lunes, 25 de mayo de 2015

ADIÓS AL JILGUERO

Termino de leer la novela de Donna Tartt en la que ―no podía ser de otro modo, con las apreturas horarias de esta época del año― he estado inmersa durante mucho más tiempo de lo esperable y lo primero que me asalta es un sentimiento de orfandad. Supongo que es lo que tienen las obras muy largas y absorbentes. Llevo cosa de mes y medio buscando un hueco en mis obligaciones diarias para compartir los sinsabores del joven Theodore Decker, su abandono infantil, sus amistades peculiares y en algún caso peligrosas, su amor no correspondido, su pasión por los objetos bellos, su dificultad para simplemente vivir. La superficie en blanco que me asaltó al pasar la última página del libro el pasado jueves me indica que ya no habrá más horas con Theo. Lo conocí con trece años, lo abandono a los veintitantos. Ya no sabré más de los quiebros de su existencia llena de vaivenes. Los sucesivos obstáculos que se interpongan en su camino, los solucionará ―o no― sin mi muda compañía.

Siento al terminar El jilguero algo parecido a lo que experimenté al llegar a la última línea de Grandes esperanzas de Dickens. Permanecer ajena a los futuros avatares de la vida del joven Pip, al que tanto llegué a conocer, me produjo la misma sensación de abandono incomprensible que verme ahora apartada del destino de Theo Decker. No es casual la similitud de sensaciones frente a ambas novelas, porque El jilguero es una especie de Grandes esperanzas de los tiempos modernos: su protagonista se ve también solo y tiene que depender de la bondad de los que deciden acogerlo, ama también a quien no le corresponde y se ve sometido a golpes de fortuna que modifican violentamente su rutina. Y ligada a él está la presencia de un personaje marginal que aparece y desaparece de su vida y lo arrastra hacia terrenos peligrosos. Hay incluso un indudable paralelismo ambiental entre las partes finales de ambas novelas: el arriesgado trayecto por el Támesis de los protagonistas de Dickens se transforma aquí en un deambular por un Ámsterdam nocturno y espectral, un laberinto de canales oscuros y amenazadores en el que parece imposible encontrar una salida. Por lo demás, cuando los personajes de Donna Tartt se descarrían lo hacen jugueteando con las drogas y el alcohol, y en los momentos de peligro tienen inquietantes encuentros con mafiosos del Este pertrechados con armas de fuego. Es el signo de los tiempos.

El jilguero es una novela que habla de muchas cosas. Y no solo por su longitud considerable; no siempre la abundancia de páginas va unida a la capacidad de sugerir. Las más de mil que componen la edición que he manejado me han hecho reflexionar sobre la soledad, la dificultad de las relaciones paterno-filiales, la angustia frente a la pérdida, la tristeza por lo inalcanzable y la dificultad para encontrarle un sentido a la vida, pero también sobre el asidero que proporcionan la amistad y la camaradería y, en especial, sobre el poder redentor de los objetos bellos que recibimos de generaciones pasadas y que pasan por nuestras manos como un puente hacia los que vendrán después, y que son capaces de proporcionar un punto de solidez a una vida sobre la que inevitablemente planea la sombra del infortunio. El cuadro de Carel Fabritius que da título a la novela simboliza esta fuerza del arte para oponerse a la infelicidad y a la muerte: a lo largo de su adolescencia y su primera juventud, el protagonista encuentra en esa obra menuda y extraordinaria un pilar firme al que agarrarse cuando todo se hunde bajo sus pies.

Como curiosa coincidencia, señalaré que el mundo civilizado temblaba por el destino de la histórica ciudad de Palmira, en manos de esa horda de pesadilla que se autobautiza como Estado Islámico, cuando yo llegué a este maravilloso párrafo final de la novela de Donna Tartt: «Y sumo mi amor a la historia de cuantos han amado los objetos hermosos y han velado por ellos, los han librado de las llamas, los han buscado cuando estaban extraviados y han procurado conservarlos y rescatarlos mientras pasaban literalmente de mano en mano, cantando con alegría desde el naufragio del tiempo a la siguiente generación de amantes, y a la siguiente». Es lo que tienen las grandes obras literarias: siempre están de actualidad.

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