lunes, 22 de diciembre de 2014

LECTURAS DEL PASADO OTOÑO (2014)

El título de esta recopilación de ensayos sobre arte de Antonio Muñoz Molina es el más inmediato de sus múltiples aciertos. Se refiere en primera instancia a Goya, pionero del arte moderno por su valentía para enfrentarse a la realidad y por su decisión de otorgar al pueblo llano un papel predominante en sus crudas visiones de la sociedad de su tiempo, pero en definitiva se extiende a la capacidad de mirar con atención y perspicacia cualquier obra del ingenio humano y establecer con ella una comunicación lo más fructífera y placentera posible. Muñoz Molina está dotado sin duda de esa sabiduría a la hora de mirar; podría achacarse a su formación en Historia del Arte, pero la experiencia nos enseña que no siempre los avales universitarios respaldan las cualidades de sensibilidad y agudeza que él posee a raudales. Si a eso se une su talento para plasmar en palabras las ideas más sutiles, el resultado es un conjunto de textos en el que se nos ayuda a ver por primera vez o a revisar con una nueva perspectiva la obra de pintores y fotógrafos de épocas diversas. Por sus páginas desfilan el brutal testimonio de Goya sobre la guerra y la angustia de vivir, los austeros y atrayentes personajes de Georges de la Tour, los inquietantes paisajes urbanos de Hopper. Gracias a la pluma de Muñoz Molina, reconocemos sensaciones que hemos tenido frente a las obras de estos artistas y que tal vez no hemos acertado a explicitar, formuladas con belleza y precisión por un maestro en el arte de contar.

Canadá es una historia de adolescencia escrita desde la perspectiva de un adulto que ha conseguido salir adelante y superar el duro proceso de abandono de la infancia al que tuvo que enfrentarse en su momento. Su punto de vista distanciado y reflexivo se impone a lo narrado; asistimos así con impavidez a la cruda cadena de hechos que conforman el derrumbamiento del mundo familiar del joven Dell Parsons: la pérdida de sus padres, el abandono del hogar y la búsqueda de un nuevo comienzo en el escenario nada tranquilizador del país vecino. La frialdad de ese adulto que reflexiona sobre su antiguo dolor con la misma calma con que diseccionaría una vida ajena impide la deriva hacia lo sentimental de un relato plagado de escollos, traiciones de seres queridos, malas elecciones, trayectorias truncadas. Canadá es por ello una novela incómoda, dura, alejada de la fácil complicidad emocional que un escritor más al uso que Richard Ford habría elegido sin duda para narrar esta historia de toques dickensianos. Sus personajes se comunican a duras penas, deambulan por paisajes amplios y despojados. El ritmo de la narración es demorado y obsesivo, avanza en círculos, rodeando una y otra vez cada dato clave, cada detalle revelador. Si el lector saber atravesar esa mirada impasible, se dará de plano con el dolor del joven Dell, podrá sentir con intensidad su profundo desvalimiento, su soledad apenas paliada por la amenazadora presencia de desconocidos.

Para una persona ordenada como yo, es un agradable interludio de libertad enfrentarse a un libro haciendo caso omiso de la numeración de las páginas y errando por su interior a merced de la casualidad o la inspiración. Esta licencia me la suelo tomar con los libros de poesía. Tal vez al recientemente desaparecido Félix Grande, que con tanto esmero dispuso su obra poética comprendida entre 1958 y 2010 en este volumen titulado Biografía, le resultaría mortificante esta costumbre mía, o tal vez no. En mi descargo puedo decir que me resulta un ejercicio singularmente placentero pasar las páginas de este poemario hasta que un título, un verso captado al vuelo, captan mi atención. Entonces me detengo y leo palabras que me hablan de desesperación presente, o de retazos del pasado, o de miedo al porvenir. De amor que se termina, de amor que empieza, de amor que no llega a ser. A veces, en mi vagabundeo, topo de nuevo con un poema que ya he leído en una vuelta anterior, y lo reconozco, pero me causa una impresión diferente, porque ahora es de día, o me encuentro más descansada, o tengo el ánimo optimista, o qué sé yo. El mismo poeta que la noche anterior me acrecentó la melancolía me hace sentirme ahora comprendida o consolada. Que Félix Grande me perdone este desorden mental mío. Su Biografía, así leída a trompicones, está resultando un gran bálsamo para los tiempos agitados.

