martes, 9 de febrero de 2016

LA MUERTE Y LA PIEDRA

Al terminar La lluvia amarilla de Julio Llamazares sentí el impulso de compartir mis impresiones de lectura en este espacio. Pero dicho impulso vino acompañado por la certeza de que cualquier comentario sobre un libro tan intenso y rotundo sería necesariamente superfluo. Me quedo, en consecuencia, con un pequeño detalle, apenas una pincelada entre las muchas poéticas y terribles que conforman este fresco sobre la más absoluta soledad.
 
Avanzada la novela, da Llamazares esta hermosa visión de los esfuerzos del ser humano para esquivar la muerte: «Cuando alguien moría, la noticia pasaba, de vecino en vecino, hasta el final del pueblo y el último en saberlo salía hasta el camino para contárselo a una piedra. Era el único modo de librarse de la muerte. La única esperanza, cuanto menos, de que, un día, andando el tiempo, su flujo inagotable pasara a algún viajero que, al cruzar por el camino, cogiera, sin saberlo, aquella piedra». Esta costumbre ―no sé si inventada por el escritor o recogida de tradiciones locales; tanto da― se transmite de padres a hijos en el pueblo de Ainielle, escenario de la novela. Ese “irse librando de la muerte” me recuerda a los juegos infantiles en que los participantes se van pasando unos a otros un peso terrible e imaginario por el sencillo método de perseguirse y tocarse alguna parte del cuerpo. Me parece precioso el contraste entre la simplicidad, el candor del ritual, y la gravedad del hecho al que se refiere. Al fin y al cabo, nuestra existencia es un constante mirar hacia otro lado en lo relativo a la muerte: esta vez no me ha tocado a mí, se lo voy a pasar a otro, ya está lejos y no la veo. Pura ingenuidad, en definitiva. 
 
La imagen de la muerte encerrada en una piedra me remitió de inmediato a otro pasaje del mismo autor, la escena final de Distintas formas de mirar el agua, que fue mi anterior lectura. La familia protagonista se ha reunido para arrojar las cenizas del patriarca en un pantano. El hijo pequeño, uno de esos “inocentes” que tanto juego dan en la literatura, se queda solo cuando sus parientes se retiran para realizar un acto de suma importancia: arrojar una piedra a las aguas del embalse. Él sabe que la vibración de las ondas que producirá la piedra será una forma de comunicarse con su padre. Metido en la cabeza de su personaje, Llamazares da la siguiente explicación: «...pues toda el agua del mundo está comunicada entre sí, desde los ríos a los neveros de las montañas y desde estos a los océanos, según parece. Tú tiras una piedra a un canal de riego y la onda que se forma se multiplica recorriendo todas las aguas del mundo, desde España hasta América y desde América al Japón». Otra forma infantil y bellísima de burlar a la muerte. Los grandes conceptos, los problemas universales, reducidos a la simplicidad de un elemento primordial: la piedra. Esa capacidad de dar una forma limpia y sencilla a lo que nos desborda es lo que distingue a los que, como Llamazares, son por encima de todo poetas.

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