miércoles, 25 de febrero de 2015

178 AÑOS Y UN DÍA

Hoy Rosalía de Castro cumpliría ciento setenta y ocho años y un día. Rectifico: los cumple. La tajante separación entre la vida y la muerte se tambalea un tanto en el caso de los personajes que habitan en el recuerdo de muchos.


Ayer, esa herramienta ineludible llamada Google (y que también es con frecuencia una fuente de dispersión y un chivato e incluso, como en el caso al que me refiero, un toque de diana en la conciencia) me estuvo recordando la efemérides durante toda la jornada con uno de esos coloridos logotipos que responden al nombre de “doodle”. El de ayer presentaba el inconfundible rostro de la poeta en su imagen más difundida, sobre un fondo de suaves y verdes colinas por el cual discurría, en forma de río, uno de sus versos más famosos. Desde allí me estuvo vigilando todo el día, exigiéndome, a su dulce manera, que le dedicara una entrada en este blog. No fui capaz. No encontré el momento. Los lectores más o menos habituales habrán detectado mis recientes dificultades para mantenerlo actualizado. Malos tiempos: agobios horarios, cansancio, desánimo. Me cuesta sentarme frente al ordenador a ordenar ―involuntario pleonasmo― mis agitadas ideas. Pero Rosalía no se merece esto. Dediquémosle una entrada, pues. Tendrá la ventaja de ser uno de los escasos homenajes que se le rindan a los 178 años y 24 horas de su nacimiento.

De Rosalía podría decir que es una autora que tardó en calar en mí porque vino acompañada de toda esa pléyade de locos maravillosos que son los románticos. A la adolescente que yo era entonces le pasmaban las hazañas de Byron y le conmovían los versos de Bécquer, y estaba demasiado atenta a duelistas y suicidas y enamorados dispuestos a asaltar conventos y a excavar tumbas como para fijarse en una poeta que caminaba de puntillas dejando tras sí una ristra de hermosas palabras. Hay que tener más serenidad para leer a esta mujer que habla en susurros, directamente en nuestro oído. Recuerdo bien el momento en que una persona muy cercana me hizo caer en la cuenta de que esta escritora sin pretensiones fue la primera que dedicó sus versos a los desheredados, a los emigrantes, a los que tienen que dejarlo todo para conseguir acceder a lo más básico. Qué extraordinaria sensibilidad hay que poseer para detenerse a mirar aquello para lo que todo un entorno está completamente ciego.

Pero dejemos hablar a Rosalía. Hojeo el par de libros suyos que tengo en mi biblioteca y siento que me llama un poema breve perteneciente a En las orillas del Sar. Son tan sólo ocho versos, pero se bastan y se sobran para transmitir una infinita melancolía: es un poema que habla de la incapacidad de ciertas almas para sentirse plenas con otro sentimiento que no sea el de tristeza. Pido disculpas por elección tan sombría; será cosa del cansancio.

No va solo el que llora,
no os sequéis, ¡por piedad!, lágrimas mías;
basta un pesar del alma;
jamás, jamás le bastará una dicha.

Juguete del destino, arista humilde,
rodé triste y perdida;
pero conmigo lo llevaba todo:
llevaba mi dolor por compañía.

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