Winesburg, Ohio es una obra muy peculiar. A pesar de lo que puede parecer a primera vista, no se trata de un libro de relatos al uso. Los textos que la integran son más bien retazos de vida, de límites imprecisos, sin la línea argumental definida a la que nos tienen acostumbrados los cuentos. Tampoco se podría decir que es una novela, aunque sus protagonistas compartan el mismo escenario, la pequeña población que le sirve de título, y aunque haya personajes que aparecen en varias de las historias y confieren una cierta unidad al conjunto. A mí me gusta pensar que es un proyecto de novela que se fue fragmentando poco a poco a medida que tomó cuerpo, como si sus protagonistas hubieran preferido refugiarse en los pequeños compartimentos estancos en los que llegan hasta el lector. Porque lo que aquí nos presenta Sherwood Anderson es un muestrario de soledades e incapacidades para conectar con el mundo circundante; sus personajes se ahogan en sus obsesiones y sus recuerdos, esperan en vano que se cumplan sus ilusiones, observan a sus semejantes desde la distancia sin llegar a establecer nunca una verdadera comunicación. A medida que uno avanza en la lectura, se imagina este Winesburg del estado de Ohio como una sucesión de casitas cerradas, cuyos habitantes observan la calle con el rostro pegado a la ventana, sin atreverse a salir pero suplicando nuestra comprensión.

«Siempre he creído que hay lugares que son imanes y te atraen si pasas por las inmediaciones. Y eso de forma imperceptible, sin que te lo malicies siquiera. Basta con una calle en cuesta, con una acera al sol, o con una acera a la sombra. O con un chaparrón. Y te llevan a ese lugar, al punto preciso en el que debías encallar.» Eso afirma uno de los personajes-narradores de esta novela de evocador y melancólico título. Y así les sucede a los personajes que desfilan por sus páginas, pero también al lector que se adentra en pos de ellos por las calles de un París nostálgico y sombrío: todos sentimos una irresistible atracción por Le Condé, el café de la orilla izquierda del Sena, frecuentado por estudiantes, artistas y gentes a la deriva, donde se inicia la trama. En tan bullicioso entorno se destaca la figura silenciosa de una joven sin pasado a la cual nadie conoce y sobre cuya misteriosa personalidad se construyen los testimonios de los distintos narradores que se van dando el relevo en un proceso de indagación sobre la identidad muy habitual en su autor: lo que conocemos del otro y de nosotros mismos, lo que ocultamos, lo que desearíamos borrar, lo que nos gustaría conservar para siempre. Pocas veces un título recoge de forma tan perfecta el espíritu de una obra: En el café de la juventud perdida nos habla de un lugar fascinante, aglutinador de destinos dispersos, y de la belleza y melancolía de lo efímero, lo que se nos escapa cuando apenas hemos tenido tiempo de apreciarlo.
 
Los rastros de las vidas ajenas producen un alto grado de curiosidad y, en ocasiones, de inquietud. Las fotografías, los billetes de tren, los recortes de prensa, las flores secas y prensadas en el interior de un libro. De quién serán esos rostros que nos miran desde las fotos antiguas, qué sentido tendrán las fechas anotadas en el dorso con tinta que ya empieza a desleírse. Qué objetivo llevó a alguien a viajar al destino que se precisa en el billete, por qué la flor se introdujo precisamente entre esas dos páginas y no otras. Pero qué pasaría si todos esos rastros de una existencia desconocida, esos rostros y fechas por descifrar, fueran los de nuestra propia vida. Esa es la desasosegante premisa de la que parte esta novela mágica y envolvente de Patrick Modiano. Un detective alcanza la esencia misma de su condición de investigador cuando, aquejado de amnesia, debe seguir el hilo que le conduce hasta su propia identidad. Objetos viejos, lugares que le provocan extrañeza y conocidos a los que no reconoce y con los que se entrevista sucesivamente forman los jalones de ese sendero hacia la más esquiva de las identidades, la suya propia. Eficaz metáfora de la desorientación vital y de la incapacidad para conocer a los demás y a uno mismo, Calle de las Tiendas Oscuras es un hermoso e hipnótico viaje hacia el más íntimo de los desasosiegos.

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