viernes, 10 de julio de 2015

LAS LLAVES DEL AYER

Hace unos días, sostuve con unos compañeros de trabajo una conversación en la que no había vuelto a pensar hasta que la última de mis lecturas, La hierba de las noches de Patrick Modiano, me la ha traído a la cabeza. Hablábamos sobre la edad. El motivo era el cumpleaños de la más joven de los tres, que se acerca a los cuarenta años. Tanto ella como mi otro compañero, que pasa ya de los cincuenta, afirmaron tajantemente sentirse a gusto con el momento de sus vidas en que se encontraban y no desear volver atrás en el tiempo, si es que esto fuera posible. Yo, que por edad me encuentro entre ambos, tardé algo más en formular mi postura. Durante unos segundos, guardé silencio mientras echaba la vista atrás. Como atraída por un imán, mi memoria se detuvo en los años de la Facultad. Me deslumbró la imagen de los cielos diáfanos de mis veinte años, de la luz inigualable de aquellos días de mi juventud, que nada tiene que ver con una luz física y susceptible de ser medida. Mi postura quedó clara de inmediato: ¿volver atrás en el tiempo? Por supuesto que me gustaría.

Modiano es un novelista perpetuamente anclado al París del año sesenta y tantos. Se me ocurre ahora que es como un personaje de El Principito: sentado frente a su escritorio en un planeta pequeño, escribiendo una y otra vez la misma novela, que transcurre siempre en las mismas calles y la misma época. Yo le comprendo perfectamente: esas calles y esa época son el París de sus veinte años. No hay lugar que resista la comparación con aquel que habitamos en esa edad deslumbrante. El cielo no volverá a ser el mismo, los rayos del sol no iluminarán jamás con tanta intensidad, el horizonte vital desplegado frente a nuestros ojos no poseerá de nuevo semejante rotundidad. Modiano lo expresa en La hierba de las noches con su habitual y poética sencillez: «El presente no tenía ya importancia alguna, con esos días todos iguales con su luz sin brillo, una luz que debe de ser la de la vejez y en la que nos da la impresión de estar sobreviviendo».

El protagonista y narrador de La hierba de las noches es Jean, un álter ego del novelista, un escritor que desde la edad madura intenta recuperar el París que recorrió décadas atrás en compañía de una serie de misteriosos personajes sobre cuyas auténticas identidad y actividades no llegó a poseer una total certeza. Entre ellos destaca Dannie, una joven a la que sigue fielmente en sus peculiares peripecias. Esta Dannie tiene, además de otras, la singular costumbre de conservar una copia de las llaves de las casas en las que ha habitado, a las que le gusta regresar furtivamente, sin el permiso de sus dueños. Jean la acompaña así en varias excursiones a una casa de campo en la que pasa la noche sin sospechar que está haciendo algo ilegal, y la ayuda también a entrar en el primer piso que Dannie habitó en París y a llevarse, a espaldas de la portera, varios objetos que dejó allí olvidados. A mí estas llaves que Dannie guarda consigo me parecen una metáfora preciosa del poder de la mente para regresar a los escenarios del pasado. Cuántas veces, con la libertad que nos otorgan los recuerdos y los sueños, hemos vuelto a recorrer los pasillos de nuestro primer colegio, hemos subido la escalera de la casa de nuestros abuelos, hemos abierto el portal de la primera casa que habitamos sin nuestros padres. Edificios que ya no existen, espacios que no nos pertenecen y que tienen otros dueños que nos vedarían el acceso. Cómo me gustaría poseer, igual que esta Dannie de Modiano, una ristra de llaves conservadas en contra de lo que dictan la ley y el sentido común, capaces de franquearme el paso a esos queridos, perdidos, inalcanzables escenarios del ayer.

2 comentarios:

  1. Siempre que leo tus reflexiones sobre el pasado me lleno de nostalgia. Y pienso: conozco a alguien que ha vivido una infancia feliz. Y me proďuce mucha ternura. L

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    1. El problema de los que fuimos tan felices en el pasado es que nos cuesta acomodarnos al presente. Una vez más, echo mano de Modiano y de sus hermosas formulaciones: "Deberíamos habernos quedado siempre allí..."

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