miércoles, 30 de septiembre de 2015

QUERIDOS BLOGUEROS

Hace un mes comprobé con disgusto que había cerrado uno de los blogs que yo leía con asiduidad desde hacía años. Su título es Con L mayúscula; conocí a su autor, Carlos F. Romero, cuando a comienzos de 2012 me hizo una entrevista para la publicación digital Culturamas con motivo de la condición de finalista del premio Setenil de mi libro de relatos Los muertos, los vivos. No es extraño que dicha circunstancia lo hiciera ponerse en contacto conmigo: Carlos F. Romero ha estado entregado durante mucho tiempo a la loable tarea de dar difusión a autores al margen de los grandes circuitos comerciales. Su  blog estaba en esa misma onda.

Con L mayúscula nació en abril de 2011. Desde entonces hasta agosto de este año, se fueron publicando en él reseñas de libros de narrativa poco conocidos, de autores extranjeros con escasa proyección en nuestro país o de nacionales que intentan abrirse camino fuera de los grandes grupos editoriales. En todo este tiempo, he sacado de él excelentes sugerencias de lectura. Recuerdo con especial gratitud el descubrimiento de la hermosa novela ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?, del autor israelí Hillel Halkin, o de la deliciosa Algún día este dolor te será útil, del estadounidense Peter Cameron. Asimismo, el entusiasmo con que se mencionaba en este blog al cuentista Eloy Tizón me hizo buscar su primer e inencontrable libro de relatos, Velocidad de los jardines. Conseguirlo fue difícil; leerlo, una revelación. Debo muy buenos ratos de lectura a la labor entusiasta de este bloguero que, durante cuatro años y cuatro meses, ha ido reseñando con encomiable constancia libros de los que, en muchas ocasiones, no es fácil tener noticias por otras vías. Hasta que el pasado 30 de agosto, una sucinta entrada con el título de Despedida y cierre anunciaba el final de esa generosa labor de difusión. La causa ―no podía ser otra―, la falta de tiempo. Yo alguna vez me había preguntado cómo se podía mantener un ritmo de lectura que sustentara la publicación, en los casos más fructíferos, de nueve reseñas al mes. Está claro: se puede, pero no de forma indefinida. A partir de ahora, anuncia nuestro querido bloguero, se dedicará a leer de forma más relajada. Me alegro mucho por él.

Como Carlos F. Romero, hay un incontable número de personas que van sembrando la red de recomendaciones de cine y literatura, de comentarios sobre exposiciones, de catálogos de fotografías y pinturas escrupulosamente ordenadas por autores, temas o épocas. Detrás de sus blogs hay horas y horas de trabajo constante y al que con frecuencia no se le ve recompensa alguna fuera de la propia satisfacción que cada cual encuentre en él o de la profunda necesidad de comunicarse que, en mi opinión, subyace al impulso de crear un espacio de ese tipo. Gracias a ellos, he descubierto a pintores y fotógrafos sobre los que no tenía referencia alguna, he disfrutado de libros y películas que tal vez no habría llegado a conocer de otra manera. Son personas con las que probablemente no tendré nunca relación alguna, pero a las que les debo ratos estupendos. Toda mi gratitud para estos colegas blogueros. De vez en cuando, uno de sus espacios se apaga y queda navegando a oscuras por el ciberespacio, como una nave abandonada por su tripulación. Es una imagen triste e inevitable. Por fortuna, nos queda el consuelo de todos esos otros artífices de espacios acogedores que le toman el relevo y siguen al pie del cañón, a pesar de todo, en su hermosa labor de compartir. 

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