domingo, 5 de abril de 2015

LOS CUADROS DE MARZO (2015)

En estos tiempos de extremado culto a la propia imagen, me resulta tentador asomarme a la visión del propio rostro que nos han transmitido los pintores de otras épocas. El resultado no puede ser más gratificante: frente a la proliferación, la gratuidad y el carácter efímero de las actuales autofotos bautizadas con un anglicismo que me resisto a emplear, uno se encuentra con la reflexión larga y profunda sobre los propios rasgos, la expresión facial y lo que todo ello delata de la personalidad del que es simultáneamente modelo y autor. Este Autorretrato de un joven que emerge de la oscuridad para clavar en nosotros una mirada intensa y melancólica está atribuido al gran Eugène Delacroix, que lo habría pintado en torno a 1816, a una edad que rondaría los dieciocho años. Dejo aparte el prodigio de madurez pictórica que este dato implica; a mí este retrato me atrae por el eficaz juego de luces y sombras, la sobriedad con la que está compuesto y el carácter enormemente expresivo de los pocos elementos con los que el autor lo ha construido. Como sucede siempre en los grandes retratos, uno puede jugar a sostenerle la mirada al modelo y caer en la fantasía de que está realmente asomándose al interior de una persona de carne y hueso. Estos ojos que nos miran desde el oscuro cobijo de sus cuencas son una mezcla de juventud y sabiduría, de melancolía y fuerza vital. Este joven que sabe pintar como un artista experimentado nos transmite la impresión de saber ya mucho de la vida. No son ajenas a ello, pienso yo, las largas horas de contemplación de la propia imagen que subyacen a esta obra, con su carga de reflexión y de conocimiento de uno mismo.

La singularidad del pintor madrileño Jerónimo Elespe comienza ya en el mismo material que emplea como base, los paneles de aluminio. Su sistema de trabajo no es menos peculiar: sus cuadros pasan por un largo proceso en el que son olvidados durante un tiempo para ser sometidos más tarde a una transformación por medio del raspado o del añadido de nuevas capas de pintura. Tienen algo de seres vivos que van formándose poco a poco, y Elespe posee la minuciosidad del arqueólogo que con precisión y paciencia infinitas va retirando materiales para extraer un objeto antiguo oculto a nuestra mirada. Su pintura es una curiosa alianza entre lo nuevo y lo tradicional; produce en el que la contempla la sensación de estar entrando en un territorio personal y originalísimo, pero en el que constantemente le salen al paso elementos de una tradición pictórica reconocible. Todo lo anterior se refleja en este cuadro que responde al misterioso título de The antipodal room.  A mí me da la impresión de que estos dos personajes se encuentran ahí desde mucho antes de que ninguno llegáramos a este mundo, y que Elespe los ha ido sacando a la luz con minuciosidad, raspando en una superficie abigarrada por la acumulación de capas de pintura que forman sugerentes diseños. Los dos rostros juveniles nos observan con estupor, sorprendidos en lo que tal vez creían un descanso eterno, a salvo de miradas intrusas. Por su actitud reposada y sus graves vestimentas, parecen extraídos de una pintura clásica; son un nexo de unión entre un mundo olvidado y el nuestro, traídos a la superficie por la pericia del artista. Pero, insisto, estas pinturas de Elespe tienen algo de ser vivo: no me cuesta imaginar el diseño de formas y colores que los cubren parcialmente como un mundo orgánico y en ebullición, dispuesto a reproducirse hasta cubrir de nuevo a las dos figuras simétricas.


Si tuviera que buscar una representación plástica de la puerta de acceso a la primavera, sin duda elegiría esta. En una época en que Aranjuez distaba mucho de ser el enclave turístico que es hoy en día, el pintor catalán Santiago Rusiñol (1861-1931) realizó la célebre serie de cuadros que recogían rincones de los jardines del palacio. Este que traigo hoy aquí lleva el título de Jardín de Aranjuez. Glorieta II. En él, Rusiñol emplea el siempre eficaz recurso de hacer del paisaje pintado una prolongación del espacio que habita el que lo contempla: el camino flanqueado de flores se despliega frente a nosotros y nos crea la ilusión de que podemos echar a andar sobre él; casi podemos imaginar el ruido que producirán bajo nuestros pies las hojas y los pétalos que cubren el suelo. El cuadro es, al igual que su referente real, todo un regalo para los ojos. La impresión inicial de una explosión de color cede el paso, tras una contemplación más sosegada, al descubrimiento del riguroso orden de los elementos que rigen la escena. Los colores más llamativos se alinean a ambos lados del sendero de acceso, como señales luminosas que atrapan nuestra atención, mientras que el horizonte aparece cubierto por una masa verde y tranquilizadora, interrumpida de forma simétrica por dos manchas de color blanco. Todo está medido en esta naturaleza domesticada y apacible. Leo en la biografía de su autor que Aranjuez fue un lugar recurrente en los viajes de Rusiñol, y que allí le sorprendió la muerte cuando ampliaba la serie de jardines que fue pintando a lo largo de toda su vida. Es inevitable que se me dispare la imaginación: tal vez esta hermosa hendidura abierta en el verdor fue para el artista la puerta de acceso al paraíso.  
 
A mí Zurbarán es un pintor que me maravilla porque, en mi modesta opinión, no se parece a ningún otro. Nadie como él para dotar a sus figuras humanas de una sólida corporeidad, una condición firme e inmutable que las asemeja y las identifica con el mundo material que las rodea. Sus modelos parecen estar detenidos en el tiempo, o vivir en una dimensión distinta a la que habitamos los seres mortales, sometidos al rigor del cambio constante. Dicho de otra forma: Zurbarán es el artista que sabe pintar seres humanos estáticos como objetos, o bien objetos con alma de seres humanos. Hace poco tuve ocasión de contemplar en una exposición este delicioso cuadro titulado La familia de la Virgen y me entusiasmó por la serenidad que de él se desprende, por su armonía cromática, por el mimo desplegado por el pintor para plasmar sobre el lienzo esta galería de seres animados e inanimados que, con idéntica importancia, componen un canto a la vida cotidiana y familiar. A mí me parece que en este ambiente doméstico tienen igual relevancia las figuras de los padres ancianos y de la niña piadosa y regordeta que las frutas que sostiene Santa Ana sobre una bandeja, la taza que descansa sobre la mesa (y que nos trae el recuerdo de algún espléndido bodegón pintado por la misma mano) o esa extraordinaria tela blanca que rebosa de una cesta en primer plano, probablemente símbolo de la pureza del personaje central, pero también, y es lo que aquí interesa, prodigioso alarde técnico. Para Zurbarán, los rostros, las telas, las manos, la loza, la fruta, el cristal: todo es una misma cosa, un inagotable campo de exploración para su portentosa mirada de artista. 

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