lunes, 28 de marzo de 2016

ÚLTIMAS CHARLAS CON MANKELL

Uno no suele demorar las lecturas que le atrapan: al contrario, está deseando encontrar un hueco en la rutina diaria para sumirse en ellas. Le gustaría que nunca se terminaran, pero no puede hacer gran cosa por evitarlo; las páginas fluyen, ligeras, hacia el final. Según esto, de lo mucho que he tardado en leer este último libro de Henning Mankell se podría inferir que no ha suscitado demasiado mi interés. Nada más lejos de la realidad. He encontrado en él tantos motivos de gozo e identificación que me producía enorme alegría tenerlo sobre la mesilla de noche, esperándome. Y, sin embargo, me he complacido en abusar de su paciencia, en alternarlo con otras lecturas, en retrasar el avance del marcapáginas. La razón era, precisamente, que se trataba del último libro de Mankell. Llegar a su línea final me parecía como dar por zanjada una larga conversación con un amigo.

Arenas movedizas no es lo que solemos entender por un libro de memorias, el repaso más o menos ordenado de la vida de una persona de cierta edad. Es más bien un álbum de recuerdos de un viajero que se ha dedicado a retratar paisajes y personajes en lugar de a sí mismo, pero que a través de ellos nos deja una fuerte impronta personal. Ante la noticia de que padecía un cáncer, Mankell acudió a todo aquello que le podía dar armas para enfrentarse al miedo y al dolor; en su libro repasa las obras de arte que le han impactado, recupera de la memoria anécdotas y gestos humanos que nos hermanan a todos, medita sobre temas históricos o científicos que nos hablan del inexorable paso del tiempo, de lo que desaparece y lo que perdura. Adentrarme en ese álbum personal de la mano de este viajero lúcido e inquieto ha sido para mí un enorme placer y un constante motivo de reflexión. Me ha proporcionado, además, la gozosa sensación de estar charlando con su autor de forma distendida, saltando de un tema a otro, sin más hilo conductor que el de la mutua comprensión y la amistad.

La primera de las obras de arte a las que Mankell pasa revista aparece en el segundo capítulo del libro. Se trata de una pintura sorprendente y de escasa difusión fuera de círculos locales. Fue realizada a finales del siglo XVIII y se encuentra en la iglesia de una población del sur de Suecia llamada Släp. Es el retrato de la familia del pastor Gustaf Fredrik Hjortberg, un hombre ilustrado, viajero y discípulo del naturalista Linneo. El cuadro está firmado por Jonas Durch y posee escaso mérito artístico: las figuras son rígidas y con abundantes errores anatómicos; la perspectiva de la habitación está ejecutada con notable torpeza. Pero el interés que suscitó esta obra en Mankell hay que buscarlo en otro sitio.

La familia del pastor Hjortberg era, como solía ocurrir en aquella época, muy amplia: el marido, la esposa, siete hijos y ocho hijas. Es inevitable sonreír ante la enorme tropa de chiquillos primorosamente ataviados, ellos con casacas de terciopelo azul, ellas con vestidos de brocado gris plata. Dos de las niñas son apenas bebés y están representadas dentro de sus respectivas cunas; conocemos su sexo porque se encuentran en torno a la madre, igual que los chicos se alinean por orden decreciente de estatura junto al pastor, en una clara plasmación de la tajante separación por géneros. Todo es limpio, apacible y cordial en esta escena familiar. El padre tiene mirada inteligente y sonrisa benévola. El resto de los personajes sonríe también: el más pequeño de los muchachos, que sujeta por la cola a un lémur ―traído, sin duda, en uno de los largos viajes de su padre―, lo hace con un gesto de picardía encantador. Es una casa con libros, con objetos que denotan estudios y cultura, con un crucifijo que muestra la estricta observancia religiosa. Es el retrato de una familia feliz. Y, sin embargo, el espectador del cuadro no puede dejar de sentir cierta inquietud al contemplarlo.


El foco de inquietud proviene de siete de los quince jóvenes personajes que pueblan la estancia. Mientras sus hermanos nos ofrecen su sonrisa traviesa o serena, apenas nos es posible contemplar los rostros de estos tres chicos y tres chicas ―una de ellas bebé― que aparecen parcialmente retratados, asomándose apenas tras los hombros de sus hermanos o dándonos la espalda. Uno se plantea qué extraña decisión paterna llevó a colocar a estos hijos en un segundo plano con respecto a los demás. La razón es sobrecogedora: se trata de niños que habían muerto en el momento en que se realizó el retrato y que, aun así, fueron incluidos en la representación familiar. Ya no están en el mundo físico, pero se resisten a desaparecer. En palabras de Mankell, «no conozco ninguna imagen más potente de la tozudez maravillosa de la vida».

A mí estas conversaciones con Mankell me han consolado de la desaparición de un autor que durante años me ha proporcionado cientos de páginas de agradable lectura. Incluyo a continuación el enlace a los tres primeros capítulos, porque tengo la convicción de que a alguien más le puede resultar reconfortante. Sospecho que es un libro al que volveré ante la pérdida de alguien querido o cuando la presencia de la muerte me ronde, si es que tiene la gentileza de avisar. Es un libro que reconforta, que habla de lo que nos une a todos los mortales, de las grandes cosas que nos hacen ser una muesca insignificante en la eternidad, de los pequeños detalles hermosos que nos vuelve inmensos e inolvidables.

2 comentarios:

  1. hola,

    Interesante reseña. Yo de este autor sólo he leído "el mar",y me produujo un gran desasosiego, aunque reconozco que es un gran escritor. Gracias.

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    1. Gracias por tu comentario, Valeria. Me alegro mucho de que la reseña te haya resultado interesante. Lo que no tengo muy claro es a qué libro de Mankell te refieres; no recuerdo ninguno con ese título. Si vuelves a pasarte por este espacio, me encantaría que me lo aclararas. Siempre serás bienvenida.

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