martes, 18 de agosto de 2015

LOS NIÑOS DE ZURBARÁN

Hace algo más de un mes, con motivo de mi entonces reciente visita a la exposición Zurbarán, una nueva mirada del Museo Thyssen-Bornemisza, escribí en este espacio una entrada con el título de Aproximaciones a Zurbarán. Al final de ella planteaba mi propósito de escribir otra sobre un descubrimiento que había hecho contemplando los cuadros allí reunidos. Sin embargo, otros temas se han ido “colando” desde entonces, algunos por estar vinculados a sucesos de actualidad, y la entrada en cuestión se había quedado aguardando pacientemente en la lista de espera ―por otro lado, cada vez más larga― de este blog. Hace unos pocos días, una conversación con un amigo me ha hecho rescatarla. Se me ocurrió preguntarle si había ido a ver la exposición del Thyssen. Resultó que sí, pero que no compartía mi entusiasmo por Zurbarán. «A mí es un pintor que me resulta antipático», me dijo a guisa de explicación.

No es la primera vez que lo oigo. Yo misma, hace años ―ya lo contaba en la anterior entrada― encontraba difícil conectar con un pintor que deja tan escaso resquicio para la comunicación sentimental. Cuando entré en la exposición del Thyssen, seguía teniéndolo por un artista técnico, más preocupado por tratar cualquier tema como pura materia pictórica que por crear vínculos emocionales con sus personajes o con el que se acerca a contemplar sus cuadros. Y entonces, me encontré con una sorpresa. Allí estaban: tiernos, entrañables, llamándome desde los lienzos. Son los niños de Zurbarán.

A mí me da la impresión de que uno de los aspectos más difíciles de tratar desde el punto de vista artístico es el de la infancia. Lo digo desde mi notable incompetencia en ese terreno: yo no sé pintar, y tan difícil me resultaría plasmar a un niño como a una persona mayor. Pero el caso es que la Historia del Arte nos demuestra que los creadores se pasaron siglos peleándose para reflejar en sus cuadros y esculturas a esos seres pequeños con proporciones especiales, a los que durante mucho tiempo se representó como simples adultos bajitos. Y luego está el tema de la expresión. Esa mirada maravillosa para la que las denominaciones de candor o inocencia se quedan inevitablemente cortas. Cuando me encuentro con un artista capaz de reflejar el mundo de la infancia con espontaneidad y gracia, sin concesiones baratas a la ñoñez o al sentimentalismo, me quedo pasmada. Si me hubieran preguntado antes de visitar la exposición de Zurbarán, yo habría dicho que en el siglo XVII español lo hicieron con indudable solvencia Velázquez ―¿qué no supo pintar Velázquez?― y Murillo. Pero hete aquí que Zurbarán guardaba una sorpresa para mí. Este pintor de frailes, bodegones y santas de expresión distante, para el que la realidad parecía ser una inmensa naturaleza muerta, salpicó sus cuadros de pequeñas presencias encantadoras. El frío Zurbarán no lo era tanto, cuando se enfrentaba a la ternura infantil.

Dejo aquí varios ejemplos de lo que pude ver en la exposición. Supongo que existirán muchos más, repartidos por museos, iglesias y colecciones particulares. El que acompaña a estas líneas es una de las múltiples versiones que el extremeño realizó del tema de la infancia de la Virgen; lleva el título de La Virgen niña rezando y es, en mi opinión, un ejemplo de cómo se puede evitar caer en la cursilería tratando un asunto que tan peligrosamente conduce hacia ella. Esta muchachita abstraída en sus pensamientos me parece un prodigio de encanto y naturalidad. Hay poco de sobrenatural en su porte y su actitud; bien podría ser una niña cualquiera que interrumpe sus tareas cotidianas para perderse en sus sueños. La expresión seria de su rostro, su mirada limpia, la ausencia de elementos altisonantes en su atuendo y en su entorno, la convierten para mí en una imagen deliciosa. Será que trabajo con niños, y miradas perdidas como esta las sorprendo con frecuencia curso tras curso.

Las reproducciones que incluyo a continuación son detalles de los cuadros titulados La adoración de los Magos, La huida a Egipto, La Virgen de la Merced y Descanso en la huida a Egipto. Unidos todos por la ternura de la presencia infantil. Tal vez sirvan para que, en el caso de que lea esta entrada, mi amigo empiece a encontrar a Zurbarán un poco más cercano.



 

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