sábado, 11 de octubre de 2014

MIS FOTÓGRAFOS (VIII)

El fotógrafo estadounidense nacido en Luxemburgo Edward Steichen (1879-1973) formó parte del movimiento denominado Pictorialismo, que pretendía elevar la fotografía a la altura de las otras artes y apartarse de la mera reproducción de la realidad por medios mecánicos. Eso llevó a los integrantes de este movimiento a captar imágenes con frecuencia difuminadas por la presencia de agentes atmosféricos o la utilización de filtros, así como a intervenir posteriormente durante el proceso del positivado. Aunque el objetivo de los pictorialistas era el de crear un arte independiente de la pintura, la influencia de esta última resulta evidente en esta fotografía tomada en 1902 y titulada El espejo. Son obvias las resonancias velazqueñas de esta figura femenina cuyo rostro se pierde en la sombra y cuyas facciones sólo podemos imaginar. La imagen es de una sensualidad extrema: la escasa zona de la anatomía que queda al descubierto nos habla más de la belleza de la modelo y posee mayor poder de sugestión que una pose más explícita. La iluminación que cae de pleno sobre el hombro desnudo y el punto de vista adoptado por el fotógrafo, que otorga el lugar de honor en el reflejo a la hermosa y delicada línea del cuello, operan el resto del milagro. Esta Venus del espejo moderna y recatada que deja tanto a la imaginación del espectador es un prodigio de sugerencias. Uno no puede evitar preguntarse qué pensaría el maestro Velázquez si le fuera posible contemplarla.


Uno de los rasgos más atractivos de la fotografía es su capacidad para aunar lo artístico y lo testimonial. Una imagen que conserva el presente para la posteridad puede alcanzar cotas de enorme belleza y trascender la inmediatez del hecho que recoge. Esta misteriosa figura masculina que contempla reflexivamente una escena infernal puede dar pie a numerosas interpretaciones: la indiferencia del ser humano frente al horror, su impotencia para ordenar el mundo, o quién sabe si su deseo de detenerse a atisbar en su propio abismo interior. El título de la fotografía nos aclara las circunstancias en que fue hecha y precisa su sentido: Boulevard Saint Michel. Mayo 1968. Su autor es el fotógrafo Claude Dityvon (1937-2008), famoso por su impactante reportaje gráfico sobre el Mayo francés. Esta extraordinaria imagen se sustenta sobre un eficaz fuego de contrastes entre el primer plano nítido y estático y el fondo dinámico e impreciso. El humo, el fuego y las difusas figuras que se abren paso entre ellos conforman un terrible telón de fondo para este testigo sorprendentemente tranquilo, que contempla la escena sin dejarse llevar por el pánico ni el deseo de intervenir, y que es en realidad nuestro alter ego, una plasmación gráfica de nuestra condición de espectadores que se asoman a los hechos que convulsionan el mundo desde la sosegada posición de la sala de exposiciones o de la silla frente al ordenador.


El desierto es una fantástica fuente de imágenes. Los dibujos trazados por la mano del viento en la arena, los impresionantes cielos, las siluetas de las dunas que se recortan sobre el horizonte o se solapan unas con otras como un estático oleaje, crean extraordinarios diseños que con frecuencia rozan la abstracción. El fotógrafo australiano nacido en 1950 Robert Ashton capta toda la belleza de tan inhóspito paisaje en Rosie en las dunas. Renunciando a la inmediata facilidad que aportaría el color en un caso como éste, Ashton explora los infinitos matices del gris que le brindan la arena y las nubes. Lo que podría ser una imagen abstracta construida a base del contraste entre texturas y tonalidades, cobra su dimensión real gracias a las tres figuras humanas que permiten al ojo del espectador situarse frente a lo que está viendo. Dichas figuras introducen un juego de oposiciones que otorga a la fotografía su enorme singularidad: el negro superpuesto a la sinfonía de grises, lo instantáneo frente a lo perenne, lo pequeño y dinámico frente a lo grande y majestuoso. La niña que corre hacia la cámara y, por tanto, hacia nosotros, es el vínculo que nos une a este paisaje silencioso y sobrecogedor donde es posible explorar, mejor que en ningún otro, los sutiles matices de la belleza.

El fotógrafo chino nacido en 1954 Yang Yankang es un atento plasmador de usos y rituales religiosos, que recoge en imágenes de extremada pulcritud formal. Esta fotografía pertenece a la serie titulada Budismo en el Tíbet y posee, además de su evidente interés testimonial, el encanto que, en mi opinión, desprenden los retratos de personas concentradas en el acto de leer. Hay todo un alarde de composición tras esta imagen aparentemente casual, que se apoya en un férreo juego de contrastes: la silueta difuminada del adulto frente al perfil nítido del niño, el mundo exterior frente al interior, el hombre atento al pequeño lector frente a la abstracción de este último. La luz que se filtra a través del panel envuelve la escena en una delicada claridad y le otorga un carácter pictórico. Yankang es un testigo respetuoso que sabe transmitir al que contempla sus fotografías la belleza y trascendencia de los ritos en que están inmersos sus personajes, sean del signo que sean. Pero más allá de su significado religioso o sociológico, a mí me atrae esta imagen por su relación con la infancia y el aprendizaje. La figura adulta que se adivina tras el panel me parece la encarnación de una sabiduría muy antigua que se va transmitiendo al pequeño lector a medida que este avanza por las páginas de su libro.  

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