sábado, 18 de octubre de 2014

UN PAÍS DE LENGUA DESCONOCIDA

Una de las grandes ventajas de la literatura, de las artes en general, es que dejan fijados para la eternidad ―o para ese simulacro de eternidad que es un periodo de tiempo más largo que el de una vida humana― los instantes de especial relevancia. No sé si los que me están leyendo compartirán una angustia mía que no acierto a disipar: la de no ser capaz de traer al recuerdo momentos de mi pasado que me pasaron inadvertidos y que luego se revelaron de gran trascendencia. La última conversación con alguien que desapareció poco después, la primera vez que vi a quien ocuparía un puesto fundamental en mi vida, el segundo mágico en que una persona pasó de ser un simple “otro” a convertirse en ese alguien en torno al cual parece girar la existencia toda.

La pintura congela para la posteridad el instante más intrascendente. El cine tiene primeros planos y bandas sonoras: esas secuencias prodigiosas en que las miradas de los protagonistas se entrelazan ocupando la pantalla entera mientras unos acordes arrebatadores los envuelven; entonces el espectador tiene la certeza de que esos personajes van a ser fundamentales el uno para el otro. La novela brinda entre otros recursos el de la vuelta atrás: quién no ha releído un capítulo pasado a la nueva luz del desarrollo posterior de la trama, si no es que el mismo escritor se desplaza adelante y atrás en el tiempo, dueño y señor de su historia. Pero la vida no. Ni los momentos se detienen, ni un travelling nos acerca entre una multitud de rostros al que será fundamental para nosotros, ni una banda sonora nos alerta, ni cabe la posibilidad de revivir el pasado. La vida desfila rápidamente, a veces de forma aturullada, y cuando uno quiere darse cuenta, un ser querido se ha marchado sin dejar el consuelo del recuerdo preciso de la última conversación, la última mirada.

Pero no quiero hoy hablar de pérdidas sino de hallazgos. De ese asombroso descubrimiento de que una persona que carecía de importancia para nosotros días antes, tal vez horas o segundos antes, se ha convertido de pronto, por obra y gracia de no se sabe qué extraño hechizo, en el eje de nuestros pensamientos. Soy poco aficionada a las historias de amor, o más bien al edulcoramiento con que estas se presentan con cierta frecuencia en la novela y el cine, pero cuando encuentro a un escritor o un guionista capaz de entrar sin tópicos ni emociones fáciles en un terreno tan resbaladizo, me quito el sombrero ante su habilidad. El último al que he descubierto es Graham Greene. En un pasaje de El tercer hombre, pone en boca de su protagonista esta descripción precisa del momento exacto en que comprende que se ha enamorado de la novia de su desaparecido amigo Harry:

«Hacía mucho frío y yo me levanté para correr las cortinas de la ventana. Sólo me di cuenta de que tenía mi mano sobre la suya cuando la retiré. Cuando me puse en pie y bajé la vista para mirar su rostro. No tenía una cara bonita, ése era el problema. Era una cara para vivir con ella un día tras otro. Una cara para toda la vida. Me sentí como si estuviera penetrando en un nuevo país cuyo idioma no supiera. Yo siempre había creído que se ama a una mujer por su belleza. Permanecí allí, junto a las cortinas, esperando para correrlas, mirando hacia fuera. No podía ver más que mi propio rostro, buscando por la habitación, buscándola a ella».

Penetrar en un país cuyo idioma se desconoce: qué mejor definición de la incertidumbre de descubrirse enamorado. Adentrarse en un país sin explorar, un territorio de reglas ignoradas gracias a las cuales, de repente, un ser humano normal alcanza dimensiones descomunales en nuestro pensamiento, una personalidad y unos rasgos físicos se erigen en únicos, un cúmulo de virtudes y defectos nos conmueve y arrastra. Probablemente, mientras nos sorprenda su idioma extranjero, estaremos inmersos de pleno en ese país misterioso; para cuando lo hayamos aprendido, tal vez nos estemos acercando a sus confines y nos dispongamos a cruzar la frontera y dejarlo atrás.

2 comentarios:

  1. Beatriz, acabo de leer el libro y… confieso que me había pasado inadvertida la poética imagen del autor. Un momento tan trascendental en la vida y tan difícil de expresar con palabras… Habían ocupado mis reflexiones la deslealtad de Harry, sus ganancias indecentes, la falta de reciprocidad en los afectos. Así que vuelvo atrás (en la literatura se puede) y recupero y paladeo las palabras de Greene. Y también las tuyas en el precioso último párrafo de la entrada. Gracias por el doble “hallazgo”. Un abrazo y hasta pronto. Choni.

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    1. Casi me alegro de que el pasaje de Greene te pasara inadvertido en una primera lectura; así he podido aportar algo a tu interpretación de ese universo de deslealtades y traiciones (morales y sentimentales) que constituyen la trama de "El tercer hombre" y que tan bien has resumido en tu comentario. Qué maravilla, las lecturas compartidas. Qué alegría saber que nos aguardan muchas más.

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