sábado, 28 de marzo de 2015

MATAR EL TIEMPO

Es increíble el número de relojes que se llegan a almacenar en una casa. De pared, de sobremesa, despertadores, de pulsera. Analógicos o digitales, prácticos y sencillos o decorativos y de diseño caprichoso. Algunos exactos y puntuales, otros perpetuamente atrasados, alguno muerto sin remisión y conservado por tratarse de un recuerdo sentimental o de familia. Digo esto porque acabo de repasarlos todos para adecuarlos al cambio horario fijado para esta madrugada: el que hará que a las dos viajemos meteóricamente hasta la hora siguiente. El que traerá consigo, a partir de mañana, atardeceres más tardíos y una indudable sensación de que el verano se acerca, imparable. El que nos robará esta madrugada sesenta minutos de descanso o de diversión; sesenta minutos, en cualquier caso, de este singular veintinueve de marzo que va a tener solo veintitrés horas.

Me gusta este momento del año porque me hace sentir como un personaje de cuento. Suelo tomarme con mucha antelación la tarea de adelantar mis relojes porque así me voy aclimatando al nuevo horario y porque así puedo, también, dotar a esa labor de cierta solemnidad. Me gusta recorrer la casa y tomarlos en mis manos con calma, recordar cuánto tiempo llevan conmigo y quién me los regaló, de quién los he heredado o dónde los adquirí, mientras hago avanzar sus minuteros en un giro vertiginoso que reduce una hora a unos pocos segundos. Cuando termino, siento como si hubiera lanzado un conjuro que tardará muy poco en surtir efecto. Soy, ya lo he dicho antes, como un relojero de cuento: adelanto las manecillas y el tiempo me obedece. La noche que se acerca perderá la hora que le acabo de robar.

Siempre he detestado la expresión “matar el tiempo”. Sé que el idioma inglés posee una similar y supongo que habrá otras parecidas en diferentes lenguas, pero el caso es que no la he usado en mi vida: la sola idea de asesinar ―aunque sea lingüísticamente― el bien más preciado y escaso que poseemos me produce un malestar enorme. Y, sin embargo, heme aquí, encantada de eliminar con un simple giro de una rueda sesenta minutos de este día que se va a quedar inevitablemente cojo. La niña que hay en mi interior se pregunta, crédula y risueña, adónde irá esa hora que nos vamos a saltar todos al unísono. Esa niña está muy contenta hoy. A partir de mañana, el sol se quedará con nosotros hasta las ocho y media y ya estará en el ambiente el verano, con su aroma a vacaciones. En honor a esa niña, esta hora es la única unidad de tiempo que estoy dispuesta a matar.

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