miércoles, 16 de septiembre de 2015

DEJAR PARTIR

Llevo unos cuantos años siendo tutora de grupos de alumnos de 1º de ESO. Para los que no estén familiarizados con el tema, diré que se trata de los recién llegados al instituto, los que acaban de abandonar el colegio ―normalmente, un centro de dimensiones más reducidas, en el que se les dispensa un trato familiar― para incorporarse a la enseñanza secundaria y enfrentarse a una serie de elementos que son un simulacro a pequeña escala de la vida adulta: el anonimato de ser uno más entre cientos de estudiantes, la desorientación que produce un edificio con múltiples dependencias, la convivencia con compañeros mayores ―algunos de ellos adultos de verdad― y el elevado número de profesores a los que parece imposible llegar a conocer y, más aún, que lo conozcan a uno y se interesen por sus problemas. Si no han tenido ningún contratiempo en su vida escolar, estos alumnos llegan a nosotros con doce años o, en caso de ser nacidos en el último trimestre, con once. Son los más jóvenes del centro. Se les distingue de inmediato, no tanto por su tamaño como por su actitud de asombro o de franco recelo. A mí me encanta trabajar con ellos. Conservan aún todo el encanto de la infancia. Son espontáneos, imaginativos, ingenuos, divertidos. Ruidosos e inquietos, también. Pero yo no los cambiaría por nada: ni siquiera por el mejor grupo de Bachillerato del mundo.

Todos los meses de septiembre vivo, sin embargo, una situación que no por repetida deja de producirme un cierto malestar. Consiste en encontrarme a la vuelta del verano con los alumnos de los que fui tutora el curso anterior y tomar conciencia de que van a pasar a otras manos. Es increíble lo que dos meses suponen en las personas de esta edad: han crecido no sólo en estatura, tienen una mirada distinta. Han adquirido desenvoltura, se acercan a saludarme con ese desparpajo impostado del adolescente que pretende tratar de igual a igual al adulto. Y, sin embargo, yo los sigo viendo bajitos y con los ojos de par en par como cuando eran los recién llegados que se perdían en el camino del aula al servicio. Todos los meses de septiembre atravieso, en consecuencia, los mismos instantes de zozobra: los conozco bien, he trabajado incontables horas con ellos, he contactado con sus familias y sé de sus problemas, ¿cómo voy a desvincularme de ellos, de sus dificultades y logros, de sus peculiaridades, proyectos y aspiraciones?

Durante un tiempo, la zozobra es compartida y algunos de ellos me abordan por el pasillo para decirme lo mucho que me echan de menos. Pero no nos engañemos: es una etapa que dura poco. La desaparición de ese tipo de mensajes perentorios es la tranquilizadora señal de que las cosas van bien y mis antiguos alumnos están plenamente asentados en el entorno de su nuevo curso. Viene entonces otro periodo, más largo, en que me saludan sonrientes siempre que se encuentran conmigo. Yo me sigo asombrando de lo que otro verano, y otro más, hacen con las personas de su edad. Crecen, algunos me sobrepasan en estatura, adquieren gestos y modales de mayores. Y entonces llega un día en que, cuando me cruzo con ellos en el pasillo, oigo sus saludos y no van dirigidos a mí, sino a un colega que camina a mi lado y que es el profesor que les ha impartido Lengua, o Matemáticas, o Geografía e Historia, en un curso posterior al mío. Es un momento agridulce: han crecido. No se acuerdan ya de la tutora que los acogió cuando el instituto era un laberinto y albergaba un misterio en cada esquina. Está bien que suceda. Es parte de mi labor, dejar partir.

Por fortuna para mí, en esa marea incesante que es la vida, otros estudiantes menudos han llegado este mes de septiembre con idéntica expresión de asombro. Me plantean las mismas dudas inesperadas, se sorprenden y preocupan por las cuestiones de siempre. La elección entre un cuaderno de espiral y un archivador los sume en un mar de incertidumbres. El edificio de Bachillerato les parece ubicado en un territorio mítico: nunca serán capaces de encontrar el camino por sí solos. Momento terrible, el de perderse por los pasillos y darse de bruces con el jefe de estudios. El candor de la infancia está plenamente asentado en sus ojos. Queda aún muy lejos el momento de ver cómo se diluye para ser sustituido por una mirada de adulto.

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