domingo, 4 de octubre de 2015

LOS CUADROS DE SEPTIEMBRE (2015)

Con su elegancia habitual, el pintor francés Jean Siméon Chardin nos ha dejado esta enternecedora imagen del aprendizaje de las primeras letras bajo el título de La joven maestra de escuela. El artista recreó este mismo motivo en varias ocasiones; la versión que encabeza estas líneas es la de la National Gallery de Londres. Chardin es un pintor de sensibilidad exquisita, que plasmó la vida cotidiana de su época con viveza y sin caer en sentimentalismos. Ya lo he comentado en más de una ocasión: me asombra la capacidad de ciertos artistas para captar el encanto de la infancia sin derivar hacia el terreno de lo fácil. La impresión dominante que se deriva de la contemplación de esta obra es la de equilibrio, presente tanto en la armonía de los colores como en la expresión atenta y contenida de los modelos. A mí me gusta especialmente el juego de las miradas: la de la maestra fija en el alumno y la del niño dirigida hacia la cartilla que señala con un delicioso gesto infantil. El entorno de la escena se difumina en un fondo neutro que crea una sensación de atemporalidad. Este niño que aprendía a leer hace casi tres siglos es idéntico a otros tantos que se enfrentan a sus primeros encuentros con la letra escrita en las aulas de nuestros tiempos, bajo la atenta mirada de sus maestros. A todos ellos va dedicada esta imagen ―una de mis favoritas― en este mes de renovación y comienzos.


Me ha estado acompañando durante más de medio año en la cabecera de este blog y no puedo despedirme de él sin rendirle un pequeño homenaje. El canal es un cuadro misterioso y lleno de sugerencias, como suelen serlo los de su autor, el pintor belga  William Degouve de Nuncques. Como buen simbolista, Degouve de Nuncques construye este paisaje a base de elementos que nos remiten a realidades más profundas que las puramente físicas: las aguas quietas, la barca vacía, los árboles de ramas desnudas, el edificio surcado de ventanas, parecen estarnos hablando de estados mentales, de sentimientos como la soledad, el abandono, la angustia. Ya he comentado en más de una ocasión la inquietud que me producen los cuadros en los cuales aparece una masa de agua tranquila, que inevitablemente asocio a la idea de algo amenazador escondido en las profundidades. El colorido de la escena, reducido al juego de verdes, naranjas y ocres, contribuye a aumentar en este caso la sensación de irrealidad. Pero lo más llamativo para mí es el atípico formato del cuadro y el peculiar encuadre, que permite que la casa se salga de nuestro campo de visión. En un paisaje en el que se ha eliminado toda presencia humana, los objetos cobran una curiosa animación. La barca parece esperar, con el remo en ristre, unas manos que la saquen de su inmovilidad; los árboles en fila son los testigos atentos que observan la escena. La fachada está llena de ventanas que parecen dos hileras de ojos que nos vigilan. Esas ventanas abiertas como ojos tienen los cristales rotos: la vejez, la decadencia, el olvido, dominan este paisaje silencioso. Más allá, solo se atisba el horizonte reducido a una masa uniforme y sin vida que, pese a su color verde, no deja lugar a la esperanza.

Con sus habituales trazos vigorosos, el artista urbano conocido con el seudónimo de Banksy nos da una acertada visión de la vida moderna en Los amantes del móvil. La creación de las obras de este enigmático personaje abarca mucho más que sus simples planificación y elaboración; se trata de un proceso que rebasa lo puramente pictórico y tiene un carácter escenográfico, narrativo y reivindicativo. Sus murales aparecen de forma imprevista en emplazamientos con algún significado especial: en este caso, en la pared de un centro juvenil en peligro de cierre, que pudo mantenerse abierto gracias al extraordinario precio de venta alcanzado por la obra en el mercado. Circunstancias aparte, el mural presenta todos los rasgos que hacen atractivas las creaciones de este misterioso y solidario grafitero. El uso del blanco y negro presta un enorme vigor a esta escena en la que el contraste entre luces y sombras tiene un valor expresivo de primer orden. Irónico y agudo como siempre, Banksy sitúa a esta atractiva pareja de convencional indumentaria en medio de un halo luminoso que nos puede parecer a primera vista un símbolo del amor que los une. Pero no nos dejemos engañar: la claridad procede de las auténticas protagonistas de la escena, las pantallas de los móviles, que son el verdadero objeto de atención de estos dos enamorados, igual que lo son de tantos y tantos miembros de esta sociedad actual que entre todos hemos creado y padecemos.
 

Llevo varios días buscando un cuadro adecuado para recibir al otoño, sin decidirme por ninguno. En mi búsqueda he descubierto que se trata quizá de la estación del año reflejada con peor fortuna en el arte: los pintores se dejan inspirar por el tono dorado de las hojas y llenan sus composiciones de árboles, ramas y follaje de infinitos matices entre el amarillo y el ocre, creando abarrotados conjuntos de estética fácil y ramplona que en poco o nada difieren unos de otros. En contraposición a esto, he elegido a un pintor que procede por reducción. Con unos pocos elementos, el expresionista austriaco Egon Schiele capta toda la tristeza y el encanto de la estación otoñal en Los cuatro árboles. Es más, el otoño parece desbordar la vegetación y alcanzar hasta el último rincón de este lienzo: el cielo crepuscular, las montañas en el horizonte y la tierra del primer plano son una espectacular combinación de los tonos cálidos asociados con el fin del verano. Las cuatro siluetas de los árboles dispuestos en línea nos hablan de la transformación de la naturaleza, del cambio de color y la pérdida de las hojas. Nos parecen casi cuatro personas a las que la dureza de la vida ha afectado en distinto grado. Hay, en definitiva, algo tremendamente animado en esta escena sin figuras humanas. Expresivo, intenso y torturado, Schiele es el pintor ideal para crear un paisaje otoñal que es a la vez expresión del dolor de su alma.

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