miércoles, 7 de octubre de 2015

LA DOBLE MUERTE

El pasado lunes, me escribió un amigo con el que no tenía contacto desde hacía meses. Comenzaba su mensaje diciendo que se había acordado de mí al enterarse de la muerte del novelista Henning Mankell; a continuación me preguntaba cómo estaba yo. Leído por una persona ajena, el mensaje parecería probablemente una muestra de preocupación y solidaridad con alguien que ha perdido a un familiar o a un amigo. En el fondo, tal impresión no está del todo alejada de la realidad.

Hay una frase preciosa de Paul Auster que viene muy al caso y a la que he hecho alusión ya varias veces en este blog, la última de ellas, con motivo de la desaparición de Rafael Chirbes el pasado mes de agosto. La frase en cuestión pertenece a la parte final del discurso pronunciado por Auster en la ceremonia de entrega del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006. Dice así: «La novela es una colaboración a partes iguales entre el escritor y el lector, y constituye el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad». No encuentro mejor forma de explicar la sensación de orfandad que me asaltó el lunes pasado al oír la noticia de la muerte de este desconocido con el que, sin embargo, he compartido tantas historias, sentimientos y emociones, y con el que tengo la impresión de haber sostenido en la distancia un largo diálogo que ahora ha quedado interrumpido para siempre. Sé más de este tipo nacido en latitudes distantes y con el que no me he cruzado jamás físicamente que de numerosas personas con las que comparto espacio vital a diario. He hablado sobre él con mis amigos como si se tratara de un miembro más de nuestro círculo de relaciones. No es extraño que alguno se haya apresurado a escribirme al enterarse de su muerte y me haya lanzado su preocupada pregunta: «¿Tú cómo estás?».

A la habitual relación de proximidad y lejanía que todo lector establece con los escritores que le agradan, se une en el caso de Mankell una circunstancia que añade complejidad a este juego de ilusiones: es el creador de un personaje cuyas andanzas he seguido novela tras novela con preocupación, intriga y simpatía, y sobre cuya existencia real una parte de mí ―la más ingenua y fácilmente seducible por la ficción― está convencida. Yo al comisario Kurt Wallander le tengo un cariño especial desde que lo conocí en la primera de sus aventuras, la que lleva por título Asesinos sin rostro; desde entonces lo he acompañado en sus indagaciones, me he preocupado por su desastrada vida personal, he sufrido lo indecible cada vez que, en un arrebato a medio camino entre lo genial y lo temerario, este policía visceral e intuitivo se ha plantado a solas en el camino de un peligroso criminal sin llevar arma, con el móvil sin batería, con el coche averiado, en la noche, bajo la lluvia. Este tipo impulsivo me ha hecho pasar ratos malísimos y me ha producido más de una vez el deseo de irrumpir en la trama para, cariñosa y maternal, poner un poco de orden en su vida. Me encantaría escucharlo desahogarse por el fracaso de su matrimonio o por la tortuosa relación con su padre. Me permitiría, creo, la confianza de recordarle algún pequeño detalle doméstico a este hombre capaz de resolver el mayor de los misterios pero incapaz de acordarse de poner una lavadora. La parte de mí que está convencida de su existencia tiene fe en que, si alguna vez se cruza conmigo en algún rincón del planeta, nos reconoceremos de inmediato.

Hace ocho años, Mankell terminaba El hombre inquieto, la última historia de la serie protagonizada por Wallander, con una escena desoladora: el comisario veía acercarse a su nieta y, por un momento, no la reconocía. Estaba experimentando los primeros síntomas de Alzheimer, enfermedad que también había padecido su padre en sus últimos años. Supongo que fuimos muchos los lectores tristes y enfadados a partes iguales al enterarnos de que no habría más tramas protagonizadas por nuestro querido personaje. Su autor había decidido no llevar más allá la estrecha relación que los había unido durante casi dos décadas, en un acto similar, supongo, al que llevó a Arthur Conan Doyle a eliminar a su carismático Sherlock Holmes. Fue la primera parte de esa doble muerte que ha culminado el pasado 5 de octubre. Se nos fue la criatura, ahora se ha ido su autor. Por obra y gracia de la literatura, ambos seguirán para mí igualmente vivos.

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