lunes, 16 de noviembre de 2015

PERDÓN POR EL DOLOR

Como hace bastante que no escribo entrada alguna en este blog, tengo una larga lista de temas pendientes a la espera de ser abordados. Es una retahíla de cabos sueltos cuyo recuerdo me causa desazón, igual que me sucede con la lista de tareas sin hacer que, por diversos motivos, ha ido aumentando en los últimos tiempos en distintas facetas de mi vida. Pero hago oídos sordos a ambos reclamos ―el de las entradas por escribir y el del trabajo atrasado― para sentarme un rato frente al ordenador con la única intención de ordenar mis ideas. Es una de las funciones principales que tiene para mí la escritura: su capacidad de organizar la mente, de servir de desahogo, de limpiar lo que nos impide pensar con claridad.

Iba a decir que no he querido escribir antes sobre los atentados de París, pero rectifico: no he sabido hacerlo porque mi mente no ha sido capaz desde la noche del viernes de producir un discurso coherente al respecto. Me ocurre con desgraciada frecuencia ante sucesos que me revuelven por dentro y sobre los que soy incapaz de formular idea alguna que no suene a lugar común, a lamentable trivialización, a afán de hacerse notar como el testigo más sensible, más preocupado por el bien común, más solidario. Ya han corrido ríos de tinta al respecto, se han vertido innumerables manifestaciones con mucho mayor fundamento que las que yo pueda poner en pie en este modesto rincón. No soy una persona especialmente informada ni hábil a la hora de juzgar el tiempo que le ha tocado vivir; ando, en general, perdida en otros mundos y otras épocas. Pero sí me considero buena observadora de los comportamientos humanos y me voy a permitir poner de relieve aquí uno que me sorprende y me asusta. No hablaré, pues, de fundamentalismos ni de financiación del terrorismo ni de la culpa de las potencias occidentales en esta y otras tragedias inauditas. Hablaré de la forma en que los ciudadanos anónimos estamos gestionando nuestra rabia, nuestro asombro y nuestro dolor.

Desde que las redes sociales entraron a saco en nuestras vidas y dispusieron frente a nosotros un vistoso escaparate en el que exhibir lo que cada cual considera digno de ser mostrado, ya no basta con horrorizarse frente a las imágenes del telediario o comentar con amigos y conocidos lo leído en la prensa. Ahora hay un paso más: es necesario reaccionar y que todo el mundo se entere. A las pocas horas de suceder los atentados del pasado viernes, esos canales de comunicación empezaron a poblarse de imágenes, algunas llamativas, otras conmovedoras, en las que se evocaba con tristeza la hermosa ciudad vecina con la que todo el mundo tiene alguna vinculación sentimental por estos pagos. Símbolos de la paz que integran la Torre Eiffel, imágenes de la figura femenina que encarna a la República Francesa llorando, o de un ojo con la bandera tricolor del cual se desprende una lágrima. Todo un despliegue gráfico e imaginativo. Quien más quien menos empezó a compartir esos símbolos, a dar su beneplácito a los que mostraban sus contactos y a colocarlos en lugar preeminente de sus páginas y perfiles; una corriente de solidaridad pareció estremecer de un confín a otro el mundo virtual.

Pero al poco empezaron las disidencias. Testimonios gráficos igualmente expresivos nos recordaban otras tragedias más alejadas geográficamente que no merecen la misma atención y sacudían nuestras conciencias de occidentales acomodados que no ven más allá de su confortable entorno. Mensajes recriminatorios, algunos con gran despliegue de datos, nos recordaban que lo que supone un hecho aislado en París es la realidad cotidiana en Gaza o Beirut. Airadas arengas ponían de relieve la responsabilidad de las potencias occidentales en esta tragedia global que cada cierto tiempo estalla de este lado de la frontera, pero que normalmente tiñe de sangre otras zonas del planeta demasiado alejadas para salpicarnos. Esta pequeña guerra dialéctica tuvo un efecto variado en las redes: hubo quien retiró los símbolos que tan emocionadamente había desplegado horas antes; hubo quien sumó los que recordaban que también existen infiernos cotidianos llamados Siria, Líbano e Irak. Hubo quien se justificó, quien hizo caso omiso, quien amplió su solidaridad a la humanidad entera, quien entró en polémica y quien se retiró en silencio de tan confuso panorama. Supongo, en cualquier caso, que seremos muchos los que hemos sentido un tropel de emociones que oscilaban entre la culpa, la duda, la rabia, la vergüenza, el desconcierto, la ofuscación. Muchos los que hemos diseccionado nuestro dolor con escalpelo y hemos lamentado que no fuera lo suficientemente ecuánime, o bien orientado, o justificado con estadísticas y conforme a la razón. Pienso que esta necesidad de alinearse incluso para sentir solidaridad frente al sufrimiento de un congénere es el signo de un tiempo convulso, un signo tan elocuente como lo son los cadáveres y las bombas. Triste condición la de una humanidad que debe pedir perdón por sentir dolor.

2 comentarios:

  1. No se puede pedir perdón por sentir dolor, pero el dolor no se siente de una sola manera, y el grito del dolor tiene muchas notas diferentes. La diferencia es que ahora las oímos todas a la vez, en un ruidoso desconcierto.

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    1. Tal vez ese conjunto de disonancias sea lo que me tiene tan confundida estos últimos días. Gracias por tus palabras. Encontrar eco a las que lanzo de vez en cuando al vacío desde este rincón es una forma de poner orden en tan confuso panorama.

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