareos de las gallinas― se erigen por un momento en el centro de atención y relegan a un segundo plano a los protagonistas humanos.

Están también, cómo no, los ruidos del interior de la casa. Esos sonidos mínimos, carentes de importancia a fuerza de repetirse sin apenas variación mañana tras mañana: la escoba que se cae en un descuido, la cama que rechina al estirar las sábanas. Un tenedor que rebota sobre un plato. La exclamación ahogada de una criada que se quema las manos al hornear el pan. Sonidos similares a los que cada cual tiene en su propio entorno y no escucha porque ya lo hizo ayer y en su tranquilo optimismo rutinario prevé que lo hará también mañana y al día siguiente y al otro, y así durante una larga sucesión de jornadas que supone infinitas. Esos mismos sonidos que cobran incalculable importancia cuando se extinguen. Ángeles Caso lo expresa muy bien: «La dolorosa añoranza de todo lo perdido. La voz del padre cuando nos recitaba poemas, o la de la madre al cantar. La promesa de la dicha vibrando en los labios del hombre al que amamos por encima de todos los demás la primera vez que pronunció nuestro nombre. El bramido magnífico de las tormentas en los veranos de la adolescencia. La clara sonoridad de los álamos viejos cuando sus hojas se agitaban en el aire, en ese jardín al que jamás hemos podido regresar.»

Todos tenemos nuestro propio repertorio de sonidos que se apagaron y no recuperaremos. El crepitar del viejo tocadiscos que con tanto orgullo heredamos de un hermano mayor. Los cantos infantiles rebotando por las esquinas de la capilla del colegio. Las palabras a través del teléfono de ese amigo al que se le perdió el rastro hace décadas. Las voluntariosas tentativas de sacar notas armoniosas de las vapuleadas cuerdas de una guitarra. Aquel peluche sorprendente al que se le apretaba la tripa y dejaba salir un mensaje que no entendíamos del todo. El habla enternecedora del niño que dejó de serlo hace tiempo. El habla firme del joven que se ha convertido en un viejo. El golpear de las patitas de esa mascota que nos abandonó hace mucho y cuyo vacío llenamos con el ruido de otras patas que golpean nuestros pasillos. Las voces de los que ya no están. Tantas hojas agitándose al son del viento en otros tantos jardines que no volveremos a pisar. 

2 comentarios:

  1. Las voces queridas de los que ya no están de vez en cuando vuelven. En forma de majestuoso y discreto vuelo. Nos hablan y serenan mientras pisamos nuevos jardines. También en la tristeza. Un fuerte abrazo. Choni.

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  2. Me ha parecido tan maravilloso tu comentario que me ha costado encontrar una respuesta. Aun ahora, después de pensarlo mucho, todo lo que siento se resume en una sola palabra: ojalá. Un abrazo.

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