sábado, 11 de abril de 2015

MIS FOTÓGRAFOS (IX)


No puedo eludir mi condición de narradora y con frecuencia me descubro a mí misma poniendo en pie historias que se sustentan sobre una imagen o una melodía. En algunas ocasiones, me parece que esta tendencia mía es inevitable, dado el poder de sugerencia de la obra en cuestión; tal es el caso de la fotografía que traigo hoy aquí, debida al objetivo del fotógrafo eslovaco Martin Martinček (1913-2004). Por la mañana es, quién lo duda, una prueba de la pericia técnica y el exquisito acabado de las obras de su autor. El horizonte alto, que hace que el mar de tejados parezca salirse de los límites de la imagen; el contraste entre el fondo difuminado y la nitidez de la silueta del hombre que desciende hacia el pueblo: nada hay casual en esta imagen impactante, que atrapa de inmediato nuestra atención. Pero a mí me parece que hay otra razón para el efecto que esta fotografía causa en el que la contempla. El cotidiano regreso a su casa de un campesino madrugador se convierte, por obra y gracia de la cámara de Martinček, en una causa de inquietud: la figura negra que porta una guadaña se nos antoja una encarnación de la muerte; el pueblo envuelto en la bruma matutina, un conjunto abigarrado de destinos humanos entre los que se encuentra uno que está a punto de llegar a su fin, por obra y gracia del siniestro personaje que desciende la ladera.

Conversaciones es el simpático título de esta fotografía del alemán Wolfram Schubert, incluida en su álbum Viena. A primera vista, la escena nos parece rodeada de un halo de antigüedad: hay en ella una placidez y una ingenuidad que nos remiten a otros tiempos. Pero tal impresión inicial se despeja en cuanto se busca información sobre su autor: los escasos datos sobre Schubert que circulan por la red nos lo desvelan como un fotógrafo joven y en activo, incansable retratista del lado más tierno y humano de las ciudades y con una mirada especialmente atenta a la presencia animal. Como todas las fotografías que explotan el elemento sentimental, esta es de una simplicidad absoluta. Bastan un sendero que sirve de fondo blanco y las figuras de anciano y ardilla recortadas sobre él para prender de inmediato nuestra atención. A mí la imagen entrañable de este encuentro en el parque me parece casi una ilustración de cuento; hay un encantador paralelismo entre las dos figuras, la grande y la diminuta, la humana y la animal, gracias a la curva de sus espaldas, que une a ambos personajes en un único óvalo central. El título añade un elemento de disfrute: si Schubert nos habla de Conversaciones en plural es sin duda porque esta singular charla no es un hecho aislado y los dos protagonistas de su fotografía tienen mucho que decirse.

El fotógrafo británico Simon Marsden (1948-2012) nació en el seno de una familia noble en el condado de Lincolnshire, donde creció acostumbrado a las historias de fantasmas y al misterio que rodeaba ciertas mansiones de la vecindad. Pasó la infancia, tal como él mismo contaba, temiendo ver aparecer el espectro de la Dama Verde, que, según la leyenda, se había suicidado por amor y rondaba la vivienda del causante de su desdicha. No es de extrañar que, con el paso de los años, su actividad fotográfica se encaminara a rastrear el lado más mágico y con frecuencia tenebroso de la realidad. Paseó su objetivo por iglesias en ruinas, criptas, cementerios, presuntas casas encantadas. Recogió detalles de estatuas, ventanas cegadas por la vegetación, lápidas desgastadas por el tiempo. Es un universo de una belleza inquietante, enormemente literario, que parece pertenecer a un siglo distinto al que le tocó en suerte vivir a su autor. Marsden emprendió numerosos viajes llevado por su afán de realizar un inventario gráfico de lo sobrenatural; así nos dejó fotografías como esta, titulada Palacio de Vlad Dracula. No es necesario reconocer el edificio ni leer el título para captar el profundo misterio de la imagen, acentuado por el encuadre, con la presencia de la gastada cruz en primer término, y por la técnica que proporciona al conjunto un aire de vejez, muy grato a este paladín de antiguos enigmas, heredero en el arte del siglo XX del espíritu de la novela gótica.
 
Esta fotografía de Antoni Arissa (1900-1980) es todo un relato en sí misma. Su sugerente título, El perseguido, nos pone en alerta de que hay algo especial bajo la apacible apariencia de esta escena urbana: el viandante que camina abstraído con las manos en los bolsillos y precedido por su sombra va completamente ajeno a la presencia de una segunda sombra que escolta sus pasos. La imagen es en cualquier caso un prodigio de delicadeza y de encuadre, un alarde de cuidado compositivo y de iluminación. La calle que se pierde tras una curva y el contraluz que recorta la figura del protagonista crean un ambiente mágico que inevitablemente atrae nuestra atención. Si a ello unimos el misterio de esa sombra inesperada, esta fotografía se convierte en una de esas que deja una huella imborrable. A mí me gusta especialmente por lo que tiene de literaria: sería una maravillosa cubierta para un libro de relatos o una novela. Y, por supuesto, porque hace que se me dispare la imaginación. ¿Quién sigue los pasos de este caminante solitario, tan de cerca que no es posible distinguir su presencia más que por su proyección en el suelo? ¿O será que este peculiar paseante posee dos sombras, una que le precede y otra que le persigue, de igual manera que a todos nos van persiguiendo con los años los malos recuerdos?

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