domingo, 3 de abril de 2016

LOS CUADROS DE MARZO (2016)


Hay tantos pintores que me gustan que me resulta complicado afirmar que uno de ellos se encuentra en el grupo de mis favoritos, pero en este caso me voy a arriesgar a hacerlo. Georges de La Tour es un mago de los pinceles que me parece fascinante a fuerza de aunar rasgos contrapuestos: está perfectamente inscrito en la pintura barroca y a la vez no se parece a nadie; trata temas divinos con la naturalidad de lo cotidiano y dota de un carácter sobrenatural al objeto más sencillo. Sus santos parecen mendigos y sus vírgenes muchachas del pueblo, pero una vela, un libro o un espejo tocados por sus pinceles alcanzan una trascendencia extraordinaria. Hace unos días oí por la radio la noticia de la inauguración en el Museo del Prado de una exposición dedicada a su figura y me froté las manos, entusiasmada; hasta la fecha, han sido pocas las ocasiones que he tenido de contemplar en vivo obras de este autor. El comisario de la exposición hizo mención en concreto a la maravilla que encabeza estas líneas, titulada El recién nacido. Esta representación religiosa atípica, con un protagonismo poco habitual de Santa Ana, podría ser una simple escena familiar, con una madre y una abuela contemplando a un bebé con afectuoso interés, pero el tratamiento dado por el artista ―la misteriosa iluminación, la actitud de los personajes, el suave predominio de los tonos terrosos― nos hace mirarla con respeto. Somos conscientes del carácter especial de esta imagen familiar detenida en el tiempo por obra de un artista que nos presenta a sus personajes desconectados del entorno, flotando para siempre en su inmortal serenidad. Podría ser el carácter sacro de los tres protagonistas, pero a mí me gusta pensar que lo eterno es la plácida corriente de cariño que une a las dos mujeres en torno a ese bebé, uno de los más encantadores, conmovedores en su fragilidad, que nos ha dejado la historia de la pintura.

La vieja diligencia en invierno es el melancólico título de este cuadro del pintor alemán Adolf Gustav Schweitzer (1847-1914). No podría ser de otra manera, ya que todo en la escena que recrea parece animado por ese sentimiento: el sol que cae en el horizonte, el vehículo que se aleja y la nieve ennegrecida por los surcos de sucesivas ruedas. Este paisaje de luz tenue y suaves tonalidades prendió mi atención desde que lo vi por primera vez. No hay en él nada sorprendente o extraordinario, pero quizá su encanto radique en esa misma armonía, en la sensación que transmite de suave tristeza, en la posibilidad que ofrece a la mirada de pasearse sin sobresaltos por los elementos que se hermanan para crear la composición. En lo alto de una rama delicadamente trazada, una pareja de aves observa con nosotros el final del día de invierno, o tal vez la partida de los viajeros. Se trata de una escena que parece pertenecer al desenlace de una historia que no conocemos. A una semana del término del invierno, esta diligencia que se aleja hacia el crepúsculo me ha parecido la imagen ideal para recoger la inevitable sensación de nostalgia que producen los finales.


El pintor alemán Ernst Ferdinand Oehme (1797-1855) hereda el espíritu romántico de su maestro, el gran Caspar David Friedrich, y lo plasma en cuadros como el titulado Procesión en la niebla, que ya desde su mismo título deja ver la naturaleza de dicha influencia. Esta sugerente imagen parece, en efecto, un compendio de los temas y la ambientación que les son más queridos a los artistas románticos: el paraje apartado, la arquitectura de otras épocas, los personajes encapuchados que se pierden en lontananza. A esta elección de motivos que parece casi de manual se une una factura impecable y de increíble delicadeza; el ojo del espectador vaga por la superficie del lienzo para penetrar en la capa de niebla y va ahondando en un terreno cada vez más borroso, en el que las formas se adivinan cuando la visión consigue acostumbrarse. El colorido que se suaviza y las pinceladas que se difuminan hacia el fondo del cuadro ayudan a crear ese efecto de creciente indefinición. En consonancia con la pérdida gradual de los contornos, la trayectoria de los monjes que son el motivo central de la escena traza una curva para adentrarse en el paisaje grisáceo, impreciso, misterioso, hasta llegar a fundirse con él. En el centro mismo de la composición, en línea con un disco solar vencido por la niebla, la cruz que encabeza la procesión marca el límite más allá del cual el ojo humano habrá perdido toda referencia. Como ocurre con frecuencia en las grandes obras del Romanticismo, bajo el misterioso exterior se oculta una medida y rigurosa planificación de los recursos del artista.

Hay enormes resonancias de la pintura clásica en este cuadro del pintor ucraniano Nikolai Alexandrovich Yaroshenko (1846-1898), titulado El prisionero. Su primera visión me remitió de inmediato a Rembrandt, a los interiores en los que un foco de luz saca de las tinieblas a un personaje abstraído en sus quehaceres. Lo sorprendente de esta obra de Yaroshenko es la disposición de la escena, con el haz de claridad en la parte superior y las sombras adueñándose de la mayor parte del lienzo. Se trata de una composición de extraordinaria eficacia dado el tema que trata el autor: la celda en la que está confinado el protagonista carece de rasgos concretos ni detalles, pero es el reino de la oscuridad y la desesperanza. El prisionero se arrima a lo único que le puede sacar de su penosa situación, la pequeña ventana por la que se cuela la luz del exterior. La actitud del personaje, encaramado en el alféizar y con la mirada vuelta hacia lo alto en gesto de resignada espera, resulta conmovedora; no es difícil solidarizarse con este desconocido del que no tenemos ningún dato más que el hecho de estar sometido a unas condiciones que ningún humano debería soportar. Un dato curioso: había ya elegido este cuadro para terminar el mes de marzo cuando me he dado cuenta de que tanto en él como en los precedentes había un predominio de las sombras, la indefinición, el crepúsculo. Curiosa elección inconsciente, en el mes en que se produce el triunfo de la luz sobre la oscuridad invernal.

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