miércoles, 20 de enero de 2016

CREO, LUEGO EXISTO

Soy consciente de la ambigüedad del título de esta entrada. Aclaro que la forma verbal que lo encabeza se refiere a la acción de crear, no a la de creer; la posibilidad de un equívoco me molestaba (especialmente, por mi condición de persona absolutamente descreída en materias espirituales) hasta el punto de que pensé en desecharlo. Y, sin embargo, aquí está. No sólo no encontré otro más adecuado para lo que pretendía contar, sino que por alguna razón la ambivalencia en principio molesta llegó con el tiempo incluso a seducirme. ¿La acción de sacar algo de la nada y la de tener fe, unidas en una misma palabra? No estaba mal la coincidencia: al fin y al cabo, la capacidad artística del ser humano es de las pocas cosas en las que sigo creyendo.

Pero voy a remontarme a un mes atrás, que fue cuando empezó todo. Por si los que habitan por estos lares no lo recuerdan, diré que fue entonces cuando se hizo sentir por fin el frío tras un otoño especialmente benigno, que se asemejaba tanto a la primavera como para sumir en profunda confusión a criaturas humanas y no humanas. La tarde de diciembre en que las temperaturas se adecuaron por fin a la fecha marcada por el calendario, había quedado yo en la puerta del Auditorio Nacional para asistir a un concierto de Navidad. Como no podía ser de otro modo, la llegada del invierno me había pillado por sorpresa y mi indumentaria era más propia de la suavidad otoñal que acababa de abandonarnos. Estaba yo, por tanto, aterida en la explanada frente al enorme edificio; a eso se unía que no tenía mi entrada y que mis acompañantes se retrasaron por distintos motivos. Mi humor empezaba a ser siniestro y decidí moverme para espantar el frío. Entonces vi venir por la acera a un personaje cuya aparición me compensó con creces de mi penosa espera.

Creo que, antes de verlo realmente, percibí la sorpresa que su avance producía en cuantos se cruzaban con él. Algún viandante llegó a detenerse para mirarlo a sus anchas, pero eso no pareció afectar en absoluto al personaje que se había hecho también centro de mi atención. El que así avanzaba hacia mí, ajeno a la expectación que despertaba a su paso, era un joven alto y desgreñado, vestido con un abrigo negro que ondeaba a sus espaldas y dejaba al aire unas piernas largas, desproporcionadas. La imagen me trajo de inmediato a la mente la figura de Paganini, el violinista al que la imaginación popular atribuyó un pacto con el diablo a cambio de su increíble habilidad. Y la asociación no era en absoluto gratuita, porque aquel joven de aspecto peculiar avanzaba por la acera ajeno a miradas y ruidos urbanos, abstraído en una música que solo captaban sus oídos y que iba dirigiendo con expresivos movimientos de sus brazos. El joven director de una orquesta imaginaria pasó a mi lado y se alejó acera adelante, dejando atrás la entrada principal del auditorio. No me lo pensé dos veces y eché a andar en pos de él, cual investigador de novela negra. Sentía una necesidad irrefrenable de saber adónde se dirigía aquel singular personaje.

Ejercer tareas de vigilancia es fácil cuando el objeto de la persecución es un individuo que habita una realidad distinta a la del común de los mortales. Creo que podría haber caminado a la par de mi desconocido y él no habría reparado en mi presencia, abstraído como iba en los movimientos con los que daba entrada a violines, oboes, arpas y trompetas. Estaba convencida de que mi entregado músico se dirigía al acceso restringido para los artistas, en el lateral del auditorio; cuál no sería mi desilusión al verlo pasar de largo y adentrarse en las oscuras calles posteriores al edificio. A esas alturas me había olvidado ya de las personas con las que había quedado aquella tarde; el misterioso personaje, con su melena y su levita al viento, con sus gestos grandilocuentes y su orquesta silenciosa, me tenía imantada a sus pasos. Lo vi desaparecer en el interior de una tienda de comestibles y lo esperé frente a la puerta. Creo que fingí estar hablando por el móvil: aquel simulacro de novela negra me estaba empezando a divertir de lo lindo, y decidí representar a conciencia el papel que me correspondía. Cuando reapareció, blandiendo una bolsa de frutos secos, me uní de nuevo a su trayectoria, que consistió en desandar parte del camino que nos había llevado hasta allí. Por fin, el destino del trasunto de Paganini fue el que yo había esperado en un principio: la entrada del auditorio reservada para los músicos. Por ella lo vi desaparecer con un par de zancadas de sus largas piernas. Me quedé sonriendo en la acera, olvidada del frío. Me había encantado conocer a aquel tipo que habitaba una realidad poblada de música.

Este episodio que acabo de narrar me trajo a la memoria otro protagonizado por el pintor Sorolla y que tuve ocasión de conocer en una exposición dedicada a él hace unos meses. Entre todas las obras que pude contemplar, me llamaron especialmente la atención aquellas que habían sido realizadas sobre materiales inesperados: vistas de Nueva York pintadas sobre cartones que las lavanderías de los hoteles usaban para doblar las camisas, retratos de personajes anónimos trazados sobre menús de restaurantes. El bueno de Sorolla no podía, estaba claro, postergar ni un instante su inspiración. Al parecer, un periodista de la revista estadounidense The World's Work se interesó por los ritmos de su producción artística. La respuesta del pintor fue maravillosa: «¿Que cuándo pinto?», le contestó. «Siempre. Estoy pintando ahora, mientras lo miro y hablo con usted». Qué extraordinaria felicidad, qué antídoto contra la angustia de vivir, habitar en los territorios del arte.


Escena de café, dibujo realizado por Sorolla en el menú de un restaurante.


Calle 59, Nueva York, gouache realizado por Sorolla sobre un cartón para camisas.

2 comentarios:

  1. Bea, me has intrigado. Participó en el concierto? Qué instruménto tocaba? Me encantán las cosas que te pasan por la calle. Quizá es que miras mucho. Me encanta

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    1. Tienes razón, Lola: he dejado la historia sin terminar. Te diré que el joven en cuestión no tocaba en el concierto que yo iba a ver, que era en horario de tarde (habría sido un auténtico insensato, por otra parte, si apenas diez minutos antes del comienzo hubiera andado en ropa de calle correteando por los alrededores a la búsqueda de unos frutos secos). Supongo que formaba parte de la orquesta que actuaba ese mismo día en el concierto de la noche. ¿Qué instrumento tocaría...? El violín, sin duda. No en vano, era la imagen rediviva del gran Paganini.

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