miércoles, 25 de febrero de 2015

178 AÑOS Y UN DÍA

Hoy Rosalía de Castro cumpliría ciento setenta y ocho años y un día. Rectifico: los cumple. La tajante separación entre la vida y la muerte se tambalea un tanto en el caso de los personajes que habitan en el recuerdo de muchos.

jueves, 12 de febrero de 2015

SER HUMANO ES DIFÍCIL

«A veces ser humano es difícil. Se nació casi al borde», dice Vicente Aleixandre en su poema dedicado al Niño de Vallecas de Velázquez, que es, dentro de la serie de retratos de bufones realizados por el gran maestro, el que inmortaliza al ser más desvalido y conmovedor de todos, al más desposeído de dones por la naturaleza; al más, como dice certeramente el poeta, a duras penas humano. Ese enano que nos observa desde el lienzo con la expresión bobalicona de su mirada vacía es uno de los seres más tristes en los que se ha detenido la atención de un artista genial, que es, por eso mismo, genial por partida doble.

miércoles, 4 de febrero de 2015

LOS CUADROS DE ENERO (2015)

Con frecuencia la literatura se convierte en una fuente de conocimiento de obras artísticas. Ya en alguna ocasión he comentado la alegría que me produce descubrir a un pintor o un fotógrafo por medio de la imagen usada en la cubierta de un libro. En el caso al que me voy a referir hoy, dicha imagen guarda además una estrecha relación con el contenido de la obra a la que precede. Hace unos días, recibí el regalo de una novela de una autora para mí desconocida: El jilguero, de la escritora estadounidense Donna Tartt. Fue toda una sorpresa, a pesar de que se trata de una obra galardonada con el premio Pulitzer y que, en consecuencia, ha gozado de repercusión en los medios en los últimos meses. Pero nada de esto me resulta tan atrayente como la imagen que aparece en la cubierta del libro: la frágil figurilla de un pájaro pintada con la precisión y esmero de los viejos maestros. El pintor holandés Carel Fabritius (1622-1654), autor de El jilguero atado, desarrolló su breve carrera a la sombra de dos monstruos de la pintura, ya que fue discípulo de Rembrandt y maestro de Vermeer. Nos ha dejado cuadros que denotan una notable pericia, pero ninguno en mi opinión tan extraordinario en su sencillez como esta conmovedora plasmación de un ave en su cautiverio. Es un ejemplo claro de cómo una obra sin pretensiones puede alcanzar una enorme trascendencia. El artista ha operado por reducción: ha elegido el más humilde de los temas y ha simplificado el entorno, reduciéndolo a un muro blanco sobre el que la figura del protagonista, trazada con cuidado y delicadeza, encuentra su máximo realce. Y sin embargo ―o gracias a todo ello― el cuadro produce una impresión inolvidable en el que lo contempla. Yo no dudaría en calificar de retrato esta imagen del jilguero que mira directamente hacia nosotros, haciéndonos sentir todo el peso de su prisión y su soledad.