jueves, 16 de julio de 2015

APROXIMACIONES A ZURBARÁN

Como la pintura es probablemente la pasión que primero llegó a mi vida, he tenido sobrado tiempo para que mis gustos en ese sentido experimenten todo tipo de oscilaciones. Es curioso comprobar cómo el artista al que en un momento dado rechazamos o no supimos comprender se convierte con el paso de los años en una presencia imprescindible para nosotros. Me gusta especialmente recordar los pintores que me eran muy queridos de niña y aquellos otros por los que sentía rechazo. Los primeros los recuerdo con especial cariño, pero casi ninguno ha conservado con el tiempo ese puesto de privilegio en mis preferencias. Unos cuantos de los segundos, de los que provocaban mi más rotunda incomprensión infantil, han pasado a estar entre mis favoritos. Es el caso de Francisco de Zurbarán.

Zurbarán pertenece a ese tipo de pintores que resultan con frecuencia duros o difíciles para el gran público. Son tipos que pintan desde su peculiar perspectiva y no ceden al enganche sentimental. La realidad es para ellos puro material pictórico; es igual que el motivo que representen sea humano, animal o inanimado: todo en ellos se vuelve textura, línea, color. Sus personajes adoptan con frecuencia posturas hieráticas y majestuosas que los alejan definitivamente del espectador que busca identificarse con la anécdota del cuadro. En este grupo de artistas yo encuadraría a Georges de La Tour, a Piero Della Francesca e incluso a Paul Cézanne. Sus modelos humanos parecen transformarse, por acción de sus pinceles, en figuras de barro o de piedra. Sus objetos cobran una misteriosa trascendencia. Lo he comentado alguna vez en este espacio: los bodegones de Zurbarán tienen tanta vida como sus cuadros de santos. O dicho de otro modo: pintado por este artista exquisito, cualquier aspecto de la realidad se transforma en un bodegón.

Yo con Zurbarán tengo una especial vinculación sentimental porque es un pintor que a mi padre siempre le ha entusiasmado, y si hay alguien en el mundo a quien yo debo mi amor a la pintura, predisposiciones personales al margen, es a mi padre. De niña, le oía hablar con entusiasmo de ese paisano suyo que pintaba frailes ataviados con hábitos de un blanco sobrenatural. Me esforcé por apreciarlo y lo conseguí a duras penas: era un artista que no acogía fácilmente en su mundo a la niña sensible y fantasiosa que yo era, como hacían Botticelli y Murillo con sus bellos personajes, como hacía Rubens con su universo fabuloso. Con el paso del tiempo, recibí ayudas para apreciar a este y a otros pintores que se me resistían. La más importante vino de mi profesora de Historia del Arte de 3º de BUP, una mujer que rebosaba de sabiduría y que me ha enseñado casi todo lo que sé en este terreno. La recuerdo comentando con arrobo alguna de esas santas de Zurbarán que son como maniquíes ataviados con vestiduras exuberantes, figuras casi infantiles detenidas en un tiempo impreciso, que muestran impertérritas los símbolos de su martirio, desde un punto situado más allá de los dolores y las pasiones humanas. No sé si alguien más en aquella aula llena de adolescentes le prestó atención; al menos yo, a partir de entonces, empecé a mirar con interés cuadros cuya frialdad hasta ese momento me incomodaba.

No sabría decir en qué momento descubrí que amaba a este pintor austero y distanciado; el caso es que se ha colado entre mis favoritos a su manera discreta. Su obra me produce una emoción especial, contenida y a veces imposible de explicar con palabras. Lo comprobé el domingo pasado visitando la exposición que bajo el título de Zurbarán: una nueva mirada reúne en el Museo Thyssen de Madrid más de sesenta cuadros de este autor venidos de puntos distantes del planeta. Reduzco a tres las agradables sorpresas que me deparó la visita. La primera, la conmovedora imagen de San Serapio después de su suplicio, con el cuerpo exangüe sujeto solo por sus ataduras, en una plasmación sobria y elegante como pocas de una escena de martirio. La segunda es la misteriosa figura de San Francisco contemplando una calavera en medio de la oscuridad. La tercera, la bella imagen de Santa Marina, que clava en nosotros su mirada serena empañada por un sutil punto de tristeza.

 

Dejo para más adelante un descubrimiento que hice en la citada exposición y que demuestra que mi proceso de acercamiento a este pintor inmenso está muy lejos de haber acabado. Pero eso dará materia para otra entrada.

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