sábado, 1 de agosto de 2015

LOS CUADROS DE JULIO (2015)

El pintor italiano Matteo Massagrande (nacido en 1959) cuenta que de niño pasó muchas horas curioseando en el Museo Cívico y en las iglesias de su ciudad natal, Treviso, y que en más de una ocasión se quedó encerrado por la noche entre tan vetustos muros por error. Este recuerdo es mucho más que una divertida anécdota de infancia: es una señal de la prematura fascinación de este artista por los edificios antiguos y llenos de historia. Massagrande es un pintor escrupuloso y detallista que pone su impecable técnica al servicio de la creación de espacios a los que el paso de los años ha dotado de un aura decadente y misteriosa. Las habitaciones que son el motivo central de su obra están vacías y abandonadas, carecen casi por completo de mobiliario y nunca cuentan con la presencia de seres humanos, pero transmiten una profunda sensación de vida e historias acumuladas. Siendo como soy una enamorada de lo viejo y decadente, era inevitable que un artista como este me resultara fascinante. Me ha costado elegir entre sus cuadros, pero me he quedado al fin con el que encabeza estas líneas, que responde al título de Interior 12. Los puntos de vista adoptados por este pintor son con frecuencia forzados; en este caso, uno tiene la sensación de estar sobrevolando la escena, como si la visitara en el transcurso de un sueño. Los signos de deterioro nos rodean por doquier: los cuadros descolgados y vueltos contra la pared, las manchas de la pintura, las muescas en la madera de las puertas, ese maravilloso suelo desgastado que nos remite inevitablemente a algún otro similar sobre cuyo dibujo dejamos pasar las horas muertas cuando éramos niños. Frente a nosotros se abre un paisaje urbano gris y crepuscular, a tono con la melancolía que se desprende del entorno. Pero ―detalle que vuelve inolvidable la escena― al otro lado de la calle hay una ventana iluminada, tras la que imaginamos una mirada como la nuestra que tal vez nos observa y acompaña en medio de la tristeza de los espacios abandonados. 

El pintor chino Zhang Haiying (nacido en 1972) es el autor de una impresionante serie de cuadros que testimonian el trato vejatorio al que son sometidas las prostitutas de su país en el marco de una campaña antivicio puesta en marcha en los últimos años por el gobierno. El conjunto lleva el estremecedor título de Action figures (que podríamos traducir por “muñecas coleccionables”) y está compuesto por óleos en los que la figura femenina se erige en la protagonista absoluta: en grupo o en solitario, estas mujeres que esconden siempre el rostro en un gesto de vergüenza y humillación se nos presentan ataviadas con la parafernalia propia de la industria del sexo pero en actitudes nada sugerentes; se recogen sobre su propio cuerpo, se agazapan y protegen, con frecuencia de la única presencia masculina que aparece representada, la de los policías que las detienen o amenazan. Zhang Haiying parte para la realización de estas obras de imágenes fotográficas que le proporcionan la inmediatez y la sensación de verismo; su arte, sin embargo, es extraordinariamente “pictórico” y se aleja de las superficies acabadas del hiperrealismo. Sus pinceladas son enérgicas y furiosas, como guiadas por una urgencia de comunicar y una indignación que le impiden detenerse a crear una obra terminada. La gama cromática es sencilla y rotunda: el blanco de la piel, el negro de la indumentaria y en ocasiones el rojo de ciertas prendas, que, como en el ejemplo que encabeza estas líneas, rompe como un grito de denuncia el mundo oscuro y sin salida en el que viven atrapadas estas heroínas sin rostro.


Ninguna reproducción puede hacerle justicia a este cuadro pequeño, modesto de intenciones y de factura extraordinaria. Está claro que semejante afirmación es válida siempre, pero en este caso veo la necesidad de advertirlo porque hace unos días tuve ocasión de contemplar al natural este Plato con uvas de Juan de Zurbarán y disfruté sobremanera. Nada puede suplir a la experiencia de encontrarse a escasos centímetros de este cuadrito de dimensiones reducidas sobre cuyo fondo oscuro se recortan de forma casi milagrosa unas frutas que se encuentran entre las mejor pintadas que he visto jamás. El autor, hijo del gran Francisco de Zurbarán, vivió apenas veintinueve años y cayó víctima de la peste, igual que otros hermanos suyos, pero la brevedad de su vida no le impidió adquirir una pericia técnica sobresaliente, digna heredera de la de su progenitor. Contemplando esta naturaleza muerta, es fácil rendirse al hechizo creado por el artista y sentir que, si uno tiende hacia ella la mano, va a encontrarse con la frialdad del plato de metal y con el suave tacto de las uvas. Sin embargo, el encanto de esta obra no termina aquí. Ya lo he comentado más de una vez: me interesan las pinturas en las que la representación realista llega a su máximo grado cuando traspasan el simple nivel del alarde técnico y añaden un componente subjetivo que no se puede medir en términos de parecido con el mundo físico. Uno puede pasarse largo rato contemplando este bodegón sin aburrirse: unos simples racimos de uvas y un plato de metal son capaces de mantener nuestra atención con su simple, conmovedora y yo diría que hasta melancólica presencia. A mí estos seres inanimados me hablan desde el lienzo y me transmiten emociones difíciles de precisar. Ya lo he comentado alguna vez con respecto a las obras de su padre: pocas veces una naturaleza muerta ha estado más viva que las salidas de los pinceles de Juan de Zurbarán.

Cuenta la tradición judía que la primera compañera de Adán fue Lilith, creada como él a partir de la arcilla, pero que su negativa a someterse al varón trajo como consecuencia su huida del Paraíso y su transformación en un demonio. Este personaje hunde sus raíces en la tradición mesopotámica, en la que aparece vinculada a la figura de la serpiente; no es de extrañar, por tanto, que esta mujer libre y amenazadora para el orden patriarcal se haya identificado en ocasiones con la serpiente que tienta a Eva y causa el pecado original. Interpretaciones sociológicas al margen, Lilith es un personaje fascinante que ha hecho correr ríos de tinta y se ha convertido en emblema de variadas corrientes ideológicas o artísticas contemporáneas. En el terreno de la pintura, ha propiciado un buen número de representaciones en las que la sensualidad ocupa un lugar fundamental. Puestos a elegir, yo me quedo sin duda con esta Lilith del británico John Collier (1850-1934), pintor de la corriente prerrafaelista que, como sus compañeros de escuela, siente especial inclinación por los temas históricos y legendarios. Es más: si me preguntaran cuál es la mujer más hermosa que he contemplado en un cuadro, la primera que se me vendría a la cabeza es esta figura de extraordinaria melena y actitud entre candorosa e incitante. Con gran sabiduría, Collier coloca el cuerpo fuertemente iluminado de su protagonista en medio de un sombrío fondo boscoso y le pone el contrapunto de las serpientes que se enroscan en torno a ella o se deslizan hacia su cara, y a las que Lilith parece dominar con un gesto de coquetería y abandono. El artista encuentra así la perfecta plasmación formal de la ambivalencia que subyace al cuadro: la belleza de lo oscuro, de lo prohibido, de lo que es a la vez turbio y luminoso, atractivo y malsano, cuyo hechizo es imposible de resistir.

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