jueves, 2 de octubre de 2014

LOS CUADROS DE SEPTIEMBRE (2014)


Desde hace un par de años, procuro que el primer cuadro del mes de septiembre guarde relación con la enseñanza y con el cercano retorno a las aulas. Esta vez la obra elegida nos obliga a viajar doblemente en el tiempo, ya que nos lleva hasta un artista italiano del Quattrocento que a su vez está evocando una época muy anterior a él. En 1464, el exquisito pintor Benozzo Gozzoli, autor de delicados y coloridos frescos que decoran numerosos edificios de Florencia, abandonó la ciudad que fue marco preferente de su actividad artística para trasladarse a San Giminiano. Allí realizó las pinturas del coro de la iglesia de San Agustín, en las que recogió episodios de la vida de dicho personaje, salpicadas con elementos más anecdóticos y ligeros. Estamos ante uno de estos últimos: la plasmación de la escuela de gramática dirigida por el santo le da pie a Gozzoli para crear una escena dinámica y divertida. Desde el niño que es felicitado cariñosamente por un adulto hasta el que está a punto de recibir golpes por su mal comportamiento, desde el que está concentrado en su trabajo hasta el que atisba por encima del hombro de un compañero, esta pintura mural es un repertorio de encantadoras actitudes infantiles. Casi nos parece oír el bullicio del abigarrado grupo de alumnos que abarrota los soportales. Todas estas figuras gráciles y llenas de movimiento se inscriben en un fondo arquitectónico de líneas rectas y serenas, creando un conjunto ordenado y a la vez bullente, equilibrado y pletórico de vida, como es característico de su autor. Y es que Benozzo Gozzoli pertenece a ese grupo de creadores que nos transmiten la idea de que el mundo puede ser un lugar hermoso y tranquilizador, siempre que haya un artista capaz de ordenarlo con su mirada.

Con frecuencia se adjudica la etiqueta de “simbolistas” a obras realizadas en la transición entre los siglos XIX y XX que poseen características muy dispares: evocación de mundos lejanos o imaginarios, ambientaciones oníricas, escenas que pueden interpretarse en clave, profusión de elementos que representan realidades no tangibles. Entre los numerosos cuadros a los que se agrupa bajo esa amplia denominación, a mí me atraen especialmente los que representan situaciones aparentemente cotidianas pero que producen en el que los contempla una inquietud difícil de precisar, la impresión de que el artista está intentando comunicar algo más allá de lo evidente. Así sucede con Mujer con una jaula, del pintor húngaro József Rippl-Rónai (1861-1927). El empleo del color es la principal razón del halo de misterio que envuelve la escena: la mancha negra del vestido, la prodigiosa exploración de los matices que van del azul al verde en el entorno, la claridad del rostro y las manos del personaje femenino, producen una sensación de extrañamiento y nos alertan de que un significado más profundo se esconde bajo lo que captan nuestros ojos. Este cuadro ha dado pie a infinidad de interpretaciones. A mí se me ocurre que esta mujer que medita contemplando al pájaro enjaulado está en realidad reflexionando sobre sí misma y planeando tal vez abrir las puertas de su encierro para huir hacia horizontes menos sombríos.

Me encantan los artistas que son capaces de plasmar el tema de la infancia sin caer en la sensiblería ni el halago fácil al espectador. Este cuadro titulado Madre e hijo del pintor suizo Ferdinand Hodler (1853-1918) me parece un estupendo ejemplo: los dos personajes sorprendidos en su intimidad, concentrados en el acto de comer, no nos ofrecen su mirada ni buscan directamente nuestra complicidad o simpatía; están sumidos en su tarea cotidiana, ajenos a nuestra presencia y al hecho de estar siendo observados. Un entorno de suave colorido rodea esta escena apacible en la que no hay sonrisas ni fáciles gestos de ternura, en la que la comunicación entre madre e hijo se plasma de forma justa y sutil en la firmeza con que el brazo de la mujer rodea al niño o en el juego de las piernecillas que cuelgan sobre la falda oscura. Es un mundo amable sin estridencias, dulce sin un excesivo edulcoramiento. Hodler es un pintor serio, de volúmenes contundentes, de figuras captadas en poses rotundas y composiciones sugerentes cuyo significado último con frecuencia se nos escapa. Este Madre e hijo es un oasis en su producción, por su sentido llano e inmediato, por la facilidad con que el espectador puede reconocerse en esta escena rutinaria, callada, detenida para la eternidad por la magia del arte.


Me gusta traer a esta sección cuadros de autores archiconocidos en los que éstos se alejan de su estilo habitual o aún no han alcanzado el sello definitivo que les hizo famosos. En 1885, cuando pintó Cabaña de paja al anochecer, Vincent van Gogh todavía no había adquirido su extremado uso del color ni la soltura de pincelada que harían de su obra una de las más reconocibles de la historia del Arte. Aun así, este paisaje crepuscular posee la capacidad de sugerencia de sus creaciones posteriores y presenta ciertas libertades cromáticas que presagian la evolución del artista: a mí este cielo de tintes verdes y anaranjados me atrae y me inquieta a la vez; se diría que en un marco tan sorprendente sólo pueden suceder hechos extraordinarios. Van Gogh todavía no pinta a brochazos, con esa loca descomposición de las pinceladas que provoca en el que contempla sus últimos cuadros la sensación de estar frente a un mundo que tiembla y se deshace, como arrastrado por una fuerte corriente interior. Esta cabaña está pintada con esmero y casi diríamos que dulzura, pero tiene a su manera callada y tranquila la misma expresividad que otras creaciones más rompedoras. Será por la torturada silueta de los árboles secos que se recortan sobre el cielo, o por la figura femenina que nos da la espalda y se dirige hacia la puerta, pero a mí este edificio a punto de sumirse en la sombra me parece dotado de una melancolía que supongo emanada del alma de su autor.

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