viernes, 11 de diciembre de 2015

INVOCAR LA LLUVIA

Hace tanto tiempo que no vemos llover, que ya apenas nos acordamos. Esa agua que se niega a caer de lo alto nos hace infinita falta para muchas cosas (aquí admito casi todo y este paréntesis corre el riesgo de volverse demasiado largo: me valen las razones del agricultor y las del ciudadano que encuentra cada vez más trabajoso el acto de respirar, pero también las del paseante con alma de niño que añora saltar en los charcos o las del espíritu melancólico que se solidariza con la inerte soledad de los paraguas): para nutrir la tierra cuarteada, para alimentar los embalses que languidecen, para limpiar las calles, para arrullar nuestros sueños, para hacer música golpeando los cristales, para cubrir el mundo con la belleza regeneradora de la humedad.

Los descreídos que no tenemos santos a los que rezar ni fuerzas elementales a las que solicitar ayuda en un rapto de comunión con el planeta, no sabemos bien cómo canalizar estas ansias de ver caer agua del cielo. Consultamos los partes meteorológicos, acatamos las normativas municipales para paliar la polución en la ciudad, miramos hacia lo alto y espiamos la aparición en el horizonte de nubes salvadoras que no terminan de llegar. Nada. Empezamos a temer que se sequen también nuestras esperanzas.

A mí, si acaso, se me ocurre entretener la espera mirando ese maravilloso simulacro de la lluvia real que es la lluvia pintada en los cuadros. En ellos se despliegan frente a nosotros suelos resplandecientes, ciudades y campos azotados por cortinas de agua, vegetación que redobla su colorido, personajes inmortalizados en el acto de correr en busca de refugio. Me acuerdo ahora del célebre discurso de Fernando Trueba al recoger su Óscar, cuando afirmó que, a falta de dioses a los que dar las gracias, él dedicaba su premio a uno de los habitantes del Olimpo de los cineastas, el gran Billy Wilder. En estos momentos de sequía, yo llamo en nuestra ayuda al maestro Hiroshige, que pintó como nadie los repentinos chaparrones de su Japón natal; a Gustave Courbet, con sus violentos estudios de trombas de agua sobre el mar; a Camille Pissarro, que encerró en el lienzo toda la belleza de la ciudad renovada por la lluvia; a Robert Vickrey, capaz de convertir un suelo mojado en un escenario mágico, con la ayuda de un paraguas. Invoco a los maestros de otros tiempos y de ahora, a los que pintaron la lluvia de hace siglos y a los que consiguen apresar en sus obras la de hoy. Contemplando los milagros salidos de sus pinceles, me parece estar respirando ya el frescor, escuchando el repiquetear de las gotas, mientras espero ese otro milagro, el de la lluvia real.

Lluvia en la tarde en Koizumi de Hiroshige

La tromba de agua de Gustave Courbet

Avenida de la ópera. Lluvia de Camille Pissarro

El vestido amarillo de Robert Vickrey

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