sábado, 18 de julio de 2015

EL VALS DE LORCA, EL VALS DE COHEN

Cuando yo era una aplicada estudiante universitaria que navegaba con fruición por las distintas corrientes de crítica literaria, aprendí muchas cosas que he olvidado. No es grave: tengo la teoría de que el tiempo hace una maravillosa labor de criba y conserva en nuestra memoria solo lo realmente importante. Entre los nombres que recuerdo de aquella época de almacenamiento memorístico está el de un eminente hispanista llamado Leo Spitzer, encuadrado en lo que se conocía como “crítica idealista”. Supongo que estudié ingentes cantidades de conceptos y características e incluso citas literales de tan reputado autor, pero lo que se me quedó grabado es que este hombre, a diferencia de estudiosos que reducían la obra literaria a un esquema de flechas, recuadros y subrayados, sostenía que la aproximación a la literatura es, en última instancia, un asunto de intuición. Creo recordar que acuñó incluso un término de carácter onomatopéyico, sumamente expresivo, para expresar ese no-se-qué imposible de reducir a fórmulas que hace que una obra literaria tenga una calidad superior. Lamento haber olvidado la expresión concreta. He realizado una infructuosa búsqueda por Internet y solo me queda internarme en mis apuntes de carrera, labor que me llenaría, me temo, de nostalgia.

Los que me conocen en esa faceta saben hasta qué punto me gusta indagar en las tripas de cualquier manifestación artística para averiguar dónde está la raíz de su capacidad de conmover. Por qué ese cuadro nos sobrecoge, por qué ese poema nos revuelve por dentro, por qué ese plano de esa película resulta tan eficaz. Con la música me estrello y por eso es la manifestación artística con la que mantengo una actitud más recelosa: me cuesta abandonarme a la profunda emoción que me causa algo que no puedo explicar; frente a ella me siento completamente desarmada y eso me asusta. He atravesado épocas de mi vida ―las más delicadas en el terreno personal― en que he huido de llenar con música mis momentos de soledad; tengo casi diría que prohibidas, en cualquier caso, ciertas piezas musicales que me provocan una reacción sentimental incontrolable.

Pero volvamos a la literatura, el cine y la pintura, que son las artes que más busco reducir a una explicación racional. En ocasiones, en mi indagación de los mecanismos que las sostienen, me doy de frente con un muro que no puedo franquear. Creo que el muro más alto e inexpugnable es el que rodea a ese poeta enorme que es Federico García Lorca. Yo no puedo explicar por qué sus palabras me parecen las más altamente poéticas, las más desenfrenadas y emotivas que he tenido oportunidad de leer. Todos los que hemos escrito poesía en algún momento de nuestras vidas hemos querido parecernos a él: la lectura de nuestros tibios intentos de emularlo es quizá la explicación más tangible de que su genio no residía en una simple combinación de palabras y recursos que se pueden imitar.

En torno a 1929, Lorca escribe en Nueva York un poema titulado Pequeño vals vienés que es una prodigiosa fuente de sensaciones para el lector capaz de suspender el juicio y dejarse llevar por su ritmo hipnótico. Me declaro incapaz de justificar mi fascinación por este texto que habla de muerte, de amor, de sexo, de locura. Si tuviera que enfrentarme a él desde una perspectiva filológica naufragaría estrepitosamente; me acuerdo más que nunca de aquel qué-sé-yo de Leo Spitzer y propongo al lector que juegue a dejar correr por su mente el alucinado tropel de imágenes que le propone el poeta.

En 1986, Leonard Cohen tradujo al inglés el Pequeño vals vienés de Lorca y compuso para él un acompañamiento musical. Surgió así la canción Take this waltz, que grabó para el disco Poetas en Nueva York, formado por homenajes de distintos músicos a la figura del autor granadino. A mí me pasma la capacidad de Cohen no ya solo para trasladar a otro idioma un texto tan complejo, sino para crear una música que capta a la perfección el carácter hermético, hipnótico, inquietante del poema original. Es una forma de aproximarse a Lorca mucho más eficaz que las exhaustivas listas de recursos con las que con demasiada frecuencia abrumamos a nuestros alumnos. Dejo a continuación las palabras de Lorca y la música de Cohen. Que cada cual juzgue si le producen o no similar revolución en el estómago. A mí me parece que, en cualquier caso, el maestro Spitzer estaría contento.

FEDERICO GARCÍA LORCA, PEQUEÑO VALS VIENÉS

En Viena hay diez muchachas,
un hombro donde solloza la muerte
y un bosque de palomas disecadas.
Hay un fragmento de la mañana
en el museo de la escarcha.
Hay un salón con mil ventanas.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals con la boca cerrada.

Este vals, este vals, este vals,
de sí, de muerte y de coñac
que moja su cola en el mar.

Te quiero, te quiero, te quiero,
con la butaca y el libro muerto,
por el melancólico pasillo,
en el oscuro desván del lirio,
en nuestra cama de la luna
y en la danza que sueña la tortuga.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals de quebrada cintura.

En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados.
Hay frescas guirnaldas de llanto.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.

Porque te quiero, te quiero, amor mío,
en el desván donde juegan los niños,
soñando viejas luces de Hungría
por los rumores de la tarde tibia,
viendo ovejas y lirios de nieve
por el silencio oscuro de tu frente.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals del "Te quiero siempre".

En Viena bailaré contigo
con un disfraz que tenga
cabeza de río.
¡Mira qué orilla tengo de jacintos!
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas,
y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals.


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