jueves, 30 de julio de 2015

UN LAUREL QUE LLORA

En mi opinión, los lugares más mágicos del planeta son los bosques. Son, al menos, los espacios en que mi radical escepticismo en materia religiosa y espiritual se queda en suspenso y tengo la sensación de que fuerzas y presencias cuya índole no consigo calibrar me rodean por doquier. Otros entornos naturales ejercen sobre mí un efecto poderoso: el mar, el cielo estrellado, las montañas me hacen reflexionar, me empequeñecen, me tranquilizan a fuerza de hacerme sentir mi propia insignificancia. Los bosques no. Cuando entro en un bosque, tengo la impresión de estar ingresando en un espacio aparte, de estarme conectando a una parte de mí misma que apenas conozco.

Escribo lo anterior porque acabo de regresar de un viaje a La Palma, isla bendecida con el don del agua y, en consecuencia, cubierta por un extraordinario manto vegetal. Los bosques de La Palma son una tentación para los pies del caminante y un acicate para la imaginación. No pretendo escribir una entrada rigurosa sobre semejante belleza natural, dado que me falta la formación para hacerlo; contaré solamente una pequeña anécdota que me sucedió en uno de mis paseos y que ilustra la atracción que ejerce sobre mí este tipo de paisaje.

Lo que voy a relatar me ocurrió paseando por La Zarza, un yacimiento arqueológico situado en la zona norte de la isla que contiene muestras de grabados rupestres realizados por los primitivos pobladores de esta. Y lo que es más atractivo: el itinerario para contemplar dichos restos discurre a través de un hermoso bosque de laurisilva. El visitante debe seguir un sendero flanqueado por rocas que le proporciona al trayecto un indudable ambiente de cuento de hadas; a nada que uno tenga lecturas acumuladas y algo de imaginación, puede sentirse sucesivamente niño perdido en el bosque y caballero andante y reina de las hadas y druida a la búsqueda de hierbas mágicas. Las fotografías que acompañan esta entrada las tomé en un vano intento por atrapar lo que es inaprensible.



Durante mi visita tuve la suerte de no coincidir con ningún grupo de turistas; no había, pues, ninguna presencia humana que turbase la paz de aquel paraje ni quebrase su hechizo. Había iniciado apenas el recorrido cuando un curioso ruido llamó mi atención. Me pareció que se trataba de un gemido, y me esforcé en buscar entre la espesura al ser vivo que lo causaba. Como el sonido venía de lo alto, deduje que el causante era algún pájaro; justamente el día anterior había oído a uno de especie para mí desconocida que emitía un canto similar a la queja de un gato pequeño. Pero por más que miré, no encontré habitante alguno entre las ramas de los laureles que se erguían a un lado del camino.

Continué mi visita sin darle mayor importancia; me entretuve buscando en las paredes rocosas los petroglifos en los que los primitivos palmeros habían inmortalizado su necesidad de agua o su adoración a los cuerpos celestes. No volví a pensar en el ruido que me había intrigado hasta que volví a oírlo al pasar por el mismo recodo, esta vez en dirección a la salida. Un gemido, un sollozo casi, venido de lo alto. Me detuve de nuevo, miré hacia arriba. Entonces lo vi. El tronco de uno de los laureles que flanqueaba el sendero se agitaba suavemente y producía un ruido constante y lastimoso. Se movía a un lado y a otro, como un péndulo, llevado por una corriente de aire inexistente. Digo esto porque ninguno de los troncos vecinos se movía un ápice; había una total calma en el bosque aquella tarde, un silencio interrumpido solo por ese gemido que parecía salido de una garganta humana. Pensé: el laurel está llorando. Y me acordé entonces de que, en aquel bosque vacío de presencias humanas y animales, el único ser vivo que se había cruzado en mi camino había sido un lagarto, justo en ese punto del camino.

Es así, supongo, como nacen las leyendas.

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